
Nos llenamos todos de emoción cuando después del “tenemos papaâ€, escuchamos el nombre de uno de los nuestros, Jorge Bergoglio, el del arzobispo de Buenos Aires. Y la emoción, que es más rápida que la inteligencia, empezó a gritar que habÃa llegado la hora de América Latina.
Les confieso que no me sonaba eso de la hora de América Latina. Me parecÃa un tanto etnocentrista, centrado en nosotros mismos, oportunista; y no creo que tener papa latinoamericano nos pueda absolver de esos pecados contra la misión.
Hay tantos misioneros por aquÃ, de Corea, de Filipinas, de Alemania, de Italia… de todas partes. Y consideraba injusto decirles que ésta no era su hora, que era la nuestra, y sólo porque el obispo de Roma nació en un barrio de Buenos Aires, alguna vez bailó tango, y es hincha de un equipo local. Y porque sabe de MedellÃn y de Puebla y de Santo Domingo y de Aparecida, y porque si del continente nuestro es suya la opción por los pobres y la liberación.
Pero seguà esculcando la inteligencia para ver cómo podÃamos tratar esta emoción del papa Francisco y, cavilando, encontré una razón para poder decir eso tan agradable a los oÃdos nuestros, pero que puede excluir a los demás, eso de que llegó la hora de América Latina.
Y la razón es que América Latina tiene en sus genes un ADN universal: Por el norte, por el estrecho de Bering, se nos metieron los asiáticos y nos empezaron a poblar. Después nos llegaron los del PacÃfico, lo que hoy es OceanÃa y la Polinesia, que se tomaron la Tierra del Fuego y se fueron subiendo hasta fundar imperios. Los vikingos y después Colón y los europeos nos invadieron por mar. En  sangre orgullosa los  españoles y portugueses venÃan, aunque negado, mucho de moros y judÃos. Los africanos llegaron esclavos arrancados y dolidos, manos y pies atados a las cadenas, y corazón sólo amarrado a la libertad.
En cada uno de nosotros hay algo de Asia, algo de OceanÃa, algo de Europa, algo de Ãfrica. Un latinoamericano que sepa sus orÃgenes no puede sino llamar hermano y hermana a cualquier hombre y mujer de la tierra, somos una mezcla, somos hijos del mundo todo,  hijos de una bendita promiscuidad, hijos de un mongol que se vino de AsÃa caminando sobre el hielo de Alaska, hijos de un pescador que salió en canoa  de la Polinesia y desembarcó en el Golfo de Arauco, con sus mujeres y unas cuantas gallinas, hijos de un español que violó una india, hijos de un judÃo que huyendo de la intolerancia de Isabel se coló en una de las carabelas de Colón y se casó después con una princesa azteca, hijos de un moro que se refugió en nuestra tierra y  que continuaba rezando los viernes, aunque los domingos, para no dejar dudas a la inquisición, impartÃa doctrina en las reducciones cristianas; hijos de un esclavo forzado a trabajos y al que nadie le pudo quitar la libertad para seducir. Hijos de un pirata tuerto inglés que se cansó del mareo del mar y decidió quedarse donde lo sorprendió el amor.
Entonces sÃ, con esta premisa de universalidad en nuestra identidad, sà podemos decir que la hora del Papa Francisco es nuestra hora, la hora de América Latina. Vivir esta hora significa tener corazón dilatado para abrazar el mundo en su diversidad, consciencia en la verdad para reconocer que la herencia que recibimos nos pone en relación y deuda con todos los pueblos y culturas. Nuestra hora consiste en dar espacio y tiempo a las diferencias, a cada pueblo, a cada cultura. Con esta certeza de nuestros orÃgenes, de nuestra sangre bien mezclada, nos puede ser más fácil ser católicos y al Papa Francisco le puede ser más fácil presidir en el amor.
Jairo Alberto Franco, mxy
Misionero en Kenia, Ãfrica
