¿Profecía en el obispo Miguel Ángel Builes?

Pensamientos al leer la carta pastoral para la cuaresma de 1929

Una premisa de honradez

Tengo aquí conmigo la carta pastoral de Monseñor Miguel Ángel para la cuaresma de 1929.  Me propongo meditar sobre la profecía en nuestro fundador.  Les advierto por honradez que no es fácil escribir este artículo.  Ya me lo he propuesto varias veces e incluso una mañana me levanté bien temprano para hacerlo, hacia las 3 am, y terminé volviendo a la cama.  Lo intento ahora con un poco de soledad y silencio.

Yo no soy para nada historiador y seguramente me falta rigor científico en lo que afirmo y lo que se me ocurre ahora pensar y escribir es sólo para abrir diálogo y entender más.  Sí, así me suele pasar, escribo no porque sé, sino porque quiero saber; es escribiendo, y no tanto leyendo, que al final intuyo algo de la realidad.  Con ese animo me propongo seguir estos párrafos.

Otro escrito mío sobre la profecía en Monseñor Builes

Hace unos años, yo ya había escrito, con ocasión de un retiro espiritual, sobre la profecía en Miguel Ángel Builes.  Todo lo que compartí en esos ejercicios, lo escribí meditando “Crónicas misioneras y Viaje a Roma”; en esas páginas, me dejé llevar del día a día en las correrías misioneras y en las andanzas por Europa del Fundador.  Me pareció, y sigo en eso, que el Fundador es realmente un hombre de Dios, uno que busca hablar en nombre de Dios, uno que está apasionado por la predicación y por enseñar a su pueblo, un contemplativo que ve a Dios en todo.  Y en todo eso, puede tener mucho en común con los profetas de Israel o de dónde sea; así que, en ese retiro, no dude en afirmar que el Obispo fundador era realmente un profeta.

La misma simplicidad con que escribí para ese retiro del pasado, no me asistió ahora leyendo la carta pastoral para la cuaresma de 1929 sobre el progreso y sus peligros.  Lo confieso, tal vez sea María Fernanda Cabal, la senadora que hace poco negó la masacre de las bananeras, la que me sacó de esa suerte de inocencia con la que leí sin problema “Crónicas misioneras y viaja a Roma”.   Con esa señora y con otros paisanos que oigo hablar en los medios, veo que hay en Colombia, una suerte de “negacionismo”, algo que a los gobiernos y a la gente no les deja ver y que nos aleja de la realidad de los que están luchando para sobrevivir, y que nos distorsiona lo que pasa alrededor y ni siquiera nos damos por entendidos.  En ese país nuestro, de tanta inequidad e injusticia, hay gritos que se han silenciado, que no queremos oír, hay muchos que no han podido hablar y  los hemos “ninguniado”:  creo que esto explica por qué estamos entre los pueblos más violentos del mundo.  Un grito silenciado tiene la destrucción de arma nuclear.  Leí, pues, la carta de 1929, pensando en el Fundador y pensando en estas cosas del “negacionismo”.   Leí esa carta, sin la inocencia de esa otra lectura, y perder la inocencia es siempre una cosa buena, porque nos hace vulnerables y nos ayuda a abrazar el sufrimiento de otros.

Contexto de la carta pastoral de 1929

Era la cuaresma de 1929, la pastoral vio la luz en el mes de febrero.  Hacía tres meses había sucedido la masacre de las bananeras.  El 6 de diciembre de 1928, el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez había autorizado al ejercito para disparar contra la multitud de trabajadores que en Magdalena pedían a sus patrones de la multinacional norteamericana United Fruit Company mejores condiciones de vida.  Hubo muchos muertos, un sólo muerto ya es muchos muertos; el diario La Prensa de Barranquilla logró contarles a sus lectores que habían sido 100 muertos y 238 heridos (edición del viernes 14 de diciembre de 1928).  Después, el entonces embajador de los Estados Unidos en Colombia informó a su jefe en Washington y dijo que los muertos habían excedido los mil (telegrama del 16 de enero de 1929).  Jorge Eliecer Gaitán habló mucho de ello en el senado de la república.

En la carta de marras, Monseñor Builes analiza pues la situación del país y de los peligros que afronta.  En todo lo que escribe no existe el problema social de los trabajadores y de las huelgas del tiempo.  Para él, la gran tragedia es la división del partido conservador, el partido del gobierno, “El Partido del orden y de la libertad”. La cosa era que el partido conservador, cuyos líderes defendían a la Iglesia, sus normas y el concordato, se había dividido y a un año de las elecciones que se celebrarían el 9 de febrero de 1930, tenía varios candidatos y arriesgaba a perder el poder tenido por tantos años, desde 1886.    Los candidatos conservadores, entre ellos, Alfredo Vásquez Cobo y Guillermo Valencia, se aferraban a sus ambiciones y ninguno cedía en favor del otro; Y así, al efectuarse las elecciones, las disidencias dieron el poder al liberal Enrique Olaya Herrera.  Para nuestro Obispo, como lo dice él en la carta, está perdida fue una tragedia nacional. 

Los problemas que me resultan al escribir sobre la profecía en Monseñor Builes

La pregunta que se me viene es pues, ¿Por qué Monseñor Builes, “el profeta del acontecer nacional” como reza el título del libro del padre Oscar Osorio, no mencionó esa situación, por qué su silencio?  ¿Puede un profeta ignorar lo que pasa en su pueblo? ¿puede omitir el asunto y optar, después de “meditar hondamente”, por hablar del progreso y sus peligros?  ¿Puede un profeta, que habla en Colombia en el año 1929 y que habló siempre en los años siguientes, decirnos e insistir con obsesión, que el “gran peligro” del país, es la disidencia del partido conservador?

Yo sé que en ese tiempo no había WhatsApp y que los hechos se llegaban a saber después de días de ocurridos.  Yo sé que a los lectores de El Colombiano en Santa Rosa de Osos les quedaba difícil saber lo que decía La Prensa de Barranquilla; Los medios eran paquidérmicos y llegaban tarde… ¡pero llegaban!  Y monseñor Builes nos predicó hasta finales de los 60 y tuvo por consecuencia tiempo de sobra para decirle al país lo que Dios pensaba de una masacre, independientemente de la ideología de los muertos.  Me estremeció después, buscando documentos con la ayuda de la hermana Nora Gómez, la postuladora de la causa, que lo poco que había dicho Monseñor Miguel Ángel sobre la masacre, haya sido bien tarde, en 1959 (Carta Pastoral, Hacia el Abismo) y en 1965 (Colombia en el caos),  y, eso para culpar a los huelguistas asesinados y, corroborando la posición del gobierno de entonces, tacharlos de “malhechoresEstos primeros huelguistas, dice, fueron una cuadrilla de malhechores, como se les declaró de manera oficial” (Colombia en el caos). Honestamente, me sabe muy mal, que un profeta tenga en un asunto de estos la posición oficial.  Un profeta, vayamos a la Biblia, subvierte el orden de la oficialidad, está en los márgenes, está o se va para la periferia.  Un profeta es siempre es revolucionario y no defensor del statu quo.

Algunos también alegan que hay que entender los contextos y que cada época es diferente y que no podemos ver el ayer con los ojos de hoy:  no estoy de acuerdo con ese argumento que intenta disculpar la gente, especialmente a la Iglesia y a sus santos, cuando en realidad lo que pasa es que, muchas veces, la Iglesia y sus santos, por muy Iglesia y muy santos que fueran, no tuvieron la lucidez para ubicarse y ver lo que sucedía.  No culpemos a los tiempos; mucho antes que el Obispo Miguel Ángel, para citar sólo un ejemplo, el Obispo Ambrosio, no permitió al emperador Teodosio I entrar al templo para la eucaristía.  Era que el “piadoso” emperador, que al igual que el partido conservador y que Abadía Méndez, defendía el cristianismo a capa y espada y perseguía a los paganos y que se declaraba bien “católico”, ese piadoso emperador digo, venía en esas de masacrar, por medio de su ejército, a los griegos que se encontraban en el estadio de Tesalónica.  Si un obispo obraba así apenas pasado el tiempo de los apóstoles, o sea en las fuentes de la Tradición, ¿por qué, para otro obispo, defensor acérrimo de la misma Tradición 1.500 años después, no era lo más natural hacer lo mismo?

Otros tratan de aplacar mis dudas y me dicen que el Obispo de Santa Rosa tenía que defender los intereses de Dios y de la religión, los intereses de la Iglesia.  Por más que parezca raro, yo nunca he visto a un profeta de la Biblia defendiendo los intereses de Dios y de la religión.  La lucha de los profetas contra Baal y los dioses no es para defender a Dios, sino para defender las víctimas humanas puestas en los altares de los ídolos: la idolatría, ellos lo saben bien, no daña a Dios, daña a la humanidad.  La idolatría nunca logra “desdiosar” a Dios, la idolatría siempre deshumaniza a la gente.  Si Dios tiene algún interés, es sólo la gente.  Los profetas, como Jesús mismo, no eran queridos en el templo y por los religiosos de su tiempo; nunca en Israel un profeta defendió la religión, los profetas defendieron al pobre, al huérfano y a la viuda.  A Jesús y a muchos de los profetas los mataron los que defienden la religión.  Cuando un profeta tiene algo que defender que no sean los pobres, y así sea la Iglesia y lo más sacro, así sea a Dios, su profecía ya va siendo no tal: defender algo que no sean los pobres, daña los ojos, los parcializa; y un profeta necesita ver mil veces para decir una sola palabra que de verdad venga de Dios.  

No hay nada más peligroso que defender a Dios: de los que se arrogan esa tarea salen los fanáticos, los proselitistas, todos los cruzados de la historia, los inquisidores de la Iglesia, los del Estado Islámico…    Dios, es absolutamente otro, cuando decimos “Dios” lo que pensamos es diametralmente distinto de lo que es, Dios no se deja atrapar en ninguna cabeza por inteligencia y materia gris que haya en ella. Querámoslo o no, cuando decimos “Dios”, tenemos un ídolo en la cabeza, una idea vaga de su realidad, una ilusión;  pero no tenemos otra alternativa que seguir diciendo “Dios” y humildemente dejarlo en “la nube del no saber”.  La única forma de decir Dios, y aquí está la originalidad de los cristianos, es delante del Crucificado que no parece Dios. San Agustín decía que si entendemos no es Dios. Si alguien se quiere poner en el “partido” de Dios no le queda otra alternativa que el partido de los pobres, de los marginados, de los pecadores, de los excluidos: en ellos Dios queda libre de nuestros razonamientos y cálculos, Dios se sale de nuestra lógica… la vida de la gente es la única gloria de Dios y si no, pregúntenle a San Ireneo.  

Ya van entendiendo, o quiero que me entiendan, porque tengo problemas para hablar de la profecía en nuestro Fundador: silencio sobre una masacre y sólo tachón de malhechores para los muertos; alianza con la oficialidad y mucho mesianismo puesto en el partido azul; ojo avizor para los peligros que trae el progreso y ojos cerrados para una masacre donde mueren hijos de Dios; demasiada seguridad y exclusión de otro pensamiento. 

Estoy pues bien enredado con este tema de la profecía en el Fundador, les pido que me ayuden a salir de estas complicaciones y que sigamos meditando.  Es por eso que voy a seguir leyendo con ustedes la carta y a ir chequeando en las líneas el tema que me pidieron: la profecía en el Fundador.

¿Un político como Jeremías, con una palabra que nos es suya y que viene de Dios?

No cabe duda, un profeta está siempre metido en su mundo, nunca fuera.  Un profeta es un político en el buen sentido de esa palabra, le preocupa la patria, le preocupan los pobres, los marginados, los “ninguniados”, y es por ellos que sale a la arena pública y se enzarza en discusiones y se mete en líos.  ¡El ámbito de la profecía no es la sacristía!, y aquí le abono a Monseñor Builes algo en común con los profetas, no es un obispo de sacristía y de palacio, se mete en los líos de su tiempo y hace opciones.  No tiene esa manía de la neutralidad “correctamente política” que la mayoría de los nuestros obispos mostró tener en el referendo del 2016 y que ha mostrado en muchos asuntos, para salvarse y salvar a “Dios” y a la Iglesia.   Así no le simpatizaran para nada los huelguistas de La Ciénaga y viera en ellos lo que veía Miguel Abadía Méndez, si sabemos, y esto lo digo porque he leído su diario y muchas de sus cartas, que le preocupa la gente, los niños, la mujer, los indígenas, los campesinos, las escuelas, los caseríos de los ríos.  Hay muchos que acusan a Monseñor Builes de meterse en política y la verdad es que un pastor no tiene otra alternativa, o se mete en política y se preocupa por la gente o claudica en su misión.    Así que es bueno ver a nuestro Fundador así: acertado o no, al estilo de Jeremías, preocupado de la Jerusalén sitiada y al final caminando forzado con los suyos para refugiarse en Egipto.  

Miguel Ángel dice, introduciendo su carta pastoral, que para él, escribir y hablar, es “como una obligación”; es decir, es algo que no puede evitar, que le ha sido impuesto.  Sería más cómodo callar y quedarse quieto en su casa.    Así es, esto también lo tiene en común con los profetas, nunca habla porque quiere hacerlo, porque le gusta; su palabra no es de él y se le sale así no quiera, algo como lo que también Jeremías experimenta cuando dice: “Si digo: «no me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre», entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos.  He hecho todo lo posible para contenerlo, pero ya no puedo más” (Jer 20,9).  Monseñor Builes no hablaba porque quería y le gustaba, hablaba con buena consciencia, porque sentía que Dios se lo pedía.   Lo que no me explico es por qué, si Dios siempre se pone de parte de las víctimas, y manda al profeta que las defienda, a Monseñor Builes, cuando todavía la sangre de las víctimas estaba fresca, le pidió que hablara para dar luz y discernimiento sobre el progreso y sus peligros, y no sobre la violencia sufrida, las condiciones inhumanas de los que protestaban y sobre la misma matanza.

¿Un Jonás que predica y odia a los ninivitas?

Abonándole, aunque con preguntas, estos rasgos de los profetas  al Fundador, vienen otras preguntas que hago yo y que hace mucha gente, preguntas que no podemos obviar y que, si nos empeñamos a llevar nuestro santo a los altares, tendremos inevitablemente que responder.  Es que con este artículo no quiero desacreditar a Monseñor Builes y sí quiero que nos vayamos preparando para ser lúcidos y dar razón de la santidad de nuestro Obispo al que nos las pida.  Las preguntas son pues: ¿Por qué Monseñor Builes cerró su corazón al diálogo con el otro partido, el liberal?  ¿Por qué no logró ver nada bueno en sus interlocutores y, obsesionado por el comunismo, solo veía en ellos la acción del maligno? Buena parte de la Iglesia colombiana de los tiempos de la carta, y en esto es representante Monseñor Builes, excluyó a la mitad de sus fieles, los liberales, que también bautizaban a sus hijos, iban a misas sin que se notara mucho y hasta se confesaban.   Una cosa es hacer opciones y otra es excluir a los que no comparten la misma opinión.  La Iglesia del tiempo, y también nuestro Obispo, se fue a uno de los extremos, no logró ser mediadora y perdió su misión de puente entre unos y otros, pretendió ser mediadora entre Dios y la gente y esto no se puede si al mismo tiempo no se es puente entre unas gentes y otras.  Esa opinión de que el otro es absolutamente malo y nada tiene de rescatable ha echado mucha leña al fuego del país violento que es Colombia y Monseñor Builes, me perdonan, avivó esa hoguera, con intención o sin ella.

A esta pregunta me vuelven a responder diciendo que era la época y todo es culpa de la época. Pero, entonces, por qué mucho antes, en contextos todavía más limitados, hubo un Bartolomé de las Casas que defendía a los indígenas y al mismo tiempo hablaba con el rey; un Francisco de Asís que se acercaba a  los musulmanes en tiempos de cruzadas y ganarse hasta el lobo de Gubbio, y un Nicolás de Cusa que hablaba de la coincidencia de los opuestos; y sobre todos ellos, un Jesús de Nazaret que incluyó a los romanos en su proyecto de vida abundante para todos y que veía posibilidades en los publicanos y pecadores y que hasta se dejaba invitar a la casa de los fariseos.  ¿Por qué se dice que las épocas  no habían madurado después de que la historia había gustado tantos frutos?

Cuando alegamos que hay que entender el contexto de la época, ¿qué entendemos por contexto? ¿solo el establishment de la aristocracia religiosa y política?  ¿no es parte del contexto la insatisfacción de los más desafortunados? ¿un profeta puede situarse con los primeros y, aliado con estos, descalificar sin más los segundos?  ¿La Colombia del Obispo de Santa Rosa, del mismo que sólo muchos años después habló y llamó “malhechores” a los asesinados en las bananeras, no era la misma Colombia del entonces párroco de Aracataca, Francisco C. Angarita, que defendió a sus feligreses de los atropellos de las tropas del General Carlos Cortez Vargas, que les abrió el templo para que encontraran refugio, que se enfrentó a los militares y les dijo que primero pasarían sobre su cadáver antes que atentar contra los que él había dado asilo en la casa de Dios?  ¿Por qué en el mismo país, en el mismo contexto, los dos pastores actuaron tan distinto?  ¿Por qué nos piden entender el contexto del Obispo e ignorar el del párroco del lugar de la masacre?  Yo creo que la mayoría de los pastores de Iglesia colombiana de esa época (y de muchas otras épocas), y ahí está nuestro Siervo de Dios, no logró entrar en el contexto, mirar a todos como propios y ser signo de reconciliación entre los opositores.   Un contexto no puede ser monocromático, solo azul, un contexto está lleno de colores y tiene mucho de arcoíris y diversidad. 

Yo creo también, y aquí me pongo del lado del Obispo que me inspira para la misión, que un profeta habla en nombre de Dios y lo hace con sus límites, defectos y faltas de perspectiva: Jonás le habló a Nínive, como Miguel Ángel les hablaba a los liberales: condenándolos, excluyéndolos, deseando que no estuvieran, que Dios los exterminara.  La palabra de Jonás, ese Jonás hebreo que odiaba a Nínive, salvó a los ninivitas y les trajo paz y el mismo Jonás se tuvo que convertir.  Creo que el profeta Builes, si era profeta lo era también con sus límites, defecto y faltas de perspectiva.  El profeta es el primero que necesita conversión, nuestro Fundador se puede convertir todavía si le damos la oportunidad y si no nos empeñaos en defenderlo y hacerle un apresurado pedestal.  Monseñor Builes se puede convertir y nosotros, que somos uno con él en el Cuerpo Místico de Cristo, le podemos ofrecer esa posibilidad y esto lo lograremos abriéndonos a la diferencia, encontrando un espacio para la disidencia, sentándonos a la mesa con los que piensan distinto.  Esto que pienso el Fundador, estoy seguro, no impide que sea santo y esté en el cielo, es que un santo tiene límites como todos y es precisamente en estos límites, y no tanto en sus méritos, que se puede abandonar en las manos de Dios: la santidad, esto nos hace bien recordarlo para que nunca nos desanimemos de llegar a la santidad, no es perfección de las obras es confianza en la gracia de Dios.

¿Un Isaías que sabe de dónde viene la salvación para su pueblo?

En los tiempos de Isaías y de casi todos los profetas de Israel, la gente estaba deslumbrada por la fuerza de Egipto, por sus “máquinas” de guerra, entonces los caballos y los carros; cuando había alguna amenaza, cuando las cosas no marchaban bien, todos querían ir a las potencias vecinas y buscar salvación.  Isaías y los profetas insisten en que la salvación no viene de allá, en que no hay que dejarse deslumbrar, que sólo el Señor tiene la defensa: “Ay de los que descienden a Egipto por ayuda! En los caballos buscan apoyo, y confían en los carros porque son muchos, y en los jinetes porque son fuertes, pero no miran al Santo de Israel, ni buscan al Señor” (Is. 31,1). 

En tiempos de progreso y adelantos, para ese momento la luz eléctrica, los aviones, la televisión,  los telescopios, los trasatlánticos, autos y camiones, el Obispo Miguel Ángel invita a su pueblo a no dejarse encandilar, a no perder el sentido.  Todo esto es bueno, sugiere en su carta, pero de allá no viene la salvación: La sociedad actual está encandilada por el prodigioso adelanto”.  “Abrid los ojos amados hijos nuestros, abrid los ojos”.   Los medios no se pueden confundir con el fin, y todo ha de servir para lo que realmente cuenta y es Dios mismo: “el progreso ha de ser armónico en lo material y en lo espiritual, sin que el brillo de los focos eléctricos ni los maravillosos descubrimientos modernos, apaguen la luz sobrenatural; sin que el ruido de los trenes, los aviones y los autos, cierren nuestros oídos a la voz de Dios; sin que la fiebre del comercio, ni las preocupaciones sociales, ni el esfuerzo colectivo por ir siempre hacia delante nos alejen del camino que lleva a Dios”. “El progreso material no ha de ser un obstáculo para el verdadero progreso, sino antes bien una escala para remontarse hasta esa colina luminosa donde habita la luz inaccesible de la Divinidad.”.  Si Isaías y los profetas del Primer Testamento decían que los carros y caballos no podían salvar, Miguel Ángel es lúcido para afirmar en su tiempo que no son las carreteras y el ferrocarril y que hay que discernir y saber aprovecharse de estos medios; El Obispo discierne y dice que en el mismo tren de lo bueno puede llegar también lo malo. 

Y vuelven las preguntas, ¿por qué tan lúcido para ver los peligros del progreso y para considerar la disidencia del partido conservador como lo más grave para el país, y por qué en la misma lucidez no percibió los peligros de las armas usadas contra las multitudes y para considerar la injusticia social, la ambición de las multinacionales, la negligencia de la hegemonía conservadora con los más empobrecidos, como un peligro también grave para el país?

Como Amos, ¿sin todos los requisitos de imparcialidad?

Al profeta Amós le tocó bien difícil.  Acordémonos que Israel estaba dividido en dos reinos, los del Norte y los del Sur.  Los del Norte, Israel, eran los “ilegítimos” y los del sur, Judá, con capital en Jerusalén, los que se consideraban en derecho.  Pues Amós, que era del sur, fue llamado por Dios para hablarles a los del norte; por más que la legitimidad estuviera en Judá, Dios pensaba también en Israel y les mandó su profeta.  Además de ser del sur, Amós, como todos los profetas de Israel, era un crítico del culto y de la religión y es por esto que un día, Amasias, sacerdote del norte le salió a Amós, profeta del sur, y lo echó de su tierra: “Vete, vidente, huye a la tierra de Judá, come allí pan y allí profetiza” (Amos 7,12).  Sí, Dios sabía que Amós podía ponerse a favor de Judá y recargarse en contra de Israel y aun así lo eligió.  Amós tenía que hacer un gran esfuerzo para hablar de parte de Dios y no de su parte de los del sur. 

Creo al Fundador, como a Amós, le quedaba también muy difícil ser ecuánime, que tampoco tenía los requisitos de imparcialidad y que el esfuerzo que se tenía que hacer era inmenso si no quería recargarse a favor de unos en contra de otros.  Miguel Ángel, siento decirlo, parece más cerca de Amasias, como éste, también él, era un sacerdote y tenía que defender la institución, la Iglesia.  No es fácil ser profeta cuando hay que defender algo, defender algo nos parcializa y no nos deja ver.  Normalmente los profetas no salen de la institución y de la jerarquía religiosa, los profetas se mueven en el carisma y están en la periferia, nuestro Miguel Ángel era representante de la institución y estaba en el centro del poder religioso ciertamente, y también, lo aceptemos o no, político.  Muy difícil para él, defendiendo la Iglesia y el estado del comunismo, darse cuenta del peligro que representaba para la patria la situación social de los trabajadores de la United Fruit Company y la indiferencia hacia estos del gobierno conservador.

Así pues, en este contexto de difícil imparcialidad, como en el de Amós, fue que actuó nuestro profeta y sacerdote Miguel Ángel.  Esa combinación de profeta y sacerdote siempre es complicada, lo entiendo bien y, por eso, no le quitó nada a su olor de santidad, que errores hasta Jesús los pudo tener (errores es distinto de pecados).  Jesús combina las dos cosas perfectamente, es sacerdote y es profeta, un sacerdote que no tiene su preocupación en la religión sino en los pobres a los que anuncia la Buena Noticia:  la opción por los pobres, no por la institución, es lo que hace posible que el sacerdocio sea profético.  Así hay sacerdotes profetas como Gerardo Valencia, Samuel Ruiz, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga, Bartolomé de las Casas, y hasta el mismo Francisco de hoy y todos los otros que comprendieron y comprenden que el reino de Dios es de los pobres y no propiedad de la Iglesia.   A propósito, casi un paréntesis, celebramos la fiesta de Cristo Sacerdote y no la de Cristo Profeta, ¿será que preferimos el sacerdote al profeta y esto  porque el primero nos deja siempre en la seguridad del templo y el segundo nos expone al riesgo de la calle y de la periferia?

 ¿Le pidió Dios, como a Oseas, casarse con la prostituta,

Oseas, otro profeta, ejercía su ministerio en el reino del norte, en Israel.  Samaría se había prostituido y sus idolatrías se habían multiplicado.  En esas, hay una tal Gomer, que es prostituta, y de ella, como de su pueblo, Oseas, hombre santo, se quejaba ante Dios.  Y Dios, cuando vio al profeta molesto con Gomer, le pidió algo inusitado, y fue que se casara con ella y que la recibiera en su casa (Oseas 1,2).  Como diciéndole a Oseas, y  a todos los que son o se las dan de profetas, que el mal no se quita sino se ama a los “malos”, que lo que cambia el mundo no es la palabra dura y el castigo sino la ternura y el amor incondicional.  Es difícil entender esto, Juan el Bautista, quería ser fuego y ser hacha, y se preguntaba, cuando estaba en la prisión,  si Jesús tan compasivo y manso, era de verdad el mesías que había intuido en el Jordán.  Pues Oseas, para ejercer la profecía tuvo que casarse con la prostituta.  Un profeta que no logre incluir y dar la bienvenida a los que denuncia no tiene todavía una palabra certera del que hace caer la lluvia sobre malos y buenos, y esto vale para Amos, para Juan Bautista, para Miguel Ángel. Oseas se casó con Gomer; Juan tuvo que entender, tal vez cuando estaba en la cárcel de Herodes y mandó emisarios a Jesús,  que no era la dureza sino la misericordia.  ¿Y nuestro profeta, monseñor Miguel Ángel, amó a la prostituta, amó a los dirigentes liberares y comunistas?

Opino que, en su momento, también él recibió orden de Dios de casarse con el partido que veía como enemigo de la Iglesia, o simplemente, de valorar lo bueno de los malos, y eso pudo haber ocurrido en las elecciones de 1966, ya en el Frente Nacional, cuando la historia colombiana logró juntar los dos partidos excluyentes, al menos a esos dos, y los puso juntos, alternándolos en el poder.  Fue entonces cuando el Obispo de Santa Rosa votó y aconsejó votar a sus fieles, quien iba a pensar, por un liberal, Carlos Lleras Restrepo (Diario de enero a marzo de 1966).  Se casó finalmente con la prostituta, con el partido liberal, pero hay dudas sobre esto, y es que en el fondo se trata de un matrimonio arreglado en 1956 por Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, representantes de los dos partidos, en Benidorm, muy lejos de la patria; un matrimonio extraño, donde hubo muchos excluidos y no hubo otros partidos invitados a la fiesta. 

Dios sabe cuántos otros matrimonios, sinceros o arreglados, fue después celebrando nuestro Obispo, después inspirado por los aires del Concilio Vaticano II, por la conferencia de Medellín, por el testimonio de su propio hijo Gerardo Valencia, y sobre todo por su vejez, el olvido y la muerte.  El profeta de verdad va entendiendo, muy despacito, a lo largo de su vida, que la realidad que denuncia sólo la transforman los que la aman y que sólo así, vale la pena ponerse a hablar a nombre de Dios. Si Monseñor Builes llegó a ser profeta, fue sin duda porque en algún momento se tuvo que haber casado.

“Claro que es profeta, es que lo que él dijo se está cumpliendo exactamente en Colombia hoy”

Muchos afirman que Monseñor Miguel Àngel es un profeta y la prueba que dan es que lo que dijo se está cumpliendo en Colombia y se refieren con ello a toda esta desazón que vivimos en Colombia después de los acuerdos de paz, es decir, a la preocupación de darle la palabra a los que tenían las armas, a la propuesta de tierra para todos y no sólo para unos privilegiados, a la transformación de una guerrilla en un partido política,  a la inclusión de los que optan, creen y  aman de manera distinta… para muchos ese es el caos que predijo el Obispo, ese es el abismo al que caímos.  A algunos les da por mirar más allá del puente Simón Bolívar y llegan a decir que ese estado de cosas en Venezuela es exactamente lo que predijo el Obispo y que eso mismo ya viene para Colombia.

No voy a entrar a discutir esos asuntos que nos polarizan y en los que estamos divididos.  Lo que si quiero decir es que un profeta no es un adivino del futuro, uno que predice lo que va a venir.  Un profeta es uno que, por un don de Dios, logra entender el momento que vive, ahondarse en el presente e intuir así lo que podría pensar y decir Dios de esa realidad.  Creo, y aquí puedo molestar, que no es tanto que esté sucediendo lo que predijo monseñor Builes, sino que continuamos viendo a nuestro país con miedo a lo distinto, con ideas fijas, con complejos de infalibilidad.   Tal vez no sea que lo que pasa sea exactamente igual a lo que predijo el Obispo, sino que lo que pasa sigue siendo mirado con sus mismos ojos. 

Conclusión: un santo no lo tiene de todo en su costal y las aureolas nunca son terminadas

Estoy muy seguro que si conociéramos a los santos, a San Francisco Javier o a Santa Teresita o a cualquiera, tal y como fueron en su vida terrena, nos desilusionaríamos mucho.   Y es que, esto de la santidad, con estos procesos de beatificación tan complicados y caros; con estas ceremonias tan llenas de culto a la personalidad del canonizado; con las pruebas y certificados para aceptar un milagro de Dios por la intercesión de su siervo; la santidad digo, se ha vuelto privilegio de unos pocos y no la cosa más común en el pueblo de Dios. 

Un santo no lo tiene todo en el costal, así nosotros, con afán de verlo en los altares, queramos cargarlo con todo. En la iconografía oriental ningún santo tiene la aureola terminada, no se unen los extremos del círculo de luz.  Sólo las personas de la Trinidad tienen aureola completa y llena, sólo Dios lo tiene todo en el costal.  Así, Jerónimo no tenía buen humor; el cura de Ars carecía de habilidades para el latín; Vicente Ferrer estaba en comunión con el antipapa Clemente VII y no con el papa Urbano VI;  Escrivá no siempre ha  gozado de popularidad; A Pedro le fallaron los principios y negó a Jesús; Juan y Santiago eran unos ambiciosos; Juan Pablo II no comprendió la lucha de monseñor Romero y salió sonriendo, con Pinochet, al balcón de la Casa de la Moneda; Cirilo de Alejandría era intrigante y violento.   La aureola de ningún santo está terminada, y tampoco la de nuestro Fundador.  Creo, y no quiero imponer esta opinión, que era un santo obispo, un celoso misionero, un hombre de arranque y confianza, recto de corazón, lleno de oración y caridad pastoral… y, que aun así, no tenía el don de profecía.  Dios lo quería así,  porque lo que nos hace santos es eso, que Dios nos quiere así.  En el cielo nos van a llenar el costal y completarán con los méritos de los otros santos lo que nos quede faltando, Dios nos meterá a todos en su aureola acabada y en esa veremos la nuestra terminada.  Esa dicha será para nuestro Fundador y será para todos nosotros, costal y aureolas sin nada que desear, ¡paciencia!

Presiento que la canonización de Monseñor Miguel Àngel se esta viniendo, y no dudo de su santidad.  Ese día que esperamos pronto, la gente, y en especial nuestros periodistas, van a esculcar en estas historias que mencioné a lo largo de este artículo, y  dirán de sobre y nos cuestionarán mucho.  Me propongo desde ya, si me toca dar razón de la santidad del Fundador,  no hacer apologías y meter el cuadro en el círculo y forzar la realidad.  Con mucho orgullo,  diré que es un santo inmenso, y con mucha humildad, diré también que tenía una visión segada de lo que pasaba en el país; que no tenía condiciones de imparcialidad y que se alineó  en favor de un partido y que no alcanzaba a ver la maldad de los gobernantes si eran de ese partido; que sus palabras, aunque dichas pensando que cumplía un deber sagrado, encendieron hogueras que todavía estamos apagando; que consciente o inconscientemente se unió a la opinión oficial sobre una masacre como las bananeras y que decidió, como toda la aristocracia colombiana, no hablar mucho de ello y que dio un juicio desacertado, para nada profético, demasiado oficial, de las víctimas de aquella tragedia.  Esto que diré, me ayudará aceptar la realidad y expresar mi opinión con paz y sin escrúpulos, que, aunque santo, no tuvo el don de profecía: lo que lo hizo santo no fue lo que hizo él, sino lo que Dios hizo en él valiéndose de su humano y limitado sí y de su buena voluntad.  Y creo que todo esto, así nos falte mucho en el costal, así nuestras aureolas estén incompletas, nos anima a todos a la santidad.  Al santo Obispo le pido el milagro de entenderlo si se siente malentendido por mí.  Yo lo quiero así como es y así quiero a todos mis santos y quiero querer a mis amigos. Y así pido la gracia de quererme yo.

Jairo Alberto, mxy

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