TIEMPOS PROFÉTICOS

Seguramente hablaremos mucho de Gerardo Valencia Cano por estos días, de aquella figura singular, diminuta,  que recorrió todo el gran Vaupés y  el litoral Pacífico tanto en barco, como en lancha, tren, bus o caminando; su muerte,  lo sumergió en el inconsciente colectivo de un pueblo y de una Iglesia para nunca irse porque se transformó en un arquetipo de una población  que nunca pierde su horizonte. Alrededor de su muerte se crearon varios hitos como fue el accidente (¿atentado?),  su participación con el grupo del Golgonda en sus inicios (hecho que nada tuvo que ver con el desarrollo que este grupo siguió después de las elecciones de 1970), o los rumores de que el IMEY lo había expulsado después de un juicio que se le hizo en Yarumal, no obstante, ninguno de ellos tiene fundamento histórico.

Monseñor Valencia, fue un personaje importante para la historia de Colombia, en las décadas del 50 al 70 gestó varios proyectos educativos y sociales para los pueblos marginados, siempre con una visión crítica frente a una realidad social, política y económica que aún continúa vigente, lo que conlleva a que él sea una figura no solo patrimonio del IMEY o de la Iglesia sino de la humanidad.  Puedo afirmar sin miedo a exagerar que Gerardo Valencia Cano es la raíz de una nueva manera de ser Iglesia, que pregonó  a Jesús De Nazaret en los caminos polvorientos de Galilea aunque a diferencia de un Helder Cámara, Manuel Larrain, Paulo Varisto Arns, Pedro Casaldaliga, Antonio Fragoso, Tomas Balduino, Samuel Ruiz, Méndez Arces, entre otros,  su imagen en el plano eclesial colombiano fue eclipsada por una de las jerarquías más conservadoras del continente.

Su vida se desenvuelve en un contexto global y político que estuvo marcado por el período de la post guerra, el cual trajo consigo la guerra fría, seguido de décadas de transformación social y generaciones inquietas por nuevas búsquedas y perspectivas tecnócratas y desarrollistas que buscaban proteger a los pueblos Latinoamericanos de los tentáculos de la Unión Soviética con el fin de no repetir lo que sucedió en Cuba en 1959. Sin embargo, en este período se vivió en Colombia a nivel nacional  la lucha bipartidista que azotó y despojó a los campesinos de sus tierras y el Frente Nacional en el que una minoría se apropió del país. En medio de tal escenario, desde el plano eclesial se marcaron  vientos renovadores con Juan XXIII y el Concilio (1962-1965), la Conferencia Episcopal Latinoamericana de 1968, el surgimiento de la Teología de la liberación, la figura de Camilo Torres y sobre todo el Pacto de las Catacumbas (firmado por cinco obispos colombianos, el cual Valencia no alcanzó a firmar, sin embargo,  puede decirse que a pesar de esto, él vivió a radicalidad el compromiso mucho más que los otros obispos que formalizaron su respaldo).

Valencia Cano es uno de los Padres  del nuevo paradigma de la Iglesia Latinoamericana, cuando se llegó la década de los ochenta y con ella las políticas restauracionistas de Juan Pablo II y Ratzinger, se tuvo la impresión  de que la lucha y los sueños de los profetas como él, se habían acabado debido a la gran persecución contra las comunidades de base y la teología de la liberación,  en la que muchos de sus representantes fueron calumniados o murieron por diferentes razones, no obstante, con la llegada del Papa Francisco volvió a resurgir el sueño de estos profetas.

En lo personal y sin intención de ofender a nadie, no entiendo por qué exigen milagros y se envuelve en tanta burocracia el proceso de canonización de Monseñor Valencia, la Fe no debe estar fundamentada en milagros sino en signos y para nosotros él es un signo de los tiempos.

Creo en la Santidad, en la comunión de los Santos y creo que estos transpiran a Dios como tanta gente sencilla que se cruza en nuestro camino, personas humildes como lo fue Valencia Cano en los caminos pobres de Buenaventura, viviendo como vivió Jesús en las rutas de Galilea; con todo esto lo que pretendo es manifestar mi desacuerdo con ese festival de santos que forman parte del mercado milagrero.   (Desde que Juan Pablo II quitó el abogado del diablo,  se ha canonizado gente que dejó mucho que desear, personas de vidas discutibles que no son referente para el que quiera ser seguidor de Jesús,  ni para nadie).

Todas las religiones buscan a Dios, pero en el Cristianismo es Dios quien busca al ser humano, incluso al distante y alejado, esta es la novedad: la proximidad de Dios. Valencia Cano se despojó de todo, se hizo hermano renunciando a sus arreos episcopales y comodidades, trató de decirle y mostrarle a la iglesia y al IMEY la proximidad de Dios, sin embargo, cierto es,  que el drama de la iglesia colombiana es el no haberlo aceptado y haber procedido a tildarlo de “obispo Rojo”,  estigmatizándolo y calumniándolo, no obstante, él no dejó de amarla como tampoco mostró resentimiento con aquellas personas que en su momento lo atacaron, en cambio, se concentró en vivir el amor con aquellos que nunca recibieron amor de nadie y estuvo dispuesto a sufrir el mismo destino de ellos.

Su relación con Dios no se basó en lindos tratados teológicos, sino que la vivió con unos rasgos muy genuinos y característicos (como está impreso en sus diarios y escritos personales) como lo son una gran compasión y pasión por el otro, señal de la gran consecuencia del Cristianismo que con profundo humanismo supo manifestar. Por eso, a él no se le puede comprender solo desde el análisis político en su momento histórico, es necesario ahondar en su Espiritualidad que es la clave para entender la raíz de su vida y praxis.  Su espiritualidad se caracterizó por elementos que bebió de San Francisco de Asís y Charles de Fouculd (quien será canonizado próximamente) los cuales marcaron su presencia misionera en medio de nuestro pueblo, con los que influyó para determinar un nuevo paradigma de misión.

A partir del contacto con él como ser humano, se pueden rescatar cinco dimensiones desde donde se configuró toda su Espiritualidad:

  • Santidad
  • Recogimiento
  • Oración
  • Abandono
  • Pobreza.

¿Qué otro signo he de pedirte, señor?
Estos tiempos y ¡qué tiempos ¡he de vivir.
Convulsionados, agitados, difíciles para vivir.
Pero que otro tiempo he de vivir?

Vidas que seducen aun antes de empezar mi camino.
Sonrisas que mueren iluminando mi horizonte.
Aprenderé de la sencillez que ellos irradian

Dejare que mi corazón hable o grite
O simplemente guarde silencio.
Dejare que mi corazón sea amado y que se deje iluminar en las profundidades
Y que sea abrazado aun en las contradicciones.

Los pobres, con su hambre me señalan el camino
Que no es otro más que el amor.
Que otro signo necesitare para caminar?

Fabián López Arias mxy

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3 comentarios

  1. SOY VIEJO EXALIMNO DEL SEMINARIO DE MISIONES BAJO LA RECTORIA DEL PADRE JESÚS EMILIO JARAMILLO MONSALVE EL SANTO MISIONERO Y MÁRTIR COLOMBIANO LO MISMO QUE PUDE APRECIAR EN MONSEÑOR GERARDO VALENCIA CANO OTRO INTRÉPIDO MISIONERO JAVERIANO SEGUIDORES DE LAS HUELLAS DEL DIVINO MAESTRO – GRACIAS A LA FORMACIÓN RECIBIDA EN EL SEMINARIO HOY EN DÍA SOY PERIODISTA – ESCRITOR -HISTORIADOR E INVESTIGADOR DE MERCADOS -CONFERENCISTA DE TEMAS DE ÉTICA Y VALORES Y EMPRESERIALES Y GERENCIALES – SUS SABIAS EN SEÑANZAS ME HAN SERVIDO EN EL TRASEGAR DE MI VIDA TEL 2547385 CEL 3046818778

  2. Sencillamente, con el aroma y sello de Dios, que deja sin palabras porque ante el testimonio de vida solo cabe el silencio, la contemplación y el seguimiento

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