Hermanos: ¡Ha muerto el Loco del Ave María!

Venerable Miguel Ángel Builes Gómez

HOMENAJEDE MONS.  JESUS EMILIO JARAMILLO A MONSEÑOR MIGUEL ÁNGEL BUILES

El 29 de septiembre, se celebra el 50 aniversario de la pascua definitiva del Mons. Miguel Ángel Builes, el obispo misionero de Colombia, fundador de varias congregaciones misioneras. Las siguientes palabras, las pronunció el beato Jesús Emilio Jaramillo M. el día de su sepultura:

Hermanos en el episcopado, en el sacerdocio y en el bautismo:

Sonaban afanosos los molinos triturando el oro. Se oía la canción monótona del agua. Pero, de repente, se paró para siempre el molino y se despertaron los que vigilaban la cosecha del oro.

El Excelentísimo Señor Builes fue eso: un molino que trituraba el oro de la gloria de Dios. Nosotros nos habíamos habituado a escuchar el compás de esos infatigables pisones y nos habíamos acostumbrado a escuchar la monotonía de esa agua. De súbito, hermanos, se paró el molino y los que dormíamos nos despertamos. Y solamente en este momento, helado de muerte, sabemos lo que valía el molino y sólo ahora nuestro oído interior siente la nostalgia de esa agua.

Hermanos: En este silencio augusto saboreemos la dulzura de unas simples palabras, prolongación de nuestra persona: las palabras «mío» y «nuestro». Gritemos a los vientos: se murió mi padre, se murió nuestro padre. ¡Qué hermosamente entendieron estos vocablos los antiguos!.

La famosa obra de Fustin de Coulanggs: «La Ciudad Antigua», nos cuenta cómo nació el derecho de propiedad: del culto de los muertos. Cuando alguien moría, sus parientes, prolongaciones de su sangre, no se resignaban a que se fuera del todo. Había que demostrar  de alguna manera que él era suyo, una prolongación de ellos mismos. Así compraban un lugar para erigir un sepulcro, dentro de sus casas o en los campos aledaños, con lindes bien definidos. Nadie podía desalojarlos de allí. Ese lugar era suyo: lo habían consagrado en propiedad con las cenizas de sus muertos. Muy pronto se fueron multiplicando las parcelas funerarias. Ya había nacido la ciudad de los muertos, basamentos de la ciudad de los vivos.

¿No nos enseña esto mismo la Biblia? Estamos viviendo la historia de Salvación. Vamos a la ciudad  del más allá, la tierra de promisión. Para poseerla hay necesidad de adelantar las arras. Las arras son las cenizas de los muertos. Por eso los  viejos patriarcas disponían que sus huesos fueran llevados al sepulcro de los antepasados. Mirad, si no, el libro del Génesis. Antes de expirar dice así Jacob a sus hijos:

«Voy a reunirme con los míos. Enterradme cerca de mis padres, en la gruta que está en el campo de Hebrón, el Hitita, en la gruta del campo de Macpelá, al frente de Mambré, en el país de Canaán, que Abraham compró a Hebrón el Hitita, como posesión funeraria. Allí fueron enterrados Isaac y su mujer Rebeca, allí yo enterré a Lía. Es el campo de la gruta que yo  compré, que fueron adquiridos a los hijos de Het. (Gen. 49,29-32)

En la vida de cada persona y de cada comunidad se realiza un capítulo de la historia de la Salvación. En nuestro camino surgió un día la gloriosa figura del Señor Builes y empezamos a brotar de su corazón como renuevos espirituales de una mística primavera. Desde entonces él adquirió el derecho de propiedad sobre nosotros, por lo cual solía llamarnos «mis hijos». Y nosotros adquirimos el derecho de propiedad sobre él, que nos autorizó para llamarlo: «nuestro padre». Si fue nuestro en vida, ¿por qué no lo será muerto? Nadie puede quitarnos la propiedad de esos santos despojos, que son nuestra herencia.

Peregrinos hacia el Padre, tomemos esas santas cenizas, que son nuestras, y caminemos hacia la tierra del más allá. Y atravesando el estrecho y sombrío pasaje de la tumba, mojonemos, con ellas la tierra de promisión. Llevemos con el amor de los patriarcas bíblicos esos amados despojos y depositémoslos como arras en la tierra que al final del tiempo será nuestra herencia definitiva.

Veis, hermanos, ¿cómo si valía la pena detenernos un instante mientras se paró el molino, para saborear la amargura de la palabra «mío»?

Nos habla Kazantzakis en alguna de sus novelas de un viejo pope, magro y sibilino, que acompañaba al pueblo griego, desarraigado, llevando a cuestas, de aquí para allá, sin abandonarlo jamás, un pesado zurrón. Un día se detuvo el pueblo entre escapadas breñas para empezar a edificar la ciudad anhelada. Sólo entonces el huesudo pope descargó el pesado morral y ante el asombro de todos descubrió los huesos de los antepasados que servirían de basamento a la ciudad ideal.

De parecida manera tomamos ahora los Obispos y el Presbiterio sobre los hombros, los despojos del Señor Builes, para empezar el último desfile, río melancólico que se perderá bajo la tierra del sepulcro. Con gozo depositaremos esos huesos en el hoyo negro, seguros de poner las bases de la ciudad viviente  que anhelamos, la Jerusalén celeste del Apocalipsis.

Hermanos, se paró el molino, se agotó la acequia. Se cayó el árbol. Emigró allende el mar de la muerte el ave que cantaba el amanecer de Dios.

Ante de enterrar este augusto cadáver, tratemos de sintetizar el espíritu que lo animó, para hacer un vademécum que nos consuele en nuestra peregrinación.

La espiritualidad del gran Obispo se cifró en la oración Ella fue su dinámica, el nervio de sus heroicas empresas, el consuelo en el fragor de la contienda. La plegaria, como un río, horadó hasta las más profundas oquedades de la subconciencia.

La oración buscó un símbolo: el rosario.

Mientras realizamos el desfile fúnebre, entre el lamento de las campanas y la melancólica monotonía de las bandas de guerra, recordemos la leyenda del Loco del Ave María.

En alguna ciudad italiana apareció una vez, un pobre mentecato que solo conocía el vocabulario de las voces del Ave María. Cuando el sol lo quemaba y el  agua le calaba los huesos, solo decía Ave María. Cuando el hambre hincaba el diente en sus entrañas, se quejaba con el Ave María. Un día murió el loco. En una lluviosa mañana lo enterraron. Pasaron muchos soles. Cayeron las lluvias. Pero un día ante el asombro universal, surgió una exótica planta de su tumba. En sus grandes hojas, desplegadas al viento, los atónitos ojos pudieron leer la leyenda del Ave María.

Este es un bello símbolo del Señor Builes.  Cuando pensó en sus fundaciones no supo decir  sino el ave María. Cuando recorría los caminos de la patria buscando limosnas, golpeaba las puertas con el Ave María. Cuando los pedruscos de la política golpeaban su pecho de diamante, respondía con el Ave María. Cuando las penas morales le molían el alma, su lamento era el Ave María. Cuando la noche invadió su espíritu, como la bruma hiela  y vela la elevada cresta de los montes, se paseaba en su alcoba acompasando sus pasos con la canción del Ave María.

Hermanos: Con respeto tomemos este cadáver y coloquémoslo en la tumba  como una semilla. No es hora de llorar. ¿No es esa una ceremonia pascual? ¿No hay en el aire rumores primaverales?  Esperemos.  Pasarán muchos soles. Caerán  muchas lluvias. Pero algún día, ante el asombro de todos, de esta semilla surgirá una planta en cuyas hojas leeremos, sobrados, la leyenda del Ave María.

Hermanos: ¡Ha muerto el Loco del Ave María!


[1] Publicado en Revista de Misiones Nº 544-45. Año 1971. Página 30

Publicado en Revista de Misiones Nº 544-45. Año 1971. Página 30

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