La misa del pueblo ha comenzado

Ha sido una semana de marchas y de paro.  Muchos nos fuimos a las calles a protestar y a decir que, aunque hayan retirado la reforma tributaria, las cosas en Colombia están mal;  que otro país, con dignidad, comida, salud, servicios, educación, tierra para todos, es posible y no utopía; que no puede ser que en una nación de poco más de 50 millones de habitantes 21 millones estén clasificados en la pobreza; que el acuerdo de paz es cosa seria y no para hacerlo trizas; que no se puede asesinar a los líderes sociales y que es abominación exterminar a los que firmaron la paz;  fuimos a las marchas y al paro porque el Evangelio es cierto y no lo podemos encerrar en los templos, hay que “callejearlo” y gritarlo y dejar que haga su revolución.

Cuando me sumergí en la multitud que hacía su plantón en el parque y después cuando me dejé llevar en las calles por el río de gente, me supe celebrando con toda esa multitud un rito sagrado y que allí estaba Dios y su Cristo.  Sí, aquello era una misa, había incluso un pasacalle que decía “la misa del pueblo ha comenzado”.   Allí, así lo viví, no había una masa, había un pueblo, y así, sin rúbricas de misales viejos, brotaban ritos inspirados por el alma común que nos apretaba a todos, nos movíamos, brincábamos, extendíamos las manos, nos abrazábamos y hacíamos gestos llenos de poder y unción.

Ese plantón y esas protestas eran una misa y allí el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo de la gente, eran los sufrimientos de este pueblo crucificado en la pobreza, que nunca ha podido vivir con dignidad y como hijos e hijas de Dios.  Y esos sufrimientos, aquí está el milagro, se volvían en las manifestaciones pura alegría, se “transubstanciaban” en canciones, danzas, color y arengas que nos alimentaban de fuerza y ganas.  Era un misterio que una manifestación que reventaba de tanto dolor acumulado, de tanta injusticia, de tanta frustración, de tantas lágrimas, de tanta muerte, llegara a ser tan gozosa y que propiciara una fiesta de vida.  Y es que así es la eucaristía, los sudores de la fatiga, la comida y la bebida que luchamos, se vuelven Dios.

Y la multitud anónima se hizo familia, la diversidad de los manifestantes se fundió en un abrazo de todos para todos, partimos juntos el pan de los dolores del pueblo, bebimos del cáliz amargo de la muerte de las víctimas, y esos dolores y esa muerte nos hicieron íntimos y allí nadie era extraño, éramos una sola cosa. Comulgar en la pasión de los más pobres, que no es distinta a la de Dios, nos fundía a todos en una sola intención. Era, para describirlo de algún modo, una danza, así como la baila Dios trino, tan íntima que tres resultan ser sólo uno, una danza así copiada del cielo mismo,  nos hizo a todos los distintos uno solo y todos resultamos íntimos a todos: allí un grupo de indígenas con su misterio; más allá un conjunto de seminaristas y religiosos a la vez fervorosos e indignados; más adelante un colectivo lgbti ondeando el arcoíris; en otro lugar, un montón de mujeres que gritaban por sus hijos y esposos desaparecidos; desde la ventana del hospital personal de la salud, médicas y enfermeros, que agitaban banderas blancas; un sindicato de trabajadores con gritos que, además de pegados en las pancartas, salían también de sus gargantas…. Toda esa diversidad se volvió unidad y abundaban los saludos, la sonrisa, los abrazos. 

Y el plantón y las protestas son peligrosas, todos lo sabíamos y aun así arriesgábamos; ese peligro nos ponía también en situación de eucaristía: es que no hay eucaristía, si es la genuina de Jesús, que no sea riesgosa y celebrarla significa no otra cosa que darse, que entregar la carne, que derramar la sangre, hacerse pan y ser comido, hacerse vino y ser libado, y eso es duro, y por eso ir a protestar, estábamos avisados, no éramos ingenuos, era ponerse en la mira asesina y exponerse a la muerte.  Y efectivamente, así sucedió a un buen número: en el altar de las calles, unas 30 personas que ejercían su derecho a manifestar, la mayoría jóvenes, murieron víctimas, se volvieron ofrenda; ellos, estamos seguros, no perdieron la vida, la hundieron en el misterio de Cristo que la da amando hasta el extremo.  Ellos, lo dice el misterio de la pascua, seguirán vivos y ofreciendo las claves para abrir el libro de la vida y comprender toda esta historia. El amor salvará el mundo.

Jairo Alberto, mxy

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