HISTORIA

HISTORIA

El Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal o
Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal

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Monseñor Miguel Ángel Builes (1888 – 1971), fundador del Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal

El nombre oficial de los Misioneros de Yarumal es “Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal” el cual, traducido a una sigla como se usa hoy, queda así: IMEY. Muchas veces la gente nos llama Misioneros Javerianos y más comúnmente, Misioneros de Yarumal., porque en este pueblo, nació nuestra comunidad misionera, el 3 de julio de 1927.

En 1924 se celebraba en Bogotá el primer Congreso Nacional Misionero. Entre los asistentes, estaba el joven obispo de Santa Rosa de Osos, apenas contaba con treinta y seis años de edad, Monseñor Miguel Ángel Builes, quien semanas antes había tomado posesión de su diócesis.

Un venerable sacerdote francés que asistía también al congreso, se le acercó y le dijo estas palabras proféticas: “Monseñor, se ha hablado aquí de fundar un Instituto de Misiones. Usted es joven y Antioquia es tierra de vocaciones. A usted le toca”… Monseñor Miguel Ángel regresó a su diócesis y fue madurando la idea durante unos tres años. Consultó con algunos de sus sacerdotes. Rezó mucho e hizo rezar a mucha gente por su obra y por fin, el 29 de junio de 1927, dio el decreto de fundación del Seminario de Misiones, el cual empezaría en Yarumal, al norte de Antioquia. Allí, al sur de la ciudad, en lo que había sido hasta entonces una fonda de arrieros, acondicionada a medias por el cariño de las Hermanas Capuchinas, se inició, el domingo 3 de julio de 1927, nuestro Instituto Misionero.

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Casa el Contento, en donde se inició el Seminario de Misiones

Tres sacerdotes, los padres Abigail Restrepo, Alfonso Restrepo y Pedro Luís Osorio, en compañía de cinco alumnos, echaron a caminar ese sueño del obispo misionero. La pobreza era impresionante. No tenían muebles, ni libros, ni dinero en caja. La obra sobrevivió por la abnegación de esos fundadores y el desvelo de Monseñor Builes quien tocó a todas las puertas, en demanda de una limosna para su fábrica de misioneros.

Con estos orígenes tan humildes y en medio de muchas dificultades, la obra siguió adelante. Ya en 1928, iba tomando cuerpo, se aumentó el número de alumnos y nuevos sacerdotes de la diócesis madre vinieron a colaborar en la formación de los futuros misioneros.

Llegó el día glorioso del 25 de septiembre de 1938. Después de once años de luchas y de esfuerzos, veía Monseñor Builes la coronación de sus anhelos. Ese día, en el templo de Yarumal, ordenaba los primeros sacerdotes de su Instituto de Misiones; pongamos aquí sus nombres para recordarlos con cariño: Antonio Carmona, Manuel López, Gilberto Gil, Ernesto Mejía, Eutimio Múnera, Efraín Díaz y Luís Eduardo García, todos ya fallecidos.

Nuestros primeros sacerdotes empezaron a trabajar en algunos pueblos de la Costa Atlántica. Uno de los propósitos del fundador había sido desde el comienzo, ayudar a los obispos que no tuvieran clero suficiente para sus diócesis. Por los años de 1940 encontramos a los Misioneros de Yarumal en Simití (Bolívar), El Banco (Magdalena), San Martín de Loba (Bolívar), Sabanalarga (Atlántico) y otros lugares más.

Ya por estas épocas, los misioneros eran más numerosos y algunos habían empezado a colaborar en la formación de los nuevos seminaristas, mientras otros se desplazaban a los lugares de misión.

En 1946 tuvo lugar un acontecimiento notable. La Santa Sede creaba la Prefectura Apostólica de Labateca y la entregaba al celo de los Misioneros de Yarumal, nombrando como primer Prefecto Apostólico al Padre Luís Eduardo García. Era hasta entonces párroco de Purísima, (Córdoba).

El Padre Rochereau, un santo y sabio Eudista francés, mientras laboraba en el seminario diocesano de Pamplona, empleaba las vacaciones visitando las tribus de los Tunebos, que moraban en las cercanías del pueblo de Labateca hacia las márgenes del río Cobaría. En estos trabajos había sido ayudado por las Misioneras de la Madre Laura, quienes tuvieron entre estos indígenas una de sus primeros campos apostólicos.

Ahora, merced a los esfuerzos del Padre Rochereau, el Papa creaba la Prefectura, con capital en Labateca, un bonito pueblo, lleno de gentes piadosas, bajo el patrocinio de Nuestra Señora de las Angustias.

Allá se instalaron a fines de 1946, nuestros misioneros y empezaron las visitas a la selva, las excursiones misioneras, el conocimiento de las tribus, los esfuerzos por hacerse entender a través de intérpretes.

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Diez años más tarde, la Santa Sede reunía en una misma jurisdicción las Prefecturas de Labateca y Arauca y trasladaba a esta ciudad a Monseñor García.

Luego Arauca fue Vicariato Apostólico, con Monseñor Jesús Emilio Jaramillo a la cabeza, y más tarde fue elevada a Diócesis. En 1989, Monseñor Jesús Emilio fue vilmente asesinado por la guerrilla del ELN y está en curso su proceso de beatificación.
En 1949 se le confiaba al Imey un nuevo territorio: El Vaupés. Estas partes habían sido evangelizadas, desde muchos años atrás, por los Padres Montfortianos, franceses, belgas y holandeses, hombres valerosos y apostólicos, se habían internado por selvas y ríos en busca de remotas tribus. Ahora se entregaba este territorio a los Misioneros de Yarumal y un joven sacerdote de treinta y dos años, el padre Gerardo Valencia Cano nombrado Prefecto Apostólico de Mitú.

La primera expedición salió para el Vaupés, en septiembre de 1949. Ya no eran solamente los Tunebos los que recibían de parte nuestra, el Evangelio. Eran los Tucanos, los Cubeos, los Macues, los Piratapuyas, los Desanos, los Piapocos y decenas de tribus más. Desde ese año, hemos trabajado en estos territorios; hoy enmarcados por las Vicariatos Apostólicos de Mitú, Inírida y  la Diócesis de San José del Guaviare territorios confiados a los Misioneros de Yarumal.

En 1953, la Santa Sede confiaba al IMEY dos nuevas jurisdicciones: los Vicariatos Apostólicos de Buenaventura y de Istmina. Nuestra comunidad misionera se alegraba con sus primeros obispos: Monseñor Gerardo Valencia Cano, trasladado desde Mitú a Buenaventura y Monseñor Gustavo Posada, nombrado para Istmina. Se entregaba a los hijos de Monseñor Builes, Buenaventura, una ciudad en continuo crecimiento y muchas comunidades rurales de negros. Y toda la costa chocoana con sus numerosos pueblos, donde el subdesarrollo y la ignorancia religiosa eran excepcionales.

Años más tarde, por el arduo trabajo de nuestros misioneros, ambos Vicariatos llegaron a ser Diócesis y hoy son acompañados por obispos diocesanos.

En enero de 1972, murió en un accidente aéreo Monseñor Gerardo Valencia Cano, célebre en toda América por su valiente defensa de los pobres. También por su tarea en el CELAM, como fundador del Departamento de Misiones y líder de la Conciencia Misionera del Continente.

Desde el año 70 se abrieron al Imey nuevos centros de evangelización. Primero la diócesis de Potosí al sur de Bolivia. En seguida, Venezuela donde trabajamos en varios lugares hasta entregar tales puestos al clero diocesano. Luego llegamos al Ecuador, Perú, Brasil, Panamá y Estados Unidos.

Te puedes preguntar: ¿Qué hace uno en una tribu de Indígenas? Te respondemos, muchas cosas. En primer lugar, es necesario aprender su lengua; para ello hay cursos de entrenamiento en las respectivas regiones o ciudades y luego, con un poco de práctica y mucha paciencia, se logra hablar tales lenguas. Esto es básico, porque si vas a esperar que ellos aprendan tu lengua, tendrás que aguardar un buen rato… Ellos podrán aprender el castellano pero su mentalidad, su modo de ser, lo que se llama “Idiosincrasia” no se puede captar a perfección sino cuando se conocen sus lenguajes.

El misionero empieza a aprender las costumbres del grupo humano; el reto es aprender paulatinamente su cultura. Estas gentes tienen valiosas tradiciones, mucho más antiguas que las nuestras. Cuando Cristóbal Colón llegó a nuestro continente, en 1492, las culturas de los Incas, de los Mayas, de los Aztecas, tenían ya cientos de años; eran auténticos imperios.

Bueno, el misionero tiene mucho que aprender de los grupos humanos a donde va. Lo cual se logra por la observación y el diálogo. Así se van comprendiendo esquemas mentales, la razón de sus ritos, sus ideas religiosas, su comprensión del mal, del bien y de la muerte. Su manera de relacionarse con el ser superior, con la naturaleza y el futuro.

En este proceso, el misionero se va encariñando con su gente. Mientras abunda en conocimiento, su corazón va echando raíces entre los fieles.

Los Misioneros de Yarumal casi siempre trabajamos con grupos humanos muy pobres. De allí que es necesario crear programas que transformen sus sistemas de pesca, de siembra y de riego. Organizar escuelas y centros de salud. Todo esto hace útil la presencia del misionero en esos territorios donde prestamos nuestros servicios.

El misionero procurará relacionarse de un modo positivo con las autoridades de los pueblos a quienes sirve. No serán personas cristianas y es probable que nunca acepten el Evangelio. Pero cuando se les respeta y se les tiene en cuenta, son ayuda invaluable en el proceso de la evangelización.

Pasado algún tiempo ya habrá un grupo de personas que, luego de ser instruidas, podrán recibir el Bautismo. Todo ello no se logra de inmediato. Pero el misionero, como hombre de paciencia, esperará que las semillas de Dios se maduren lentamente hasta que rindan su cosecha.

Volviendo a nuestra historia, recordamos con mucha alegría el año de 1988, cuando pudimos empezar una presencia misionera en África. Primero en Kenya, luego en Malí, Costa de Marfil y más tarde en Angola y Camerún.

En 1995 tocamos el continente asiático, con equipos misioneros en Camboya y en Filipinas. Así imitamos, aunque de modo elemental todavía, la misión de San Francisco Javier, nuestro patrono, quien partió de Roma en 1542 para morir en Sancián, en el Extremo Oriente diez años después.

Hoy hacemos presencia con un grupo de misioneros en Tailandia.