Su Majestad, el Cóndor

Cincuenta años de presencia javeriana en Ecuador

Introducción

Los Indios Toltecas, para decir ‘amanece’, dicen ‘Viene Dios’. Y Jorge Isaacs, novelista colombiano en su novela “La María”, añade: “Y amaneció la mañana amortajada de nieve y de silencio”. Para los Misioneros Javerianos, la llegada al Ecuador fue un dulce amanecer, pero un difícil amanecer. Todo un desafío, un aprendizaje lento, una escuela en la que graduarse es lección que se confunde con la vida misma.

Llegamos al iniciar el año 1971. El Consejo General de aquel entonces, había definido con los Sres. Obispos de Loja y Cuenca el envío de sendos equipos de misioneros a sus respectivas jurisdicciones. Ya empacadas las maletas para salir a Alamor, cantón Puyango, el Sr. Obispo envió un telegrama al Consejo para pedirle que ya no viajaran los misioneros, pues un terremoto había destruido en un 98% la capital del Cantón y afectado la infraestructura de vías y conexiones en toda la región sur de la Provincia.

En ese momento el equipo javeriano nombrado para esa región lo conformábamos los PP. Francisco Javier Gil, Rafael Londoño y mi persona. Nos reunimos con el Consejo y vimos que era el momento oportuno para viajar y hacer presencia en situación tan luctuosa y compleja. El panorama era simplemente desolador. Todo era ruina: Ni luz, ni agua, ni vías. De alguna manera la gente acampaba en tiendas de campaña. El silencio había anudado las gargantas y el sufrimiento era el único que aunaba en lágrimas en un mar de angustia y perplejidad.

Primeros pasos

En el momento de salir, el Padre Aicardo Arroyave, quien iba a liderar el equipo de Sayausí, en Cuenca, se enfermó y fui nombrado yo en su remplazo. Me tocaba dejar Alamor, cuyo mero nombre es ya un poema, aunque en ese momento era una lamentación. Mis maletas se fueron para el Azuay. Aquí todo es diferente: El paisaje, la montaña altiva, la gente simple como el agua de los cuatro ríos que bañan Cuenca, el frío que te cuece el alma y la inmensidad del horizonte abre tu mente y ensancha el corazón.

Mi llegada a Sayusí fue el domingo siete de febrero del año 1971. ¡Domingo siete! Y llovía a torrentes. Yo acababa de dejar San Andrés Islas, el archipiélago colombiano en el Caribe. El contraste te deja sin palabras. Lo dejo así mismo, sin palabras. Vuelve la mañana del silencio y de la nieve a torturar mi vida, a encender presagios, a dejar el alma en la nostalgia y la apertura a la novedad. Y amanece… viene Dios a encender el fuego, a ponerle ritmo a una vida que comienza la lección del aprendizaje como niño que, en lenguaje balbuciente, irá grabando la historia y la cultura y la fe de este pueblo.

Allende la montaña está Molleturo y en las estribaciones de la cordillera se encuentra Chaucha. Son dos parroquias semiabandonadas, dejadas a su suerte y al olvido de autoridades civiles, culturales, educativas y religiosas. García Márquez las hubiese preferido a su Macondo de “cien años de soledad”. Desde Sayausi las atiendo. Molleturo está a setenta kilómetros de Sayausí y Chaucha a ochenta y cinco. Para Chaucha hay una pequeña trocha hasta Soldados y para Molleturo ni un centímetro. Una compañía de nombre ‘La Monolítica’ había destruido toda señal de vía carrozable.

Una escuela para la vida

Para llegar hasta Molleturo se pasa por el Señor Don Cajas. Le llamo Señor porque allí hay que quitarse el sombrero: O por respeto o por el viento. La altura, el silencio, el vértigo, el señorío de las lagunas, el viento que te susurra dentro y la grandiosidad del paisaje te inundan, te estremecen. Y para que el culto a la belleza te lleve hasta el paroxismo del éxtasis en la perennidad del arte, te cruza un Cóndor más allá del horizonte. ¡Su majestad, el Cóndor! Lo que faltaba para la plenitud.

Así la lección que en principio nos da el Ecuador a los javerianos, tiene todas las pinceladas de una obra de arte: El sufrimiento entreverado de sueños y esperanzas aprendido en la andadura con el pueblo del Puyango destruido todo, menos su coraje. El silencio contemplativo escuchado en el Cajas. El repiqueo de cientos de acémilas que cargan en sus lomos el contrabando, o el sustento sudado, padecido y perseguido de gentes que cruzan las alturas para sobrevivir. O el caminar lento de la población sayauseña que madruga cada día para ir a trabajar a la ciudad de Cuenca.

Estas lecciones combinan la paciencia, la mirada entreabierta de un pueblo que comienza a acariciar la luz, su bondad hecha ternura y minga y pasión, su generosidad hasta el compartir de su pobreza multiplicada en dones, carismas, disponibilidad y el secreto de la inquietud para compartir. Su Evangelio es el de los pequeños: El buen ejemplo y la tarea de cada día es la projimidad. Nada más cercano a las Bienaventuranzas.

Un proceso inacabado

A los misioneros que llegábamos nos tocó desalfabetizar nuestra teología, nuestro catecismo, liturgia y hasta urbanidad. Fue un desaprender permanente, actitud que debe caracterizar al buen misionero. Pero no era tan fácil. La estructura monolítica de la formación recibida no se pulverizaba así no más. Hubo choques, pero afortunadamente saludables: El cultural, el organizativo, el sapiencial, el de la escucha hasta el susurro imperceptible y la acogida como signo de hospitalidad y comensalidad.

El Ecuador se convierte así en una escuela para la javerianidad. El secreto estará en el aprendizaje permanente. Abrir las páginas de este leccionario es lo grandioso de estos cincuenta años. Tenemos maestros de talla gigante: Leonidas Proaño, Luis Alberto Luna Tobar, José Washima, Roberto Samaniego. Pero las lecciones primeras en esta cátedra las recibimos del mismo Pueblo. Con él hemos caminado y en la caminada hemos ido aprendiendo, desaprendiendo primero. Es un conjugar de existencias compartidas, de fuerzas desiguales, pero unidas, de historias narradas a pulso de sangre y cansancios descomunales. Todo sometido a las leyes de un crecimiento vertiginoso, conciensual.

También hubo maestros sobresalientes del mismo pueblo: Un Hermes Quiroz que nos enseñó las alas y la altura de los cóndores, su Majestad el Cóndor. Don Lizardo Guevara, el maestro de la pesca y su esposa Luchita, señora del drakecito y la ternura. Don Víctor Chilpe, maestro de conciliaciones y líder nato de su pueblo. Don Pompilio Landivar quien con su esposa nos brindaban la acogida samaritana. Un Lucho Saquinaula, exalumno del Colegio javeriano.   Tantas y tantos que marcan páginas y más páginas en este historial de nuestros cincuenta años.

Vamos abriendo nuevos campos de trabajo. Primero será Azoguez, Cochancay y la troncal en el Cañar. Pasaremos luego a la diócesis de Machala en bondadosa acogida de un Obispo amigo, hermano en compromiso liberador con su Pueblo: Mons. Néstor Herrera. Vendrán luego los centros pastorales en el Coca y Sucumbíos. Para finalizar en la capital, Quito.

Hay un signo que podría ser la mejor expresión de nuestra presencia misionera en Ecuador: El pebetero que arde en la catedral del Coca como memoria del santo mártir Mons. Alejandro Labaca y su agente de pastoral, la Hermana Inés Arango. Con atrevimiento sumo, pido asumir este fuego devorador como presencia javeriana en luminaria permanente y activa del celo de nuestro Santo Fundador y de nuestra entrega generosa en el compartir alegre con este pueblo que nos acoge y nos tolera.

Una memoria que da ritmo a nuestra andadura

En esta celebración de nuestros cincuenta años en Ecuador, no puede faltar la memoria de hermanos nuestros que dejaron sus vidas como una ofrenda de oblación y sacrificio por este pueblo querido. Son ya nuestro equipo javeriano con matrícula ecuatoriana en la dimensión de eternidad. Desde allá son los centinelas que nos invitan a la madrugada de cada día para que las jornadas diarias gocen de luz y tengan acierto en sus metas.

El primero de todos fue el Padre Humberto Uruburu, un joven que abrió brecha por los senderos de Molleturo. Y van desfilando en peregrinación un Francisco Javier Gil, Emilio Carvajal, Israel Castrillón, Rigoberto Rodríguez, Francisco Luis Gil, Guillermo Betancur, Francisco Palacio, Víctor Carvajal, Luis Eduardo Navarro, Pedro Acosta, Justo Pastor Aristizábal, José Ignacio Aristizábal, Saro Yarce, Roberto Samaniego, Francisco Aristizábal, Mons. Jaime Duque, Aicardo Arroyave, Mario Gil, Mons. Antonio Bayter. Es una lista larga de hermanos, amigos entrañables. Hasta nos puede faltar alguno. Cada uno nos dio su luz, cada uno nos dejó sus huellas.

Conclusión

En las profecías sobre el águila y el cóndor que guardan en sus relatos varias etnias del continente, se destacan dos pueblos: El del Águila, intelectual, industrial, dominante. “Y el pueblo del Cóndor que es intuitivo, creativo, sensible y primordialmente, prioriza en sus culturas el corazón por sobre la mente y el misticismo por sobre el racionalismo”. ¡Su majestad, el Cóndor! Así es mi Ecuador, ése es mi Ecuador: Un corazón a ritmo de esperanza.

Para mí, el Ecuador fue una escuela. Mi mejor escuela. Mis maestros saben de mi aprendizaje lento, a veces, fallido. Pero este Ecuador está tatuado en mi corazón. De un nudo en la garganta que estalla en gratitud, brotan nombres que son amigos y hermanos que no puedo jamás olvidar. Yo rindo culto a la gratitud. Y en la memoria de estos cincuenta años quiero rendir culto a catequistas, animadores de comunidades, líderes, agentes de cambio, nuestros maestros en Sayausi, nuestros amigos Shuaras, Saraguros, exalumnos del Javeriano, dirigentes de nuestras parroquias, sacerdotes javerianos ecuatorianos y seminaristas. Gracias… infinitas… imperecederas.

Jesús Emilio Osorno mxy
Misionero en Bolivia

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