Permítanme que comience esta intervención con palabras de nuestro inolvidable Papa San Juan Pablo II, ya que, a mi modo ver, iluminan este momento de júbilo que vive la Iglesia colombiana y, que de una manera particular debe vivirlo nuestra Conferencia Episcopal.
Decía el Papa: “El mayor homenaje que todas las Iglesias particulares tributarán a Cristo…será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante frutos de fe, esperanza y caridad en hombres y mujeres de tantas lenguas y razas que han seguido a Cristo en las distintas formas de la vocación cristiana… Hagan lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria” (Tertio Millenio Adveniente Nº. 37).
Estas Palabras del Papa, enmarcan bien el gozo de nuestra Iglesia colombiana y de nosotros sus pastores, al poder tributar al Señor los frutos de la fe, la esperanza y el amor de nuestro hermano JESUS EMILIO JARMILLO; esto constituye una motivación y también un llamado, a fin de que su memoria sea estímulo en nuestro propio ministerio pastoral.
Monseñor Jesús Emilio constituye las primicias de nuestra Conferencia Episcopal entre el Coro glorioso de los mártires. Él, tan hermano nuestro en esta Conferencia Episcopal, es el primero de los obispos nacidos en Colombia en escalar la cumbre de la beatificación y del martirio. ¡Qué buen fruto en este año 109 de vida de nuestra Conferencia!
Que este momento sea para nosotros otra de las maneras de agradecer al Dios de los mártires y de los santos por sus grandes beneficios en nuestra vida episcopal y en la vida y martirio de este hermano nuestro. Y que sea igualmente la oportunidad de reafirmarnos en nuestra voluntad de seguir asumiendo, con todas sus exigencias y consecuencias, nuestra vocación al ministerio pastoral, no excluido el sacrificio supremo de nuestra propia vida, si ello fuese necesario.
Les invito a darnos un paseo gozoso con nuestro hermano Monseñor Jesús Emilio por los momentos más decisivos de su vida, como lo fueron los momentos de su vida sacramental.
El Bautismo
Todo comenzó el 16 de febrero de 1916, en torno a la pila bautismal de la población de Santo Domingo en Antioquia; el bebé Jesús Emilio, hijo de Don Alberto Jaramillo y Doña Cecilia Monsalve, tenía solo un día de haber visto la luz de este mundo. Allí estaba con su padre, por supuesto que su madre no, y sus padrinos: don Pedro Giraldo y Doña Gertrudis Jaramillo, abuela paterna, y el ministro del sacramento, su párroco: don Alejandro Correa. Fue llevado para iniciar, ya desde el segundo día de vida, su peregrinar entre los hijos de Dios.
Santo Domingo. Debe su nombre al patrono y fundador de unos de sus primeros evangelizadores; este pueblo está situado en el centro oriente de Antioquia, actualmente a dos horas y media de viaje desde Medellín. En ese entonces perteneciente a la Arquidiócesis de Medellín cuyo Arzobispo era Monseñor Manuel José Caicedo; hoy Santo Domingo pertenece a la Diócesis de Girardota, cuyo obispo es nuestro hermano Guillermo Orozco Montoya. En ese entonces el Presidente de esta Conferencia Episcopal era Monseñor Bernardo Herrera Restrepo.
Se distinguió la población de Santo Domingo por ser cuna de hijos muy ilustres en el campo de la política, de las letras y de numerosos eclesiásticos, lo que le mereció el título, con otros pueblos de Colombia, de: “Ciudad levítica”. Además de Monseñor Jesús Emilio Jaramillo, nació también allí, en casas frente a frente, Monseñor Gerardo Valencia Cano, Obispo que fuera de Buenaventura, el llamado “Obispo de los pobres”. En el campo de las letras, entre los nacidos allí se destacó, como ninguno, Don Tomás Carrasquilla, el calificado con toda justicia, como “El Cervantes colombiano”.
El bautismo, en esa mañana del segundo día de su nacimiento, fue para Monseñor Jaramillo, no sólo el primer momento de su vida de Hijo de Dios, sino también su Pentecostés y el principio de su grandeza. Así se expresaba alguna vez al referirse a momento tan trascendente: “El Espíritu tiene historia para mi Pentecostés, y ese Pentecostés me llegó a mí, niño pequeño y desvalido, en este santo templo: aquí está la pila de mi bautismo, la pila de mi grandeza; San Juan Crisóstomo compara la pila bautismal con la entraña materna… un día bajo mi viejo cura párroco, ese Espíritu me estremeció: era una vocación… En mi pueblo natal me ungieron de Jesús por la primera vez y yo fui saturado en mi miseria, en mi barro y en mi madera, del Oleo Señor, del Oleo Dios (Homilía, primera Misa Pontifical, Santo Domingo, enero 17 de 1971).
Y en otra meditación sobre el acontecimiento trascendental de su bautismo decía: “Una vez nacidos, manchado el cráneo del pecado de origen, fuimos regenerados en las aguas lustrales, fecundadas por las alas del Espíritu Santo como las aguas primigenias. Fue nuestro primer contacto con Jesucristo. Su mano nos quitó la escoria del seno materno que recordaba la de los leprosos; hundió sus dedos, fuentes del ser, en nuestras orejas, para que por ellas, sin obstáculo, pasaran las ráfagas de la nueva vida y los celestes reclamos; nos desató la lengua para ser instrumentos del Verbo y puso en ella la sal de la sabiduría que nos saturó de cielo; ungiéndonos pecho y espalda con el bálsamo vivificador, nos dio su carácter que había de perfeccionar por el sacerdocio; y desde entonces nuestros labios fueron destinados para la cátedra de la verdad y nuestros oídos dispuestos a escuchar el “ite et docete omnes gentes” y nuestras manos para sentir correr, desde el pecho el bálsamo que las consagraría y penetraría de eternas fragancias, hechas cuna del Dios con nosotros” (Homilía, Sept. 1 de 1952, seminario de misiones). Bien vislumbraba en su bautismo los elementos constitutivos no solo de su misión de cristiano, sino también de su misión sacerdotal y episcopal.
Y al mismo respecto escribió también: “Con santa emoción he besado varias veces la pila lustral de mi pueblo…Esta pila, al decir de San Juan Crisóstomo, es la entraña en que fui regenerado del Espíritu y del agua, y ha sobrevivido a mi madre muerta. Pero desde el bautismo se injertaron en las fibras más escondidas de mi ser las hondas necesidades sobrenaturales: desterrar el pecado, desde la médula de la vida; luchar contra las tres concupiscencias; incrementar el consorcio con la divina naturaleza; perseverar en la gracia que vitaliza las raíces de mis operaciones; llegar, por fin, doblado el cabo del dolor, a la visión facial de Dios en el colmado reposo de la eternidad” (He ahí al Hombre, Cap. II). Y los elementos que aquí enumera fueron el meollo de su proyecto de vida.
La Confirmación
Cuando cumplía apenas año y medio de vida, en agosto de 1917 recibió el sacramento de la Confirmación, de manos de su obispo, el Arzobispo de Medellín, Monseñor Manuel José Caicedo, siendo su padrino un piadoso amigo de la familia, don Benjamín Cano, un pariente cercano de Monseñor Gerardo Valencia Cano, el llamado “Obispo de los pobres”.
La Primera comunión
Apenas cumpliendo sus cinco añitos recibió la primera comunión y comenzó a desempeñarse como acólito, distinguido por su particular piedad hacia la Eucaristía, de la que escribiría más tarde: “La Eucaristía prolonga la vida interior de Jesús… La Iglesia es el reino de la santidad porque Cristo, el Santo de Dios, está en ella hasta la consumación de os siglos en la Eucaristía. Por eso, así como sería ininteligible la Iglesia sin santidad, lo sería sin Eucaristía…
Todo en la Eucaristía enseña santidad… Exhibe la hostia una blancura acendrada, símbolo de la simplicidad: Exhibe el santo la blancura de la recta intención y la simplicidad incorruptible de las convicciones. Mientras nos da la hostia en su círculo la idea de la eternidad, el santo hace por realizar en la vida la eternidad de un gran amor” (He ahí al Hombre, Cap. VII).
Camino hacia el Orden sacerdotal.
Por el año de 1928, Jesús Emilio de 12 años, había concluido ya su ciclo de instrucción primaria y por conversación con el padre Juan J. Arroyave, del clero de Santa Rosa de Osos, escuchó hablar del Seminario de Misiones de Yarumal, fundado hacía solo dos años y medio por el joven obispo Miguel Ángel Builes, el llamado posteriormente: “Obispo misionero de Colombia”. El Padre Arroyave fue uno de los primeros sacerdotes diocesanos que ayudaron a Monseñor Builes en la promoción vocacional y la formación de sus misioneros desde el primer momento de la fundación.
Y para iniciar el año lectivo de 1929, segundo del Seminario de misiones, Jesús Emilio de 13 años, siguiendo la invitación del Padre Arroyave y con el propósito firme de ser sacerdote misionero, llegó a las puertas del Seminario de Misiones en Yarumal, que contaba para ese segundo año de existencia con 33 alumnos, provenientes de distintas parroquias del país y entre ellos varios de Santo Domingo.
Desde el comienzo hasta el fin de su vida de seminario Jesús Emilio se destacó por sus virtudes, por su inteligencia, por sus dotes artísticas, por su buena expresión y su oratoria.
En un testimonio de Monseñor Heriberto Correa Yepes, quien fuera su compañero de estudio a lo largo de toda la vida seminario dice: “He mencionado el comportamiento ejemplar y la inteligencia brillante de mi amigo y hermano Jesús Emilio. Los superiores no podían disimular ni ocultar el aprecio que tenían de aquel alumno sobresaliente” (P. Manuel Agudelo, Seré Testigo, p.25).
En los informes sobre el comportamiento del seminarista Jaramillo en Vacaciones, el párroco lo califica como: “ejemplar, circunspecto en sus relaciones, piadoso y colaborador. Algunas veces se desplaza a parroquias vecinas para solemnizar las festividades navideñas con sus buenas aptitudes para el canto y su sentido artístico musical (Id. P. 23).
El año 1934, inicia su seminario mayor que, entre los misioneros de Yarumal comprende tres etapas: A) Ciclo filosófico, B) Noviciado o año de espiritualidad, C) Ciclo teológico.
Es importante destacar los formadores que ejercieron una influencia definitiva en esta etapa de la formación de Jesús Emilio. En 1934 es nombrado Rector el P. Francisco Gallego Pérez, quien será posteriormente Obispo de Barranquilla y de Cali. En 1939 es nombrado Rector el P. Aníbal Muñoz Duque, posteriormente Arzobispo de Bogotá, y tercer Cardenal Colombiano; dos hombres que asumieron y proyectaron en sus formandos la obra y el espíritu misionero de Monseñor Builes, en toda su trascendental dimensión. Estos formadores encontraron en el Seminarista Jaramillo la persona superior que era y lo tuvieron por el mejor entre sus alumnos.
Hay que notar que en ese entonces ser Rector del Seminario de Misiones equivalía a ser el Superior de la comunidad, representante directo del Obispo Fundador.
El padre Francisco Gallego Pérez era un hombre intuitivo, versado en las buenas letras, emprendedor y práctico; fue todo un mecenas, ejemplo y maestro de toda una generación de literatos que proliferó en el Instituto. En el año 1953, al ser nombrado obispo, el padre Jesús Emilio le decía en emocionado discurso de agradecimiento: “Tomad a cualquiera de los misioneros aquí formados: el cerebro inculto se pobló de ideas como un desierto que reverdeciera; la lengua amarrada por la ignorancia se desató en cascadas de divina sapiencia…Quién sino vos nos dio el gusto de los períodos clásicos bebidos en las fontanas frescas y transparentes de los mejores autores latinos y españoles que saben decir las mejores cosas en el mayor equilibrio de las facultades estéticas, de manera que recuerdan la reposada consonancia de los atributos divinos?” (Revista Seminario de Misiones, Nº. 38, 1953).
Al padre Gallego Pérez lo sucedió el Padre Aníbal Muñoz Duque en la rectoría del seminario, quien tuvo una profunda influencia en la formación del seminarista Jesús Emilio; baste con tener en cuenta que fue su orientador espiritual a lo largo de la formación. Estos dos hombres fueron de una alma e inteligencia excepcionales, que asumieron la fundación misionera de Monseñor Builes en toda su dimensión: “con paciencia, con abnegación, con hondo espíritu sobrenatural, el padre Aníbal toma las almas de los seminaristas, cada alma, como si fuera el solo campo y objetivo de su misión y realiza en ella con pasmoso éxito la obra de San Pablo: formar a Cristo” (ibídem). El Padre Aníbal Muñoz Duque, a poco tiempo de retirarse de la rectoría del seminario, en 1950, fue promovido al episcopado; en un primer momento, de Socorro y San Gil, luego de Bucaramanga y finalmente arzobispo de Nueva Pamplona, de Bogotá y tercer Cardenal colombiano.
Esta fue la influencia que recibió y asimiló en su formación y la que le brindó las bases para su proyecto de vida y de misión. Su proyecto de vida no fue otro que el de Jesucristo y que lo demostró con su vida y su muerte y que tenía bien plasmado en su llamado “Itinerario Espiritual”: “En mi vida personal, decía ya el ocaso de su vida, Cristo ha sido mi única opción. El ha sido mi única actitud. Mis grandes decisiones se han tomado por Él, Él es mi esperanza. Lo fundamental en mi vida es Cristo, lo otro es accidental: trabajar aquí o allá, con estas o aquellas personas, en este puesto de categoría inferior o superior, según el criterio humano. Lo importante, lo definitivo, lo absorbente es él. He aprendido por mi intensa experiencia interior que ser cristiano no es un estado que se realiza en un instante, es una tensión de toda la vida. Nunca se estará satisfecho de ser lo que se es. Ser cristiano es llevar en el alma una sed insaciable de superación. Solo seré el cristiano que ambiciono cuando termine mi peregrinaje y cuando pueda ver a mi Dios y a su Hijo como son. Entonces ya quedaré radicado por eternidades” (Itinerario Espiritual manuscrito, Archivo Diócesis Arauca). Buen paralelismo con el lema episcopal de su formador Muñoz duque que era: “Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre”.
Entre los años 1937 y 1940 cursó los estudios teológicos. Ahora no era sólo la filosofía escolástica y las disquisiciones de Santo Tomás y Aristóteles, ahora era la insondable profundidad de los Santos Padres, la teología de San Pablo y de los más destacados intérpretes del contenido salvífico del Evangelio. Su aplicación al estudio, las reflexiones y ensayos sobre los asuntos profundos de la teología, sus exposiciones académicas en acontecimientos importantes del Seminario, lo hicieron destacarse como orador y expositor. Era para sus profesores y condiscípulos el más destacado, pero modesto, servicial y amigo de todos.
Vale el que nos detengamos aquí en los elementos de una carta suya de esta época mediante la cual solicitaba ser admitido como miembro del Instituto, escribía: “En presencia de la Beatísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo declaro que, habiendo comprendido, en cuanto mi miseria ha sido capaz, el amor infinito de Dios para conmigo, deseo pagárselo del modo más perfecto. Y, como la manera más perfecta consiste en mi mayor santidad; y estando ésta en mi mayor semejanza con Cristo y siendo el estado religioso sacerdotal misionero el que más me asemejará al Verbo hecho carne, deseo abrazar la comunidad de San Francisco Javier y María Inmaculada, para publicar las maravillas de Dios. Por tanto, quiero cumplir fielmente, confiado en las tres divinas personas que inspiran mi deseo, las promesas de esta Pía Unión. Declaro ser mi determinación firme, estudiada a las luces de la fe y de la razón” … (Archivo del Instituto de Misiones).
Y en el año 1940, la carta al Fundador para solicitar su ordenación sacerdotal es otra manifestación de su pensamiento teológico y de su vivencia ascética y espiritual: “En presencia de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, declaro: Pido humildemente a Su excelencia, se digne concederme la Sagrada Orden del Presbiterado. Conozco la enorme responsabilidad que cargará sobre mis hombros, pero espero en la gracia de Dios. No tengo otro móvil para hacer tal petición sino un deseo ardiente, como de volcán, de dilatar la gloria de mi Santísima Trinidad. Ella ve lo sincero de mis pensamientos. Ella los inspira” (Ibidem).
En la mañana luminosa del 1º de septiembre de 1940, la imposición de las manos patriarcales de Monseñor Miguel Ángel Builes transformaba al Diácono Jesús Emilio en Sacerdote, al escogido en enviado. Había sido momento largamente esperado y codiciado. Esto ocurría en la humilde capilla del Seminario de Misiones, pero en majestuosa celebración pontifical, con su compañero el P. Francisco Javier Gil y en presencia de su muy pequeña familia, conformada por sus padres y su única hermana María Rosa.
Así describió el mismo Padre Jaramillo ese trascendental acontecimiento: “Todavía sonríe la Inmaculada, mientras recoge en el pecho el manto azul, inclinada la cabeza para ver surgir del polvo, como la visión de los huesos de Ezequiel, a los hombres nuevos, creados en justicia y santidad; destellan aún en el ambiente los reflejos de Pentecostés por la presencia invisible del Espíritu Santo; flota en el aire la fragancia de los óleos derramados, y se percibe el rumor de las alas de los ángeles al enjugar calladas lágrimas sobre surcadas mejillas maternales” (tomado de sus escritos, 1952).
Su primera Misa fue en su pueblo natal el 8 de septiembre, con predicación del P. Juan J. Arroyave, su promotor vocacional y formador durante todo el tiempo de seminario, pletórico de gozo al ver realizada su previsión de 12 años atrás.
Su ministerio sacerdotal
Después de unas semanas pasadas con su familia, fue enviado por sus superiores, en condición de vicario parroquial, a la primera experiencia del ministerio sacerdotal misionero en Sabanalarga, diócesis de Barranquilla, parroquia encomendada entonces a los Misioneros de Yarumal, en donde era párroco su amigo y compañero desde los primeros años de seminario, padre Heriberto correa Yepes. Tanto este párroco como su vicario fueron, en un futuro no tan lejano, superiores generales de su Instituto y obispos. Allí permaneció tan solo 4 meses porque estaba ya designado para hacer su especialización y doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma; pero que, por la coyuntura de la segunda guerra mundial, debió hacerlo aquí en Bogotá en la Universidad Javeriana, durante el trienio 1942 – 1944.
Vale el destacar el espíritu con el que comenzó su primera experiencia del ministerio sacerdotal en Sabanalarga, trayendo este aparte de esta carta a su Superior, el Padre Aníbal Muñoz Duque. Le decía: … “Creo que ahora es más capaz mi espíritu de apreciar la grandeza de mi vocación misionera; me siento tan Cristo. Siento en mis entrañas cómo nace en ellas el amor enorme a mis ovejas. Por fin mi óleo amasará los trigos de Dios… La brega de las almas va modelando en uno las facciones de un hombre consciente de grandes responsabilidades… La gracia que Dios da para llevar con fruto la enorme grandeza que se oculta en el alma de un ungido”, (Cartas al P. Rector, Sept. 19, 1940).
Al cumplir todos los requerimientos universitarios en la Javeriana, período que también intercaló con una extraordinaria pastoral como capellán de la Cárcel del Buen Pastor, y ya redactada su tesis doctoral, fue designado por sus superiores para volver al seminario de Yarumal a desempeñar las cátedras de Dogma, Sagrada Escritura y leguas bíblicas. A partir de entonces permaneció durante 22 años en diversos cargos en su Instituto, como Rector, Maestro de Novicios, y Superior General.
En su tiempo de catedrático era calificado por sus alumnos como “Profesor estrella, por la claridad de su pensamiento, por la profundidad de su reflexión y por el convencimiento de sus fundamentos sacerdotales (Cfr. P. Manuel Agudelo, Seré Testigo, p. 78).
En 1956, después de su fecunda labor en el campo de la formación, vuelve a la pastoral; y esto porque Monseñor Gerardo Valencia, Vicario apostólico de Buenaventura, sin dejar este cargo, es nombrado desde Roma, Superior General del Instituto. Entonces el Padre Jesús Emilio, en condición de Provicario asume el gobierno del Vicariato durante dos años; cargo y dignidad que desempeñó con plena responsabilidad, consagrado de lleno a sus gentes del litoral. En esa circunstancia escribía a Monseñor Valencia, su superior: “Aquí quiero hacer la santa voluntad de mi Dios, por todo el tiempo que él lo quiera… Le suplico, Excelentísimo Señor, mandarme como al último de sus hijos, orientarme por los caminos del apostolado, y fecundar mis labores con sus ruegos (J.E.J., hoja de vida, archivos IMEY).
Superior General de los Misioneros de Yarumal 1959 -1966
En junio de 1959 es elegido canónicamente para ser el Superior General de los Misioneros de Yarumal. Se está en una época de particular trascendencia, tanto al interior del Instituto como en la vida de la Iglesia. En el Instituto se está en la mayoría de edad: 32 años de vida, con cuatro jurisdicciones misionales a su cargo y despegados ya de las manos de sus ayos, los supriores y formadores del clero diocesano. En la Iglesia es la época del Papa San Juan XXIII; del pre concilio, del concilio y pos concilio.
En 1962 Monseñor Builes lo invita para que lo acompañe en su Viaje a Roma para su participación en el Concilio Vaticano II y para tratar asuntos importantes para el Instituto en la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de la cual depende directamente el Instituto. Fue un momento de ampliación de horizontes para los Misioneros de Yarumal: Muchas peticiones de misioneros para Bolivia, Venezuela, Guatemala… y el mismo Dicasterio para las misiones ahora pide que se prepare un equipo misionero para el África y concretamente para El Congo, “Sabiendo que esto tiene sus riesgos”, le dijo el Cardenal Segismondi.
Al transmitir ese acontecimiento al Instituto, Monseñor Jaramillo expreso una de sus intuiciones sobre martirio para él y para el Instituto. Entonces escribía: “Las palabras del Cardenal me punzaban más y más, recordé los trágicos sucesos de sangre de 1962, las torturas de los misioneros belgas… la estampa del Beato Carlos Lwanga rodeado de llamas, sin embargo, mi Instituto, por mis labios, ratificó su Sí; como los hijos de Zebedeo, dijimos: podemos beber ese cáliz, con la gracia del Señor. Abrazamos arrodillados cuanto implique este Sí, inclusive la muerte… ¿No nos regalará Dios algún día la gloria de un museo de mártires? ¿No habrá entre nosotros quien, como San Ignacio de Antioquía desee ser molido como trigo de Dios por las muelas de los leones”? (J.E.J. escritos inéditos Archivo IMEY).
Al servicio de la Conferencia Episcopal.
En el año 1967, concluida ya su misión como Superior General de su Instituto, el Padre Jaramillo fue solicitado para un servicio en esta Conferencia Episcopal como director del Secretariado para la Pastoral de Laicos por un período de 3 años. Se dedicó a este servicio con todo su empeño, como siempre solía hacerlo. El resultado bien puede deducirse de este aparte de una carta del entonces Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal al Superior General de los Misioneros de Yarumal: “Los más sinceros agradecimientos por haberme concedido que el padre Jesús Emilio Jaramillo hubiera podido atender la dirección del Subsecretariado. La preparación intelectual del Padre Jaramillo, sus virtudes sacerdotales, su adhesión a la Jerarquía además de su consagración al trabajo constituyen la base sólida de todo el trabajo realizado. Arzobispo Aníbal Muñoz Duque, Presidente de la Conferencia Episcopal” (J.E.J., Hoja de vida, IMEY).
Ministerio Episcopal
Después de la muerte de Monseñor Luis Eduardo García, Prefecto Apostólico de Arauca, el Papa Pablo VI por Bula del 11 de noviembre de 1970, elevaba esa jurisdicción a la categoría de Vicariato y nombraba como primer Vicario al Padre Jesús Emilio Jaramillo. Y el 10 de enero de 1971 fue ordenado en Medellín por el Señor Nuncio Apostólico, Monseñor Angelo Palma, acompañado por: Monseñor Aníbal Muñoz Duque, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Joaquín García Ordóñez, entonces Administrador Apostólico de Santa Rosa, Gustavo Posada Peláez Obispo de Istmina, Gerardo Valencia Cano Vicario Apostólico de Buenaventura y un nutrido grupo de Misioneros de Yarumal. Fue muy significativo el mensaje de la alocución de Monseñor Jesús Emilio para concluir la celebración. Decía entre otras cosas: “Sé que el episcopado es un llamamiento divino, el último quizás, impetuoso e irresistible a mi conversión, la cual transformará, como lo espero, hasta los yacimientos de mi inconsciente para crear el hombre de Dios que he suspirado ser, sin alcanzarlo, desde el estreno de mi mocedad ya lejana… En el báculo veo un retoño de la cruz y un signo escatológico para caminar delante de los fieles hasta golpear con su extremidad las puertas del corazón de Dios cuando la noche definitiva cierre los caminos del peregrinar” (J.E.J., locución, Archivo IMEY).
11 días después, el 21 de enero tomó posesión del pastoreo que desempeñaría durante 19 años, 9 meses y dos días, hasta la fecha de su martirio. La iluminada conciencia sobre su misión y su generosa entrega a la misma, bien pueden colegirse de algunos apartes de su Homilía en la misa de posesión. Decía: “Es verdad que como obispo no puedo ser indiferente a vuestra suerte terrena; problemas de vivienda, educación, pan y afecto. Sé que la Encarnación asumió la naturaleza humana sin desvirtuarla. Pero no quiero que se me identifique como líder político o social. Como Pedro y Juan yo no tengo más riqueza que el nombre del Señor Jesús, quiero poseeros en la misma medida en que me deje poseer de vosotros…. En mi misa diré siempre: Tomad y comed: esto es mi cuerpo. Que será entregado por vosotros”; Expresión esta última que resultó profética y bien cumplida en su martirio. Y en otra ocasión, refiriéndose a la vida y ministerio del Obispo había dicho: “Esta entrega de la vida es el secreto del triunfo del episcopado a través de la historia universal. Hay que esperarlo todo de hombres que están resueltos a morir, ya que los obispos, como dice el gran Hilario, no pueden temer sino tres cosas: los peligros de la Iglesia, el crimen del silencio y el juicio de Dios. Que los maten, pero sus huesos se convertirán en antorchas inextinguibles de la verdad religiosa y sus cabezas al caer tronchadas minaran los tronos en que dominan los bárbaros” (Homilía 1 de agosto de 1949, archivo IMEY).
El 19 de julio de 1984, la Santa Sede, dado el progreso en la evangelización en el Vicariato, decidió elevarlo a la condición de Iglesia Diocesana y nombró a Monseñor Jesús Emilio como su primer Obispo Residencial. La comunidad cristiana recibió el acontecimiento con gran alegría y se preparó con gran entusiasmo para celebrar tal acontecimiento.
El 21 de septiembre de ese mismo año en imponente celebración, fue inaugurada la nueva diócesis y posesionado su primer obispo diocesano, con la presencia del Señor Nuncio Apostólico, del Cardenal Aníbal Muñoz Duque, y nutrido grupo de arzobispos, obispos, clero y fieles. Su homilía en esa oportunidad, que tituló “Yo creo en la Iglesia” fue otra de sus piezas maravillosas que lo muestran como el pastor, el teólogo y el místico y que ayudan mucho a comprender su identidad espiritual; concluía diciendo: “Como primer Obispo Residencial recibo la Diócesis de Arauca, con plena libertad, como mi esposa simbolizada en el anillo adornado con la inmaculada, en cuya entraña de alabastro se celebraron las nupcias del Verbo y de la carne. Al consagrar el pan, haré este acto de fe: Este pan es el cuerpo de Cristo. Esta diócesis es al mismo tiempo, mi cuerpo que se entrega por la salvación de muchos. La misa ha llegado a su apoteosis. El Presbiterio de Arauca, llevando la Hostia entre sus manos, seguirá anunciando de cara los luceros, la muerte del Señor hasta que vuelva” (Archivo Diócesis de Arauca, citado por Manuel Agudelo en Seré Testigo, p. 154).
Sería prolijo describir las innumerables situaciones sociales, políticas y culturales que se fueron presentando y que crearon serias dificultades a la labor evangelizadora y la grandeza humana, espiritual y pastoral con las que Monseñor Jaramillo supo afrontarlas. Bástenos ahora solamente mencionar que condujo siempre la Diócesis dentro de un plan de pastoral muy estudiado y participativo que ofreció lineamientos básicos para muchos años dentro de tan variadas y difíciles circunstancias.
Sin duda alguna que su pastoral por la paz y la vida, ocupó un lugar preponderante en su vida, de manera particular en los últimos años, su pueblo era víctima de la más absurda violencia; y él supo responder con profetismo valiente a la interpelación de su Dios y de su grey. Por eso estaba en todas partes, en todas las veredas, en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia, sabiendo muy bien lo que pudiera sucederle. Su pastoreo fue muy valiente al mismo tiempo que humilde y silencioso, fruto de su fe sencilla y de su espiritualidad profunda. Bien se hizo acreedor al título que después de su muerte le han dado: Mártir de la paz.
Bien puede afirmarse que su misión episcopal estuvo siempre enmarcada en su amor a la Santísima Trinidad, a la persona adorable de nuestro Señor Jesucristo, en su entrañable amor a la Inmaculada Madre de Dios y en su entrañable amor a la Iglesia, en la cual él es testigo y maestro.
Supo callar cuando lo consideró oportuno. Supo hablar y denunciar con valentía, muy acorde con lo de San Gregorio Magno a quien solía citar con mucha frecuencia: “El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar, porque así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados. Porque con frecuencia acontece que hay algunos prelados poco prudentes, que no se atreven a hablar con libertad por miedo de perder la estima de sus súbditos” (Regla pastoral de San Gregorio Magno).
Antecedentes inmediatos a su Bautismo final
A – Su sentencia de muerte
Por testimonio dado ante el poder judicial y que reposa en el Archivo de la Diócesis de Arauca: “se conoció que, en vista del liderazgo y la buena imagen alcanzada por Monseñor Jaramillo Monsalve, tras las obras efectuadas en el área de la Intendencia, más concretamente en el sector del oleoducto Caño Limón-Coveñas, se viene relegando al E.L.N., frente Domingo Laín Sanz, operante en esa jurisdicción. Por lo cual optaron por montar una campaña de difamación en contra del alto prelado, responsabilizándolo, infundadamente, de mal manejo de dineros donados por la compañía Manessman, dineros estos que nunca tuvieron su manejo directo; debido a lo anterior determinaron el ajusticiamiento del Obispo Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, apoyados en los siguientes motivos: Monseñor Jaramillo hacía parte del sector más reaccionario de la jerarquía eclesiástica colombiana… defensor, apoyador e impulsador de los programas del Estado y su acción contra los grupos alzados en armas… Armel Augusto Robles, señalado como guerrillero le comunicó que cambiara de actitud, por los sermones hostiles al proceso revolucionario y malos gastos de fondos, causa de su ejecución… El juicio en el que se condenó a muerte a Monseñor Jaramillo ocurrió hace ya como seis meses… por delitos contra la revolución… Y Acordaron hacerla efectiva en el sector rural, aprovechando sus desplazamientos en misiones pastorales… Monseñor debía estar informado de las amenazas en contra de su persona, pero nuca quiso confiarlo a nadie y continuaba su obra pastoral permanente”.
No obstante, todo lo anterior, en cumplimiento de su deber de Pastor de ese Pueblo de Dios, programó e inició, con el entusiasmo pastoral que lo caracterizaba, la que fue su última visita pastoral, no concluida.
B – El Acta de su martirio
El sábado 30 de septiembre, de 1989, hacia la una de la tarde, Monseñor salió de Arauca, en transporte público, acompañado del padre Helmer Muñoz, hacia La Esmeralda para pernoctar allí, en la primera etapa de su visita pastoral.
El domingo primero de octubre, a las siete de la mañana, partió hacia Fortul, en el vehículo de la parroquia con el propósito de visitar no solo el centro parroquial sino también las veredas. Presidió la Santa Misa en la cual administró el sacramento de la Confirmación y primeras comuniones. Terminada esta celebración administró también el Bautismo. En la tarde, en una alegre reunión hizo la consagración de niños de la Infancia Misionera, apostolado que estaba muy en su corazón. Esa noche pernoctaron allí, en donde también se unió a ellos el equipo completo que continuaría con él la Visita Pastoral: El párroco de Puerto Rondón, el Párroco de Fortul, un seminarista y una laica, seis personas en total.
En Fortul, cuatro años antes había sido asesinado el Párroco, Padre Raúl Cuervo. Allí en esa ocasión el Obispo había denunciado con valentía y profetismo ese hecho lamentable y decía entre otras muchas cosas: “El Sarare está lleno de sangre, no hay lugar que no esté de luto. Sólo hacía falta la sangre de un sacerdote para que la copa se llenara. Pero si hace falta más sangre, aquí está mi clero con su obispo a la cabeza”, (Homilía. Octubre 22 de 1985) Y en esta parroquia fue el lugar de su martirio.
El lunes 2 partieron todos hacia la vereda de Puerto Nidia, a hora y media de viaje. Allí celebraron la Santa misa a eso de las once y media con bautismos, confirmaciones y varios matrimonios, lo cual terminó a eso de las dos de la tarde. Después de almorzar, el grupo se vino de retorno hacia Fortul comentando con alegría los acontecimientos.
A eso de las tres y treinta de la tarde, poco después de cruzar el puente de madera sobre el caño llamado Caranal, tres hombres armados los interceptaron, dos relativamente jóvenes y el otro de mayor edad, portaban armas largas y además pistola y machete, uno de ellos con un cuchillo grande y todos con muchas balas en sus cintos. Hicieron detener el carro en donde iban las seis personas del equipo pastoral.
¿Quién es Jesús Emilio Jaramillo? Preguntaron.
Yo soy, a sus órdenes dijo Monseñor.
Señor, apague el carro y que se bajen todos. Dijo uno de ellos.
¿Quién sabe conducir?
Los padres Rúbin y Helmer respondieron que ellos podían hacerlo.
Usted queda secuestrado. Dijeron a Monseñor.
¿Él es el Obispo, para qué lo necesitan? Dijeron los sacerdotes.
Pertenecemos al Ejército de Liberación Nacional y necesitamos a Jesús Emilio Jaramillo; él tiene mucha influencia y necesitamos que lleve un comunicado que tenemos preparado para el Gobierno, para el señor Intendente.
Monseñor es una persona buena que no le hace mal a nadie, no se lo lleven. Dijo el padre Helmer.
El padre Rúbin quiso irse con ellos, pero el P. Helmer dijo que se iba con Monseñor y que no lo dejaría solo; y lo hicieron subir al carro para conducir.
A Monseñor lo hicieron subir al asiento trasero en medio de dos guerrilleros, el otro se subió al lado del conductor.
Ustedes se quedan aquí, dijeron a os demás, por aquí pasan muchos carros; digan que nosotros los secuestramos a ellos y que en dos horas regresamos.
Tomaron la ruta que conduce a Palmarito. Viendo que estaba escasa la gasolina, delante de Palmarito compraron una pimpina de gasolina y tanquearon el vehículo.
Por el camino los que conocían a Monseñor y a los padres trataban de saludarlos, pero al ver a los guerrilleros armados volvían la cabeza fingiendo no conocerlos.
¿Ustedes creen en Dios? Preguntó en algún momento el P. Helmer.
Mi dios es esto que tengo en mis manos; respondió uno, indicando el fusil.
Y dijo Monseñor: Nosotros queremos es el bien de todos; las armas no son la solución de los problemas, pero sí puedo servir de mediador y lo hago porque es mi deber. ¿Por qué no hablamos?
Somos mandados por los jefes y con ellos deberá hablar, dijeron los guerrilleros. Ya iba oscureciendo.
¿Cómo sabían que nosotros estábamos por aquí? Preguntó Monseñor.
Nosotros tenemos quién nos informe. Contestó el guerrillero más viejo.
Poco después de pasar la vereda de Santa Isabel dieron orden de apagar el carro y de bajar.
Monseñor bajó del carro y les dijo: “Yo soy un anciano, yo ya estoy en las manos de Dios; no le vayan a hacer nada a él, refiriéndose al P. Helmer.
Dos de ellos se retiraron un poco para hablar a solas, mientras el otro montaba guardia. Momento que aprovecharon Monseñor y el P. Helmer para una oración y absolverse mutuamente.
Ordenaron al P. Helmer que se regresara en el carro por donde había venido. Y ante un rechazo del P. Helmer para cumplir tal orden Monseñor le dijo: “Por obediencia vayase para que no compliquemos las cosas, pongámonos en la presencia de Dios y que se haga su voluntad.
Los guerrilleros dijeron al P. Helmer váyase a La Esmeralda y vuelva mañana a las ocho a recogerlo que a él no le va a pasar nada.
Al regresar al día siguiente encontró su cadáver al lado derecho de la carretera, con sus brazos en cruz, bocarriba, totalmente desfigurado, las manos destrozadas, vio también las vainillas de las balas que habían sido disparadas. Quiso levantarlo, pero recordó que era necesario un levantamiento legal. Con el poncho que llevaba puesto le cubrió la cara desfigurada por completo. Eran las ocho de la mañana del tres de octubre. Con los integrantes de la Junta comunal de la vereda Caranal se hizo el levantamiento y se elaboró el Acta que después fue entregada al Intendente Nacional. Al mover el cadáver su masa encefálica se regó por tierra y fue sepultada allí mismo, ya que su cráneo había sido explotado por las balas. Fue conducido a La Esmeralda para hacer el levantamiento oficial del cadáver y prepararlo. De la Esmeralda fue llevado a la ciudad de Arauca en donde los Médicos Legistas procedieron a la correspondiente Necropsia.
Se sabe bien de la brutal tortura de que fue objeto, no solo por las señales en su cuerpo sino también por testimonio de un vecino, quien dice que, desde su casa a unos cincuenta metros del lugar de los hechos, a eso de las siete de la noche escuchó los quejidos de un hombre, posteriormente un disparo y después otros más.
Es un signo.
Con gran gozo escuché a Monseñor Ricardo que decía a sus fieles para Celebrar el Domingo de las Misiones y homenaje a Nuestro Mártir: El es un signo para el episcopado y para la Iglesia Colombiana. Me permito retomar esas palabras para concluir. Es un Gran signo. Ahora nos queda a todos y particularmente como Conferencia Episcopal, interpretar y hacer conocer este signo. Una manera podría ser recogiendo y presentando a la Iglesia y al pueblo las obras completas del primer fruto de este Episcopado Colombiano en el Coro Glorioso de los Mártires.
+Monseñor Edgar Hernando Tirado Mazo, mxy
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