La pascua contada de labios de María

En el silencio de esta mañana pascual, me imaginé hablando con María sobre este día de nuestra alegría, y pude registrar en mi corazón la siguiente conversación, que es más bien un monólogo de la Señora alentado por una sola pregunta mía: -Cuéntame María de ese momento en que tuviste la dicha de la resurrección.

Ella, serenamente, se fue yendo hondo en la respuesta y así me explicaba: -Habían pasado jornadas de oscuridad, o mejor, noches; como la llama mortecina ya sin aceite que la alimente, así me sentía yo.  El sábado en la noche, después de silencio, descanso, recuerdos y pesadumbre en el corazón, me fui a la cama.  Había tanto dolor como paz dentro de mí.  Era un dolor grande como un rio de muchas aguas.  Era una paz honda como el mar.  Dolor que desembocaba en la paz.  Estaba triste, sí… pero mi tristeza era como un mantón que protegía la belleza guardada en mi alma:  una esperanza que se gestaba dentro de mí, concebida, así como había concebido a mi Jesús: de lo imposible para los hombres y mujeres.  Me acosté pues rendida, acongojada, embarazada de esperanza.  Entonces, en el umbral del sueño que restaura, mi conciencia, que ya se apagaba, como haciendo eco a un grito lejano, repetía sin que yo me lo propusiera, una vieja oración que había aprendido de niña: “En la mañana hazme sentir tu gracia” … y me dormí.  Y dormir aquella noche fue como entrar en el sepulcro donde había dejado a mi Jesús.  Pasaron unas dos o tres horas de sueño profundo, era como si yo estuviera muerta, o mejor, como si de nuevo fuera tejida en las entrañas de mi mamá.  De pronto desperté en una alegría inexplicable, una alegría para la que no hay medida, desperté escuchando a mi Jesús que me saludaba y en el silencio oscuro reconocía su voz y su sonrisa susurrándome al corazón: “¡Alégrate llena de gracia, estoy contigo!”, no sé decir si estas cosas pasaban dentro de mi o fuera de mí.    Abrí la ventana de mi cuarto y vi que la noche estaba más luminosa que un medio día.  Las estrellas como ángeles gritaban paz y gloria y yo de tanta luz me sentía como la luna llena de aquella primavera y a mi Hijo, mi Jesús Señor, como al sol naciendo feliz en oriente.  No sé cuánto tiempo me quedé extasiada mirando por esa ventana.  Fue María de Magdala la que me trajo al domingo nuevo que despertaba a Jerusalén.  Ella tocaba la puerta de la casa en que me hospedaba y tenía la prisa de una noticia buena para decir. Le abrí, nos abrazamos y, movidas por la fuerza de Dios en nosotras, empezamos a cantar al unísono: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…”, y fue cantando que nos dimos cuenta de que las dos ya sabíamos de la feliz resurrección.  

Al terminar su relato, le hice todavía una última pregunta – Y, ¿fuiste al sepulcro?  Y ella me respondió con mucha decisión – ¡No!  Sabía que mi Jesús Señor estaba vivo, ¿para qué ir a los muertos?

Le agradezco al silencio esta revelación y me quedo feliz por estas cosas que entraron por los oídos de mi corazón… siento gratitud porque es esta misma alegría de María la que nos lleva a la misión, para que ninguno siga buscando entre los muertos.

Jairo Alberto, mxy

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