La imagen de Dios y su influencia en el conflicto armado colombiano

Y en las Dificultades para Implementar los Acuerdos de paz

Este ensayo se propone revisar la imagen de Dios que predomina entre nosotros, Iglesia colombiana, y su influencia en el conflicto armado de nuestro país. La hipótesis es que esta violencia que persiste, en un país mayoritariamente cristiano, tiene parte de su explicación en la imagen que se tiene de Dios y que es fruto de una evangelización deficiente, la de un Dios que exige expiación y castigo, y que da la salvación sólo a cambio de la sangre de su Hijo. Esta imagen de Dios ha atrancado a Colombia en la justicia punitiva y no le permite dar el paso a la justicia restaurativa.  

En las páginas que siguen, se analiza brevemente la teología de la expiación como origen de una imagen de Dios que ha predominado en la Cristiandad y que ha llevado, no pocas veces, a la violencia y a la guerra. Después, se trae a colación la primera evangelización en el continente y la intimidación con la que fue acompañada; con una experiencia tan traumática en los inicios, no es difícil que el catolicismo se haya vuelto una milicia y que la Iglesia resulte siendo más bien un tribunal. Se observa después la acción pastoral y la predicación de algunos obispos, como Ezequiel Moreno y Miguel Ángel Builes, pastores que llegaron a ser muy influyentes en toda la nación; en las luchas de estos jerarcas por “los derechos de Dios”, que era más bien por los privilegios de la Iglesia, se puede tocar la imagen del Dios que pide expiación y castigo y la herencia de una evangelización por coacción de la conquista y la colonia. Finalmente, en la conclusión, se propone, desde las enseñanzas de Jesús y del Evangelio, una imagen de Dios que ayude a la reconciliación, a implementar la paz, a acoger a los excombatientes en la “jurisdicción especial para la paz” y la justicia restaurativa, y sobre todo a ocuparse responsablemente de las víctimas del conflicto armado.

  1. Sobre las Cuentas que hay que dar a Dios y el no de los Cristianos a la paz

Este ensayo empieza haciendo referencia a dos hechos de vida. El primero sucedió en una misa de funeral. En la homilía, como predicador, quise animar la fe de la asamblea y ayudarle a afrontar la muerte con confianza, y ya que muchos cristianos dicen que tienen miedo a la muerte por “las cuentas” que hay que darle a Dios, les exhortaba diciéndoles que al Dios del que nos hablaba Jesús “no había que darle cuentas, había que darle gracias”. Después de la misa, todavía quitándome los ornamentos en la sacristía, unas señoras piadosas vinieron muy airadas conmigo y me dijeron que mis palabras dañaban su fe, que a Dios si había que cumplirle, y que no era posible que gente como los mafiosos y los guerrilleros llegaran al cielo simplemente a dar gracias, que tenían que pagar todas las que habían hecho y que la justicia de Dios los esperaba, así la de la tierra los alcahueteara; esto último lo decían haciendo referencia a la JEP[1]. Se me pidió entonces que fuera estricto y que me fijara en la justicia divina y no sólo en su misericordia.

El segundo hecho tiene que ver con las resistencias al proceso de paz. A la hora de refrendar los acuerdos de la Habana, entre el gobierno colombiano y las Farc y después de muchos años de conflicto armado, Colombia, un país mayoritariamente católico, rechazó la propuesta de fin de la guerra y dijo no a la negociación; contradictoriamente, y después de que la Iglesia había sido siempre mediadora en los diálogos, los obispos optaron por una posición neutral y no dieron una palabra de apoyo a los acuerdos (Conferencia Episcopal de Colombia, 2016). La verdad es que muchos cristianos siguen diciendo que los acuerdos no son buenos, y esto porque no impone castigos ejemplares a los que entregaron las armas y que al final no van a pagar por sus crímenes, la justicia punitiva pesa más en la balanza que la justicia restauradora y el que las hizo, dicen, las tiene que pagar. Analizando delante de la Comisión de la Verdad el papel que jugó la Iglesia en el conflicto armado colombiano, el intelectual católico José Fabio Naranjo (2020) dice lo siguiente:

La posición de la Conferencia Episcopal de Colombia ante el plebiscito por la paz significó una gran decepción nacional e internacional puesto que en la práctica significó un NO en el plebiscito… ha estado lejos de ser una posición profética o evangélica y más bien se ha juzgado como una posición timorata, acrítica y miope.

Estos dos hechos muestran una mentalidad que impide la reconciliación de los colombianos, de una justicia punitiva que enreda y hace siempre más lejana la paz, de una supuesta religión cristiana que sigue propiciando sangre.

  1. La Imagen del Dios que Necesita Satisfacción

San Anselmo, como bien lo explica el teólogo americano Richard Rohr (2017) se preguntó por qué el Hijo de Dios se hizo hombre, y dedujo, en una lógica ya muy diferente a la de Jesús, que lo había hecho para pagarle a Dios Padre la deuda del pecado; una deuda infinita, la que contrajimos desde Adán y Eva, precisaba un pago infinito, el que ofreció el Hijo derramando su sangre en la cruz. Al morir Jesús, lo dicen muchos predicadores todos los viernes santos, el Padre por fin se sintió satisfecho y desagraviado y abrió otra vez la puerta del cielo y la salvación. Muy borrosa ha quedado la imagen del padre de la parábola del evangelio de Lucas que se adelanta al regreso de su hijo y que, sin pedirle cuentas, echa a correr una fiesta de bienvenida y hace que todos se alegren con el hijo antes perdido y entonces encontrado.  

Esta imagen de Dios ha inoculado violencia en la Iglesia. Los templos católicos, como lo denuncia la literatura (Saramago, 2010), cargan con la imagen de un Dios que quiere sangre y no es extraño que, al entrar en ellos, los devotos se topen con una Santa Lucía que lleva sus ojos en una bandeja, un San Sebastián al que no le cabe otra fecha en su carne, una Santa Rita con una espina clavada en la frente, un San Francisco y un San Pio llagados y con dolores atroces[2]. Así, copiando un Jesús que expía para satisfacer a Dios y ponerlo a favor de la humanidad, todos estos santos se dejan ver en escenas de sangre y muerte y el mensaje que queda a los fieles es que lo recomendable para una vida agradable a Dios es continuar con la expiación, sacrificarse, arrodillarse, ponerse cilicios, ayunar hasta el hambre, abstenerse de todo placer y deleite.

Un buen cristiano, desde este punto de vista, es el que expía culpas, las propias y también las ajenas y con sus dolores buscados mantiene a Dios contento. Esos piadosos son también los que señalan a los “malos” a quienes hay que extirpar, y hacen de la Iglesia un tribunal que, no pocas veces, ha llevado a la muerte a los que encuentra culpables, lo que sigue viéndose como “limpieza social”. De una teología así se desprende sin más una justicia punitiva, aquella que pone todo el énfasis en castigar y que considera la condena como medio privilegiado, y muchas veces único, de salvación, la del talión, la del ojo por ojo y diente por diente (Éx 21, 23-25; Lev 24, 18-20; Mt 5, 38-39), de “el que las hizo las paga”.

En ese tipo de justicia valen solo los “los derechos de Dios” y por defenderlos se justifica todo: basta que Dios esté apaciguado con el aroma de la sangre y para tal propósito no hay límite que no se pueda saltar. La cosa es que estos derechos de Dios se confunden con los de la religión que los defiende y Dios desaparece del horizonte, queda sólo un nombre pronunciado en vano, y lo que al final se defiende son los privilegios y prerrogativas de la institución religiosa: de ahí a la guerra santa, a la intolerancia hacía otras profesiones de fe y pensamiento, a las cruzadas y a la inquisición, al exterminio de pueblos y culturas, no quedan sino unos pocos pasos. Cada vez que los seguidores de esta justicia encuentran un chivo expiatorio, pues se sienten justos y “buena pagas” y muy bendecidos por la divinidad a la que le hacen un favor condenando a los que no cumplan con sus mandatos. No es raro pues que en esta lógica de pensamiento muchas veces, y al grito de “Dios lo quiere”, la historia de la cristiandad haya sido sangrienta y haya producido tantas víctimas; del altar sangriento siempre se va después al campo de batalla.

Como bien lo nota la obra de Rene Girard, las religiones arcaicas se caracterizan por el sacrificio, por derramar la sangre y buscar víctimas. Así que hay que concluir desde ya, y aquí ayuda este autor, que una Iglesia que radicaliza esta imagen de Dios y que se ve a sí misma como tribunal, no es más fruto del Evangelio que ha superado esta mentalidad y sí expresión de una religión arcaica que no tiene nada que ver con la novedad de Cristo (Girard, 2012). La conclusión es pues que esta imagen de Dios y estas prácticas han puesto a la Iglesia por fuera del cristianismo: cuesta decirlo, pero, desde esta perspectiva, es más pagana que cristiana: se volvieron a agarrar las “muletas sacrificiales” (El Sacrificio, pág. 90)y apoyados en ellas se quedó fuera del camino del Evangelio.

  1. La Llegada a América de una Religión Arcaica

El cristianismo que en el siglo XV llegó a nuestro continente, fue un cristianismo violento (Gutierrez, 1991) que buscaba y sacrificaba víctimas; así, según lo que se acaba de mencionar con fundamento en la obra de Girad, no se trataba propiamente del Evangelio y más bien era una religión arcaica.

La religión del patronato regio no dudaba en torturar y ejecutar y se veía a sí misma dando culto al Dios que pedía propiciación. En realidad, la inquisición, como institución religiosa, se sentía cumpliendo con un deber de caridad, infligía penas y muerte en esta tierra, y con esos medios, los reos y condenados eran acogidos por el Dios que viéndose resarcido en los suplicios y muertes de sus cuerpos, ya no tenía problema en acoger sus almas en el cielo. La España que llegó a nuestra tierra, era la que había prolongado la práctica de la inquisición en todos sus dominios y venía bien entrenada en “autos de fe” en los que las víctimas eran los judíos, los moros, los luteranos y todos aquellos que “debían” algo a Dios, eran sacrificados para propiciar misericordia.

Nada raro pues que la cruz hubiese llegado con la espada, estos dos signos entraban en simbiosis y se volvían la misma cosa, había una especie de “comunicación de propiedades” entre los dos, la cruz que significaba salvación mataba, y la espada que significaba sangre se tenía como salvadora. Para propagar la fe en el Dios que pedía expiación bien valía derramar sangre y asesinar y ello se va a ver en la tragedia de los indígenas y negros. Por motivos religiosos no se vio como un problema someter a los indígenas para que aceptaran la fe cristiana, dejaran sus “ídolos”, y forzarlos a vivir “como Dios manda”. Para montar todo el sistema, esa amalgama de Iglesia-Imperio, no se dudó también que los negros podían ser esclavizados y puestos al servicio del Dios que representaba el rey y el papa. La conquista y consecuente cristianización eran tenidos como voluntad de Dios y a ese Dios que había pedido la sangre de su Hijo había que darle también la de las víctimas.

  1. Una Mentalidad Religiosa que Hace Violentos y Enreda los Acuerdos de paz

Sin duda, esta mentalidad religiosa y esta historia ha contribuido a que Colombia sea un país violento y enrede la reconciliación y la implementación de los acuerdos de paz. A continuación, se pueden ver las posiciones de dos de los obispos más influyentes en el modo de entender el conflicto y sus líneas pastorales.

4.1 Una guerra Santa para Lograr y Mantener Prerrogativas

Muchos de los representantes de la Iglesia en Colombia han entendido su misión, o mejor su culto a Dios, como “pelear las buenas batallas de la fe” y con una teología de expiación acendrada y una consecuente identificación de los derechos de Dios con las prerrogativas y privilegios de la institución católica, se han dado a la batalla literal y han puesto leña al fuego de la guerra que casi siempre ha acompañado este país desde la independencia hasta nuestros días.

Con la intervención de la Iglesia en la política colombiana, esta última se convirtió, como lo expresa Rodolfo de Roux, “un campo de guerra santa” (de Roux, 1983). El obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, no dudaba en llamar a sus fieles a “empuñar las armas” (CONPAZ, 2016, pág. 22). Por su parte, el obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel Builes, entendió también su ministerio como una espada para combatir a los enemigos de la fe (Olano García, 1979, pág. 81).

4.2 Un Dios al que se Debe Reparación

El Dios que pide sacrificios y al que se debe reparar está bien presente en la predicación y la acción pastoral de la Iglesia y en especial de los dos obispos mencionados. Así interpretaba el Obispo Builes los acontecimientos violentos del “Bogotazó[3], cuando estalló la violencia en el país y después de señalar a los liberales como únicos culpables y hacerlos el chivo expiatorio:

La espada de la cólera de Dios no se escondió en su vaina el 9 de abril: se detuvo solamente en alto, y fulgurante amenaza caer de nuevo sobre la nación culpable. Vigilad y orad y haced penitencia, porque si no lo hacéis, todos igualmente pereceréis (Builes M. Á., El verdadero autor de la hecatombe del 9 de abril, 1957, pág. 393).

Hermanos míos: se empieza a librar en el mundo el último combate. ¿A qué ejército pertenecéis? Sólo dos ejércitos están enfrentados: el de Roma y el de Moscú, del del Vicario de Cristo y el del gerente del demonio. Sólo hay dos jefes: Pio XII y Stalin; sólo hay dos frentes: las derechas y las izquierdas, la verdad y el error, el bien y el mal, la restauración en Cristo y la subversión total (Builes M. Á., El Juramento Católico, Alocución a raíz del 9 de Abril, 1957, pág. 405).

En medio de la violencia, muchos en la masa airada, que veían en la Iglesia una aliada del poder y del estado, se fueron contra ella y entre los hechos más lamentables del momento fue el asesinato del párroco de Armero, Pedro María Ramírez, beatificado por el Papa Francisco en 2016. Miguel Ángel Builes denunció esta muerte y mostraba cómo el Dios justiciero vengaba la sangre de su sacerdote y mandaba muerte sobre los verdugos, describió el final trágico de uno de ellos así:” Su principal verdugo, el que asestó el primer golpe mortal, fue al mes exacto arrastrado por su caballo encabritado, hasta quedar hecho trizas: pagaba así muy en breve su horrendo sacrificio” (Builes M. A., 1957, pág. 102). El pueblo colombiano, y especialmente el de Armero, no acabará nunca de sentirse culpable por este hecho y así atribuirán como castigo de Dios la avalancha en la que la pequeña ciudad fue borrada del mapa y murieron 23.000 de sus habitantes: así, Dios ha aplicado su ley y se ha hecho justicia y no se ha quedado con la ofensa.

  1. Conclusión

La Iglesia en Colombia se inscribe en esta teología y en esta historia que acabamos de mencionar y esto puede explicar cómo un país de mayorías cristianas y gestado en la cristiandad esté marcado por la violencia, resista a los acuerdos de paz y se oponga a la justicia restaurativa propuesta en la Habana.

La Iglesia no es ajena a la violencia que vivimos y ha puesto leña al incendio que todavía no logramos apagar: en la acción pastoral, no pocas veces se ha propiciado sangre y con ello se cree dar culto a Dios. No es pues extraño que un país cristiano, el país del Corazón de Jesús[4], sea al mismo tiempo uno de los más violentos del mundo y que los cristianos aquí se puedan oponer, movidos por convicciones religiosas, a la reconciliación y a la paz.

Todo esto lleva a afirmar con José Fabio Naranjo que: “No puede desconocerse la complacencia, complicidad, y/o silencio… de la iglesia ante el uso de la violencia” (Comisión de la Verdad, 2020). Y esto se explica porque cuando se deja el Evangelio de la misericordia y se pasa a la religión de los sacrificios, del Dios que pide reparación, necesariamente se incursiona en la violencia y se comienza a aplicar justicia meramente punitiva y a buscar chivos expiatorios y a eliminarlos. Cada vez que la Iglesia ha hecho ídolos de su poder, riqueza, buen nombre…etc., ha tenido que sacrificar víctimas y esto porque los ídolos, propios de religiones arcaicas, siempre piden sangre. Se necesita pues volver al Evangelio: “Ahí donde se implanta el Evangelio, los sacrificios se debilitan y desaparecen, ya no puede surgir ninguna religión arcaica nueva” (El Sacrificio, pág. 86)

Hay que hacer discernimiento eclesial y nada más oportuno para esto que oír las palabras del papa Francisco cuando poco después de la firma de los acuerdos de paz y en su visita apostólica preguntaba a la Iglesia de Colombia:

¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» —se viven como normales— procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce y nuestras manos acusen proféticamente! (Francisco, 2017).

Recuperar la imagen de Dios misericordioso, así como la mostró Jesús, y dejar la rémora del Dios que pide expiación, facilitará que la Iglesia colombiana se abra a la implementación de los acuerdos de paz. Es preciso cambiar en la justicia el paradigma del castigo como solución a los males y pasar al del amor incondicional que da siempre una oportunidad. La Iglesia, si quiere construir paz, ha de comprenderse no como una milicia lista para la guerra, sino, como tantas veces lo ha dicho Francisco, un hospital que ofrece a todos sanación. La buena nueva del Evangelio, que más que cuentas hay que dar gracias a Dios, ayudará a recibir a los que dejaron las armas y a trabajar por su inclusión en la vida del país, a rehacer el tejido social y, sobre todo, a poner las víctimas en el primer lugar.

Jairo Alberto Franco mxy
Misionero en Medellín

Referencias

Builes, M. Á. (1957). El Juramento Católico, Alocución a raíz del 9 de Abril. En Cartas Pastorales (Vol. III, págs. 398-412). Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones.

Builes, M. Á. (1957). El verdadero autor de la hecatombe del 9 de abril. En Cartas Pastorales (Vol. III, págs. 384-412). Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones.

Builes, M. A. (1957). La Batalla de la Iglesia. En Cartas Pastorales (Vol. III, págs. 95-115). Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones.

Comisión de la Verdad. (29 de Septiembre de 2020). https://www.facebook.com/. Recuperado el 22 de Marzo de 2021, de https://www.facebook.com/ComisionVerdadC/videos/383809232628548/.

Conferencia Episcopal de Colombia. (2016). Artesanos de la Paz, Mensaje de la 101 Asamblea Plenaria de los Obispos de Colombia. Bogota. Obtenido de https://www.cec.org.co/sites/default/files/Comunicado.pdf

de Roux, R. (1983). Una Iglesia en esatado de Alerta: Funciones sociales y funcionamiento del catolicismo colombiano: 1930-1980. Bogotá: Servicio Colombiano de Comunicación Social. Recuperado el 23 de Marzo de 2021, de https://hal.archives-ouvertes.fr/hal-00491529/file/Iglesia_en_estado_de_alerta.pdf

Francisco. (10 de Septiembre de 2017). Vatican.va. Recuperado el 20 de Marzo de 2021, de http://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2017/documents/papa-francesco_20170910_omelia-viaggioapostolico-colombiacartagena.html.

Girard, R. (2012). El Sacrificio. Madrid: Ediciones Encuentro.

Gutierrez, G. (1991). Dios o el oro en las Indias. San Salvador: UCA editores.

Olano García, M. D. (1979). Monseñor Builes: El hombre, el apostol, el místico. Cali: Impresiones Instantáneas Ltda.

Paz, C. y. (2016). Casos de implicación de la Iglesia en la violencia de Colombia, insumo para la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad. Berkeley: Pacific School of Religion. Obtenido de https://xdoc.mx/preview/casos-de-implicacion-de-la-iglesia-en-la-violencia-en-colombia-5dbb400f6f795

Rohr, R. (4 de Mayo de 2017). Obtenido de Center for Action and Contemplation: https://cac.org/love-not-atonement-2017-05-04/

Saramago, J. (2010). El Evangelio Según Jesucristo. Alfaguara.

[1][1] La JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) es el tribunal que ha de juzgar los crímenes del conflicto armado colombiano y que siguiendo el acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc, usará la justicia restaurativa más que la punitiva. La JEP, junto con la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas desaparecidas, forma parte del Sistema integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición.

[2] Se nota la coincidencia de toda esta iconografía religiosa con los cuadros que describen las víctimas del conflicto armado al relatar lo que les pasó y lo que vieron.  

[3] El 9 de abril de 1948 es conocido en la historia de Colombia como “El Bogotazo” y esto por la revuelta social que explotó en la capital, a raíz de la muerte del líder popular Jorge Eliecer Gaitán, y que se extendió después en todo el país y que se prolongó durante años. La Iglesia tomó partido con el gobierno conservador y culpó a los liberales de todos los males.

[4] Desde 1902, y por ley de la Republica, el presidente de la República tenía que consagrar el país anualmente al Corazón de Jesús, eso se acabó después de la constitución de 1991 con oposición y desagrado de la Iglesia.

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