Viva mi Patria Bolivia

Jesús E. Osorno G. mxy

Introducción

Los himnos patrios tienen versiones populares. Bolivia también tiene el suyo: “Viva mi Patria Bolivia”. Allí está el corazón de esta gran Nación. Y no solo el corazón, también el alma. Se le canta con pasión y en  cada nota hay un hito de historia, una memoria reivindicativa, una luz esperanzada  de sueños todavía en lista de ejecución. ¡Quien creyera que en un pentagrama pudiese haber tanto amor!

Decir ‘Bolivia’ es como descifrar la trama de un romance. Su carita es de niña enamorada en donde hay estrías de sufrimientos todavía no cicatrizados y  huellas de dolor aún sin sanar pidiendo una explicación. Su caminar es lento queriendo decirnos que la esperanza refuerza su identidad a paso  lento. Su mirada es tan profunda como su cosmovisión que nos habla más de sinfonía en creación de la armonía total. Sus lenguas tienen la musicalidad entretejida de silencios que expresan su grito último de libertad.

Bolívar la llamó su “Hija predilecta” y tuvo para con Ella, las delicadezas y finuras del enamoramiento o la predilección sin disfraces. La llevaba tatuada en su corazón. Y en ese don de la reciprocidad que es un propio de estas culturas, Ella se lo devolvió con creces el 6 de Agosto de 1.825, cuando al firmar el acta de nacimiento, su nombre fue “Bolívar” y más tarde Bolivia. Ese nombre no es un simple recordatorio o una idea o un expresión memoriosa, no, es la totalidad de su ser,  la vida misma en identidad plena.

Y es que Bolivia tiene mucho para enamorar: La Paz, ciudad ‘maravilla’. Sucre, la ciudad blanca. El Carnaval de Oruro. Uyuni que se confunde con su Salar, un desierto amasado en el mar de la sal y el silencio de la contemplación. El “cerro rico de Potosí”, hoy ‘pobretongo’, solo con la riqueza de su dolor en hombros. Tarija con sus vinos y el toquecito de su encanto. Santa Cruz y el oriente todo que deslumbra como emporio de creatividad y expansión del horizonte en mirada de futuro. Cochabamba, la Llajta, signo de intelectualidad y pujanza en crecimiento. Y como pidiendo permiso, las “huairas” centinelas en los cerros, lucecitas arrancadas a la hornilla que custodian las raíces ancestrales para no perder la memoria. Es un País que vive en la cima de sí mismo.

Pero la riqueza primera y más significativa de este pueblo es su gente, sus culturas, la pluralidad de sus valores, el coraje de sus héroes, la sangre derramada, la bravura de sus huestes, un no sé qué de aguante que los vuelve invencibles, una capacidad para subsistir o sobrevivir que no tiene nombre. Para los pueblos Quechuas, “sus antepasados son llamados “Ñaupa”, cogollo. “Ñahui”, los que vienen de adelante, los que están al frente.” Ahí está la fuerza de su vitalidad que podemos resumir en el “Sumak kawsay”: El buen vivir, quechua, o el “Suma qamaña”: Vivir bien, aymara.

Y la música tiene nombre: Bolivia

El dolor se puede expresar de muchas maneras: O a grito partido, o en rabia acumulada, o en destello de sanación convirtiendo las pequeñas cruces de cada día en luces de nuevo amanecer. Bolivia ha decidido traducir su dolor en pentagramas. El lamento torturante de los Kjarkas resume “el siglo y medio de humillación” en un canto victorioso de futuro cuando divisa a los niños en los cerros hilvanando su liberación. Hay bravura, hay fuerza, hay juventud que unen sus voces para quebrantar el silencio  mudo de toda iniquidad. Tanta fuerza cantada en solemne peregrinación  que aglutina pueblos y culturas para construir la Nación, es la vida expresada en cada nota, en cada silencio esculpido en pentagrama de dolor y de sueños, algunos en desesperanza.

Una poetisa nicaragüense dice de su pueblo que “los Nicas en lugar de sangre, llevan música en sus venas”. Pero yo veo que la sangre de los bolivianos y bolivianas es música en un  espléndido pentagrama que al decir de San Agustín es “carne de la memoria”. ¡No se podía definir más “asombrosamente bien” la música! Esa amalgama entre música, carne y memoria es la vida atormentada del boliviano y la boliviana. Cada nota tiene la función específica de “despertar su melancolía de dioses desterrados”. Es la lucha cotidiana por apagar la tristeza y al mismo tiempo, por hacer de la vida una fiesta en donde ya no tenga cabida la frustración.

Este pueblo habla con la música, es música, es torrente de melodías. En cada esquina de pueblo o en las plazas de las ciudades se encuentra un conjunto o un artista, todos de calidad. Decir un solo nombre es dejar atrás una letanía interminable hasta confundirse en concursos de bandas que colman los estadios y rompen todo record de artistas, de instrumentos y pulsaciones del alma en sinfónica celestial. Es que Dios es música y este pueblo sabe interpretar los acordes más cercanos al artista de la Trinidad, el Espíritu.

Estando en Villazón promoví la formación de conjuntos musicales entre los jóvenes. No más expresar mi deseo y ya había diez o doce grupos musicales en gestación. . A uno de ellos le faltaba el Violinista. Se presentó un joven y pidió un violín. Nunca lo había tenido en sus manos. Al otro día vino ya con la lección sabida: Era un Chopin. Las escuelas de música se multiplican y el alma de estos niños y jóvenes, que también hay mayores, saben descifrar no sólo la música, sino también la poesía. Sus letras son de exquisita pulcritud. Eso los hace muy sensibles, hasta susceptibles. Su alma camina por senderos imbricados en los que domina generalmente la angustia, la violencia, la tristeza.

El Canto a la Viña

Isaías debió haberse matriculado en alguna escuela de música en la que el Shalom se pronunciara en clave de sol o en algún Mi-Bemol menor donde la paz va más allá del simple acuerdo entre las partes y expresa el equilibrio, la armonía, la justicia y la equidad. Allí entonó su canto a la Viña (cfr. Is 5, 1-7). Para ello, templó su alma de artista en el arpa de David y acompasó su ritmo entre cantares de doncellas que arrebatan hasta el éxtasis.

En nuestro caso, la Viña es Bolivia, la consentida, la mimada, la niña a quien sus vecinos han extorsionado, chantajeado y arrebatado sus encantos, lo mejor de sus tierras, su acceso al mar, sus riquezas, sus gentes, su cultura. Brasil, el menos dramático, le arrebató una tajada inmensa de territorio aprovechándose de la idiotez de uno de sus gobernantes. Chile, el más tirano, la invadió queriendo saciar su hambre de riqueza y la humilló con tratados forzados e infames. Paraguay, en guerra sangrienta, se apoderó de gran parte del Chaco y, quién lo creyera, Argentina, con carita de ‘Yo no fui’, le quitó todo lo que hoy es el norte gaucho desde Salta, Jujuy hasta la Quiaca.  ¡Qué dolor de Patria! Y el canto de la Viña se convierte en lamentación.

Para que el olvido no ahogue nuestro dolor, en muchos hogares bolivianos, se planta una vid, se le rodea de cariño y de ternura. Sus frutos maduros, pisados hasta extraer la última gota, se envasan en  ánforas para escanciarlo cuando desborda la alegría y la memoria se hace futuro. Hay también los vinos buenos, llamémoslos de marca, que compiten con la chicha casera para que no se quede ningún recuerdo sin hacerlo vida y fiesta y danza y esperanza.

Pero no bastan los malos vecinos para desflorar la viña de sus encantos. Al interior hay también quién atenta contra su dignidad y su belleza. Desde la corrupción, jamás denegada ni disimulada, hasta el atraco permanente a  sus riquezas mineras, su estabilidad política, los intereses partidistas, la acentuación racista y el afán divisionista entre oriente y occidente, un susurro a voces, latente como volcán agazapado e hipócritamente disfrazado de paz, pero listo a dar el zarpazo al menor chispazo.

Y a la viña se le siguen pidiendo sus mejores cosechas. Subsiste el lagar, el de su cultura, su arte y su música, su cosmovisión, la interculturalidad y una mística que hace de este pueblo un cultor de la elevación y la contemplación como lo canta uno de sus maestros más cultivados en “PRESENCIA DE LA MONTAÑA:

“El Illimani se está – es algo que no se mira.
En el Illimani, el cielo es lo que se mira; el espacio de la montaña. No la montaña.
En el cielo de montaña, por la tarde, se acumula el crepúsculo; por la noche, se cierra la Cruz del Sur.
Ya el morador de las alturas lo sabe; no es la montaña lo que se mira.
Es la presencia de la montaña.”[1]

La espiritualidad boliviana

 

Este pueblo sabe de la trascendencia, de la comunicación más allá del ritual o del balbuceo cotidiano de lo celebrativo. Su espacio va más allá del universo: El  pluri-universo. Sin sacralizarlo todo, todo es sagrado; Espacios, tiempos, actividades, las estaciones, los procesos de gestación y crecimiento, la siembra, la cosecha y, sobre todo, la vida. “Para quien es capaz de ver, nada es profano” (T. de Chardin). La misma muerte es la prolongación de la vida. Se siguen celebrando los cumpleaños y  los muerticos siguen con nosotros: Se les prepara la mesa y su memoria es presencia viviente.

La espiritualidad de los pueblos andinos y originarios de la zona Andina y de la Abya Ayla, es la misma vida regida por la sabiduría integral de sus ancestros que asumen en perfecta combinación el medio ambiente, las relaciones interpersonales, los valores culturales que imprimen el sello de humanidad en estas nacionalidades.

Las diversas espiritualidades son caminos que conducen al corazón. Ya lo había dicho Pascal: “Quien siente a Dios es el corazón, no la razón”. Son místicas estas cosmovisiones. Wittgenstein agrega: “En el ser humano no sólo existe la actitud racional y científica, existe también la capacidad de extasiarse”, de conversar con el corazón, añado desde mi visión planetaria. Jean Guitton hablaba de “los místicos y de los hermeneutas de lo invisible”. Digamos, ‘testigos de los invisible’, tal es su espiritualidad.

La invasión de los españoles es calificada por los especialistas de “cataclismo”, una época oscura, la del “cuarto sol”[2]. Pero nadie puede arrebatarles lo grandioso de su cosmovisión y cultura: Su espiritualidad. Ya un proverbio árabe lo anticipaba: “Sólo poseemos lo que no podemos perder en un naufragio”. Allí está su fortaleza casi estoica, pero fortaleza a fin de cuentas. Para Ellos vale lo que hermosamente dice Teilhard de Chardin: “No somos seres humanos viviendo una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”. Aventura humana que se expresa en el “Buen vivir”, haciendo eco a lo que san Benito decía: “Espiritualidad fue siempre el arte de la vida sana”.

Conclusión                                                                                   

En el museo del Prado hay un salón reservado para los cuadros pequeños, llamado la ‘Belleza encerrada” y custodiado por la diosa Palas Ateneas, diosa del arte y de la música, pero también diosa de la guerra. ¿Por qué esto que parece a simple vista tan contradictorio? Es fácil. La ‘Belleza encerrada’ que serían estas culturas ancestrales tan armoniosas, tan respetuosas de la Madre Tierra y tan generosas en el cultivo de sus valores, sufren la guerra de las potencias mercantilistas e idólatras del consumo. Y ellas resisten a todos estos embates de guerra declarada. Ya lo dijo sabiamente Albert Camus: “En medio del frío invierno descubrí que dentro de mí hay un ser invencible”.

Mi Bolivia, la Bolivia de tantas guerras y luchas sobrevive como la “Belleza encerrada” por la fuerza, fortaleza y raigambre de su interioridad, de su “ser invencible”.

Cochabamba 30.07.20

[1] Sáenz, Jaime, “Imágenes paceñas”, Difusión limitada, La Paz, Bolivia, 1979, p. 17

[2] Bascopé, Victor, “Espiritualidad originaria”, colección Bolivia, Nuevo Tiempo1, p. 43, Editorial Verbo Divino, Cochabamba, tercera edición, 2013

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