Gerardo Valencia Cano, el obispo de los pobres

51 años de su regreso a la Casa del Padre

Bernardo J. Calle O. mxy
Misionero en Medellín

Nació en Santo Domingo, el 26 de agosto de 1917.  Hijo de  Juan y María: él, comerciante; ella, ama de casa. Ingresó al Seminario de Misiones de Yarumal, el 30 de enero de 1932. Recibe el diaconado, el 25 de marzo de 1942. Fue  ordenado sacerdote  el 29 de noviembre de 1942. Profesor en el Seminario de Misiones en 1943. Cooperador en la Parroquia de Santa Ana, en Bogotá, 1944. Capellán del Buen Pastor, Bogotá, en 1945.  Regresa a Yarumal como Prefecto de estudios y profesor de 1946 a 1949. El 27 de julio de 1949: Creación de la Prefectura Apostólica de Mitú, y el Padre Gerardo Valencia Cano es nombrado su Primer Prefecto Apostólico. El 14 de septiembre de 1952, La Santa Sede crea los Vicariatos Apostólicos de Buenaventura y de Istmina, Chocó. El 11 de abril de 1953 se anuncia, desde Roma los nombramientos de Monseñor Valencia, Vicario Apostólico de Buenaventura y de Mons. Gustavo Posada,  Vicario Apostólico de Istmina, Chocó.  La consagración episcopal se celebró el 24 de mayo de 1953 y la posesión el  21 de junio de 1953.

El 10 de julio de 1955 viaja a Río de Janeiro, nombrado por sus colegas colombianos, para participar en la Conferencia Episcopal Latinoamericana. También, al Congreso Eucarístico Internacional, a celebrarse en la misma ciudad.  El 21 de octubre de 1956 fue nombrado directamente por la Santa Sede Superior del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, siendo, al mismo tiempo, Vicario Apostólico de Buenaventura.  En abril de 1959 renuncia al cargo de Superior General, para atender de tiempo completo a su Vicariato de Buenaventura.  El 11 de octubre  de 1962 viaja a Roma a la apertura y desarrollo de la primera sesión del Concilio Vaticano II, convocado por el papa San Juan XXIII. El 29 de septiembre de 1963 viaja a Roma, a la segunda etapa del Concilio, convocada por el papa Pablo VI. Se clausura esta etapa, el 4 de diciembre de l963.  El 14 de septiembre de 1964 participa en la tercera etapa del Concilio.  El 11 octubre de 1967 fue nombrado presidente del Departamento de Misiones (DEMIS).

Con motivo de este cargo, programó y llevó a cabo una serie de encuentros anuales con el episcopado. Los más importantes fueron:

-Ambato, Ecuador, año 1967.
-Melgar, Colombia, año 1968.
-Caracas, Venezuela, año 1969.
-Iquitos, Ecuador, año 1971.

El 23 noviembre  de 1969 viajó a Sao Pablo, Brasil, a la reunión del CELAM, para rendir cuenta de su gestión como presidente del DEMIS durante sus dos años de presidencia.

El 21 de enero de 1972 muere en un accidente aéreo, en un avión de Satena, volando de Medellín a su querida Buenaventura.

El obispo de los pobres

La pobreza fue su ambiente natural desde su infancia hasta su muerte. Nacido en un hogar de clase media, su padre era negociante y su madre ama de casa, la crisis económica mundial de los años 30, dejó este hogar en la miseria, y desde allí empezó a sentir el fardo pesado y a saborear lo amargo de la vida de los pobres.

Durante la formación en el seminario, aunque allí la divina Providencia no estuvo ausente, encontró un seminario en ciernes, en donde la pobreza y las incomodidades propias de una casa en construcción, eran el pan de cada día. Además, la formación estaba orientada sobre la austeridad y el sacrificio, virtudes necesarias para un trabajo misionero de toda una vida.

Dimensión profética

Durante el Concilio Vaticano II, monseñor Valencia empieza a sentir su vocación de profeta. Allí acaba de templar su alma misionera, como en el fuego se templan las espadas.

El 30 de septiembre de 1964, estando en las sesiones del Concilio, escribía en su Diario:

“Ayer estuve violentamente rebelde: lo que me contaron de los ricos de Colombia; lo que leí de Sudáfrica; lo que oí de Estados Unidos, eso me revoluciona y quisiera largarme a una guerra implacable.

Por otra parte, lo que me cuentan de la corrupción de Hamburgo y el hedonismo de los religiosos, me hace protestar. ¿Qué hago, ¿Dios mío, con este volcán de rebeldía? Yo no quisiera apagarlo. El solo pensar en los apáticos me desespera más. Mientras haya ricos sin entrañas y discriminaciones, yo no quiero la paz. Entonces, ¿viviré siempre en guerra? Señor, no me sueltes de tu mano. Tú, que viniste a la tierra a mantener la espada en su oficio, enséñame tu sistema bélico, no sea que yo me convierta en un bandolero. Jesús manso y humilde de corazón, enséñame la pedagogía para mantenerme oveja entre los lobos conquistándolos para Ti. No permitas que mis rebeldías me conviertan en un guerrillero, pero sí me aproveche de ella para tratar de imitarte mejor en adelante, aunque tenga que morir como Tú, Jesús, en el Calvario.”[1]

Al día siguiente escribía: 

“Dios mío, yo profeta de Israel o que debo serlo. A estas horas debería poder responder a las almas angustiadas, que me preguntan por el camino de la santidad, pero no sé responderles; claro, no lo vivo yo mismo y “un ciego no puede guiar a otro ciego” pero, Señor, por ellas, por tu gloria, ¿Por qué no me iluminas? En el caso de este superior, ¿por qué no me orientas? Tengo ya cuarenta y siete años; ¿hasta cuándo seré como un niñito campesino que nada sabe sino describir su ambiente rústico?

Vivir este Santo Evangelio de abnegación, de unión con Cristo; amar al prójimo con las reglas de la caridad, bien. Pero esto no satisface a mis interlocutores que tienen que ir a compras, conocer el ambiente de las almas, viajar en jet, hospedarse en hoteles, leer la prensa… Señor, Padre y Maestro mío, yo no te pido que me hagas doctor, tan sólo pon en mis labios un mendrugo para quienes, como último recurso, acuden a mí en busca de alimento espiritual. No permitas que yo le dé mi apellido a ese mendrugo, pero tampoco se la vaya a atribuir a algún infalible. Que lo tuyo a Ti y mi ceguera a mí.”[2]

Ser Profeta es ejercer una vocación: no se adquiere con facultades humanas, con dominio de masas, con muchos racionamientos. Su primera cualidad es ser hombre de Dios. Nace en el encuentro íntimo con su Creador y como fruto de una vida mística y ascética. El profeta es aquél que habla en nombre de Dios porque comunica al pueblo su palabra. El profeta es el intermediario, es el portavoz de Dios y del pueblo. A éste le anuncia una buena noticia, lo conduce por una buena senda, lo guía, lo amonesta y le muestra la justicia y la verdad. Si no hay intimidad con Dios, no hay profetas; si no hay solidaridad con el pueblo, no habrá profetismo.

Valencia como profeta, no solamente lo fue con su anuncio y denuncia, sino que actuó en los conflictos de una manera directa. Lo vemos metido en un barrio de desplazados defendiendo la dignidad y el derecho de estas pobres gentes a tener un humilde y miserable rancho, aunque fuera en un campo de invasión.

Libre como el viento

La libertad que predicaba la vivió en su propio ser, con esa libertad de los hijos de Dios; con esa libertad de Juan Bautista, que vivió en el desierto, se vistió distinto a sus paisanos y se alimentó de lo que le ofreció el desierto, y predicó la conversión. Por eso fue un signo para los judíos. Fue un profeta. Semejante fue Mons. Gerardo: signo incomprendido por muchos, por eso, solitario, pero profeta y libre.

Hombre de Oración

“Sabía la importancia del silencio y lo convertía en adoración. Sabía retirarse periodos largos, a solas, a la montaña, en austeridad absoluta, para orar. Era disciplinado en la vida diaria y sabía respetar los horarios dedicados a la meditación, reflexión, estudio de la Palabra, y luego traducía lo que había contemplado a la realidad de su pueblo, para iluminar con su enseñanza, su camino y su proceder. Sabía respetar a su hermano, encontraba fácilmente en él la presencia del Señor. Era hombre de diálogo, de escucha, comprensivo y generoso, hombre del perdón. El perdón es fruto de la oración.”[3] Transcribimos a continuación una de sus oraciones.

SEÑOR, CUANDO YO MUERA

“Señor, cuando yo muera, estos dedos que te escriben como si fueran lenguas, ya no podrán hablarte con el lápiz o el estilógrafo, y se perderán.

Cuando yo muera, estos ojos que se bañan felices en tu luz, como los gansos en el agua, ya no podrán verte, y se perderán.

Señor, Cuando yo muera, estos pies que han saltado felices como liebres, por los campos y los bosques, ya no podrán portarte como un niño  en escarpines, y se perderán.

Señor, cuando yo muera, este pecho volcán que Tú me diste, ya no reventará como una flor ante cada sonrisa y cada lágrima, y se perderá.

Señor, cuando yo muera, ¿Qué será de mí? Déjame perderme, bajo la tierra como una pepa dura, de la memoria de todos, mientras que Tú plasmas de nuevo al viejo Adán, y reviente como una estrella sobre el nuevo mundo”.[4]

[1]Valencia Cano, Gerardo. Reflexiones en el Concilio, Diario 1964. Septiembre 30 de 1964.

[2]Idem. Octubre 1 de 1964

[3]Idem. Pág. 13.

[4]Valencia de J. Noelia Amparo. Op. Cit. Pág. 72.

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