
Una lectura de “La Sombra de Orión” de Pablo Montoya
Hace poco leí “La Sombra de Orión” de Pablo Montoya, una novela linda y dura que nos hace caminar por los barrios y entrar en las casas y hablar con la gente de la Comuna 13 de Medellín en los tiempos en que la fuerza pública se unió a grupos al margen de la ley para señalar y asesinar a muchos de los nuestros, especialmente jóvenes. Me impresiona mucho una escena que muestra a Machuca, una de las tantas víctimas después masacradas y botadas en el basurero; el joven, movido de horror y poesía a la vez celebra con los suyos una especie de ritual y empieza a danzar: “Fue entonces, lo narra Montoya, cuando Machuca se desnudó. Dio un círculo en la terraza para que lo vieran. ¡Este es mi cuerpo!, cantó. Miró a Pedro y le dijo: ¡Esta es mi escritura!… las miradas vieron el cuerpo atravesado de cicatrices… Soy mi cuerpo… lean mis cicatrices”. ¡Impresionante!
Como cristiano y como sacerdote, no pude leer este párrafo de la novela sin pensar en el canon de la misa y sin sentir en la voz de Machuca la misma voz de Cristo: “Este es mi cuerpo”. Allí, en la escena que comento, hay cuerpo en la humanidad del muchacho ofrecida en la danza y escritura en las cicatrices de su piel; en la misa de Cristo, en su donación, esa que tuvo su clímax en el Calvario, fuera de los muros de la ciudad santa, hay también cuerpo desnudo y escritura, el mejor libro sobre el misterio de Dios es la piel del crucificado.
En Machuca y en todas esas víctimas que nombra el autor, veo a Cristo buscando su carne en esos cuerpos masacrados y botados en el basurero; buscando su cuerpo para completar su misa, porque su misa, sin la memoria de todos los que han sufrido en la historia, en todo tiempo y lugar, no podrá llegar a su doxología final; no habrá un “Por Cristo, con él y en él” que diga verdad… Sí, Cristo esta buscando su carne en esos cuerpos que nuestra violencia ha querido negar y borrar, los de las mujeres, las personas lgbtiq, los habitantes de la calle, los negros, los menores reclutados, indígenas; está buscando la materia de la eucaristía en esos cuerpos botín de guerra, cubiertos de burla, abusados, esclavizados, desposeídos, violados, desaparecidos, secuestrados, torturados, falsos positivos. Y somos nosotros humanidad, sacerdotes por la caridad y el cuidado, no tanto por las rúbricas y los ornamentos, los que, cada vez que encontramos esos cuerpos hemos de pronunciar sobre ellos y en nombre del mismo Cristo las palabras sagradas, “este es mi cuerpo”, “este es mi cuerpo”. Y en esta misa, Cristo ofrecido en los cuerpos de las víctimas, habrá que tocar también sus cicatrices, examinar en ellas la Palabra y aprender Dios en la piel de estos hermanos y hermanas; es que, fijémonos bien, no se trata de Dios nuestro saber si no se estudian las cicatrices de los crucificados.
He aquí el rito sagrado para todos, sacerdotes, hombres y mujeres que queremos dar gloria a Dios : ir al altar de las calles y elevar esos cuerpos ninguneados, palpar la pascua en sus cicatrices, pronunciar sobre ellos las palabras de consagración, reconocer a Cristo y adorar en ellos a Dios. lo nuestro como cristianos no pasará de la superstición y no será, en todo caso, la religión de Jesús, si con el pan y el vino de la misa no juntamos estos cuerpos, el de Machuca y los de todas las víctimas, los que están en la escombrera y todos los desaparecidos, los que todavía deambulan por las calles y piden ser satisfechos, los que en su diversidad sexual claman por su dignidad, los violentados de mujeres que exigen reparación, los de los trabajadores que luchan su derecho, los de los negros e indígenas que buscan inclusión, los de la infancia abusada que reclaman su inocencia… Sí esos cuerpos no son pan y vino de nuestra misa nuestra religión resulta mentira y nuestra fe una farsa.
Jairo Alberto, mxy
Noti – Misión
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