
Sin duda alguna, la llegada de la covid-19 ha sorprendido nuestro planeta y nos ha puesto frente a las incongruencias de un sistema socio-económico injusto e irracional. Hemos visto como el modelo occidental, que hasta ahora se creía protagonista del mundo moderno, se ha derrumbado obligando a los diferentes actores de la sociedad a relativizar ciertos valores que parecían intocables. Nos hemos dado cuenta que la hegemonía de la ciencia y la técnica no tienen la última palabra y que están lejos de poder tener todo bajo control.
Así mismo hemos ido descubriendo el lado positivo de esta tragedia. Ha bajado el ritmo de vida consumista y los niveles de contaminación, se ha fortalecido los sistemas de seguridad sanitaria y la atención a los mas vulnerables. Al sentirnos náufragos del mismo barco, ha crecido la consciencia de interdependencia y el valor de la vida familiar. Hemos creado nuevas formas de relacionarnos y de hacer frente a las consecuencias que va dejando a su paso el cambio de vida impuesto por el confinamiento. Como vemos, no todo ha sido malo, sin embargo, no es fácil adaptarse a un nuevo estilo de vida al que nadie se esperaba y para el cual nadie fue preparado.
Ante esta situación muchos desean “volver pronto a la normalidad”, pero ¿de qué normalidad se trata? ¿Volver al mismo sistema consumista y devastador de nuestro planeta? ¿continuar en un mundo donde solo cuentan los interese de los poderosos? No, como dice Leonardo Boff “ha llegado la hora de cuestionar las virtudes del orden capitalista: la acumulación ilimitada, la competición, el individualismo, el consumismo, el despilfarro, la indiferencia frente a la miseria de millones de personas”, ha llegado la hora de reinvertir los valores y de convertir la tragedia en oportunidad.
La normalidad no consiste entonces en volver a nuestras recientes habitudes sino mas bien en volver a nuestro estado inicial. Sí, necesitamos ser reseteados y recobrar nuestro estado original. He ahí el gran desafío para la Iglesia y para sus evangelizadores quienes también necesitamos resetear nuestra manera de evangelizar. En los evangelios vemos a Jesús devolviendo la vista a los ciegos, sanando a los enfermos, limpiando a los leprosos, de otro modo, Jesús les devuelve su estado inicial. Jesús restaura el ser en el cuerpo y en el espíritu, Jesús devuelve el ser humano al estado de la creación cuando Dios se complace con su obra. Así pues, volver a la normalidad seria volver al estado inicial de la creación de hombres sanos y libres, autentica imagen de su creador.
La Iglesia hoy mas que nunca tiene que leer los signos de los tiempos si quiere ser fiel a su dimensión profética. No es posible buscar la reapertura de los templos para continuar con ritos desencarnados cuando necesitamos restaurar al ser humano verdadero templo de Dios. No es posible pensar solo en nuestros proyectos y finanzas cuando la sociedad reclama la solidaridad, no es posible reclamar el regreso a la normalidad cuando no hay nada mas anormal y contradictorio al estado natural del ser humano que el sistema individualista y devastador al que nos hemos acostumbrado. Es necesario un cambio de actitud que conlleve a un cambio de relaciones con nosotros mismos y con el medio ambiente.
Se trata de una conversión personal en primer lugar y colectiva después. Volver al estado de la creación no significa para mí un rechazo total de los avances y descubrimientos del mundo moderno, pues esto sería negar el desarrollo de la inteligencia humana. Volver al estado inicial se trata mas bien de evangelizar o humanizar nuestro sistema de vida de tal forma que éste esté al servicio de la humanidad y no la humanidad al servicio de una sistema que la esclaviza.
La superación de la actual crisis humanitaria debe conducirnos hacia un estilo de vida mas simple en donde podamos realizar nuestra esencia: ser imagen y semejanza de Dios. Si éste ha de ser el objetivo entonces habrá que nacer de nuevo y hacernos como niños, tendremos que despojarnos de toda vanidad y codicia, tendremos que dejar de un lado nuestra tendencia depredadora e imperialista tendremos que dejar la lucha desenfrenada por el poder y el deseo desmedido de acumular.
La Iglesia como gestora de desarrollo integral tendrá que dar el paso y apuntar hacia un nuevo estilo de vida sano, justo y sostenible en una barca que ofrezca a todos la oportunidad de salvarse, de lo contrario estaremos retomando una “normalidad” que no es mas que la vía directa al naufragio.
Miguel Andrés Aguirre mxy
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