Juan Cristalino, sobre el tiempo y las horas…

los pensamientos y la sabiduría, el silencio y la palabra

Me encontré con Juan en la Mesenia, allá por Jardín.  Me dijo que vivía en las montañas, en La Cristalina, y por eso, pero sobre todo por su forma de hablar, lo voy a seguir llamando Juan Cristalino.  De Juan me llamó la atención precisamente eso, su forma de hablar, lo hacía con la tierra limpia en sus uñas y no tanto con su lengua.  Las palabras se le salían de los dedos y no de la cabeza; era uno que dejaba hablar a la vida.

Lo conocí porque nos ofreció unas moras, le compré, más con ganas de darle cuerda y que hablara, que con ganas de moras.  Vendía el kilo a 3.000 pesos y se quedó con el cambio sin decir nada… no se los quise pedir para no dañar el encanto de la conversación: palabras, vuelvo y lo repito, que se le salían por los dedos. Dijo que además de moras cultivaba arracachas, yucas y chachafrutos, que vivía solo, «remontado«, que él mismo cocinaba sus comidas, que le gustaban los fríjoles y el chicharrón, y que cada vez que tenía una cosecha «se chorriaba pal pueblo» a venderla.

Añadió también que, por allá, en esas soledades, no encontraba a nadie y no tenía con quién hablar y que, un día de hace muchos días, apagó el radio porque cuando lo prendía, desde el aparato le informaban las horas y a él no le gustaba sentirse acosado del reloj y no soportaba saber si era tarde o no y esto porque opinaba que para vivir con tiempo había que desentenderse de las horas.   No era bueno para él estar en la cocina, todavía liado con el calentado del desayuno que no acababa de dar punto y saber que, por la hora que decía el radio, tendría que estar hacía rato ya en el corte.

Y seguía contándome que ese radio apagado se le oxidó y se quedó mudo en un rincón y, al final, se le murió de “calladez”.  Y que el día en que se murió el radio él le agradeció porque gracias a su muerte ya no sabría más la hora y podría gozar del tiempo.  Y Juan Cristalino decía también que, con tanto tiempo y sin horas, trabajaba «más que un hijuetantas», desde la mañana hasta que se oscurecía y que eso le gustaba.

Y le pregunté si estando en la montaña solo y sin nadie con quien hablar no se llenaba de pensamientos, y de una, me aventó la respuesta y me dijo llanamente que él no pensaba, que eso no era para él, que él simplemente estaba por allá. Yo creo que este Juan sin pensamientos, era Juan con sabiduría, o mejor, Juan Cristalino.  Es que los pensamientos, que el racionalismo volvió absolutos y hasta prueba de que valemos algo, lo que han hecho, no pocas veces, es llenarnos de cucarachas que nos ilusionan y distorsionan y arrebatarnos lo mejor de lo que somos. Tuve entonces la certeza de que Juan Cristalino no mentía, es que la mente callada no miente, y dejaba sólo que la vida sea, que vaya viniendo, que se vaya yendo.  Y en este dejar que la vida sea es que veo la valía de este y muchos otros campesinos.

Y Juan Cristalino se subió al carro de servicio público que nos traía para el pueblo, y nos dijo que se iba a visitar a su mamá, a sus tres hermanas y a su novia; parecía enamorado de todo, de su tierra, de sus moras y de todas las mujeres; era sensible como un tiple, cada cuerda que le tocaba dejaba notas en el aire y nos hacía reír y gustar más.  Cada cosa que le preguntaba se volvía poesía en sus respuestas, una poesía llena de esas palabras que se nos salen de las tripas y que nadie pone en los libros…poesía de no menos belleza que la rimada y la buscada.

Y Juan cristalino se fue con sus moras y a ver a sus mujeres; se fue con las palabras, esas palabras de uñas enterradas y manos callosas, nos dejó en silencio; y es por esto por lo que vale la palabra, porque nos deja en silencio…

Jairo Alberto mxy
Misionero en Medellín (Seminario Mayor)

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