Discurso del Beato Jesús Emilio Jaramillo

Beato Jesús Emilio Jaramillo en compañia del padre Abraham Builes mxy

En las Bodas de Oro del Seminario de Misiones de Yarumal
3 de julio de 1977

Este discurso hace cincuenta años hubiera desencadenado, creemos, una tromba apostólica. Casi toda Colombia acentuaba entonces estas tesis: “Cristo es Dios y Hombre verdadero. El hombre vale la sangre del Verbo humanado”. La gracia es la esencia divina participada. El pecado es la única potencia aviesa que puede arrancar de un alma las raíces divinas. Vale la pena sacrificar el universo y la propia vida como un incienso ardido en brasero ardiente por salvar a un hombre.

La Iglesia Católica es el instrumento imprescindible de la salvación. Hace cincuenta años la imagen descomunal de San Pablo, obsesionado de Jesucristo con dinámicas cósmicas, señalaba caminos interminables al celo apostólico; se veía como una consecuencia lógica aunque inimitable el volcán de amor de San Francisco Javier. Y su ojo agonizante en Shangchuan era un sol que apenas se escondía entre nubes mientras iluminaba a otros mundos. Hace cincuenta años la aventura misional de Miguel Ángel Builes de fundar el primer seminario de misiones de la América latina se explicaba antes que como una improvisada locura juvenil, como un reto audaz a la esperanza

Y así como basta una explosión para aniquilar las columnas gélidas de un templo de estalagmitas, el grito de este hombre colosal liquidó los yertos muros de lo imposible. Y el pueblo conmovido se apresuró a colaborar, hora con el afluir inagotable de limosnas que brotaban milagrosamente hasta de las manos de las leprosas o bien con el místico sol de incontables rosarios.

Y el Instituto de Misiones se iba irguiendo sobre la Montaña de Contento como un exvoto de la piedad misionera de un pueblo; como el hito más alto de su celo; como una arquitectura inverosímil y mística que se elevaba sobre paveses de corazones piadosos.

Pasaron cincuenta años. La ciencia como una potencia demiúrgica transformó casi del todo la naturaleza. Cayeron muchos ídolos.  Murieron las ideologías. El ácido corrosivo del análisis crítico liquidó muchos contenidos religiosos. Como dice Hans Urs Von Balthasar, “pasamos de la edad cosmológica en que la naturaleza nos fascinaba por su fuerza y belleza proteica, a la época antropológica en que el hombre surge como el canon supremo de todos los valores y la máxima motivación de todas las aventuras”.

Las hazañas misioneras fueron sustituidas por las de los etnólogos y antropólogos. Y el indígena ya no fue visto con el ojo de la fe, como hermano del Dios crucificado, sino como la última eclosión de la evolución. En los finales de la animalidad bruta y en los umbrales tímidos del Homo sapiens. En la Iglesia misma padecemos, a juicio del Cardenal Journet, la más espantosa y universal crisis de la historia. La libertad religiosa mal comprendida. Al par que un ecumenismo precipitado e imprudente relataron las motivaciones de la vocación misionera, que para la mayoría es una audacia anónima supérstite de una edad obsoleta y que a muy pocos convence.

Así hemos llegado silenciosamente y casi solitarios a los cincuenta años de existencia del Instituto de Misiones extranjeras de Yarumal. Estas bodas nada dicen a la mayoría de los colombianos. Otra cosa sería si fuéramos una sociedad anónima productiva o un grupo de antropólogos empeñados en la superación de los indígenas y marginados o integrantes de los cuerpos de paz, o siquiera un club amantes del deporte.

Sin embargo, sin triunfalismos, sin aspavientos publicitarios, sin super valorarnos, reconociendo la humildad de lo que somos ni la susurrada fuente de donde brotamos, queremos manifestar ahora nuestra identidad, y descubrir audaz e ingenuamente, nuestras pretensiones.

Nuestra identidad.

¿Qué somos? Un pequeño grupo de bautizados, una liliputiense semilla de mostaza, una inquieta levadura. Creemos, eso sí, con pasión; que Jesucristo es Dios y hombre verdadero, nacido de la Virgen Santa María, muerto y resucitado, primogénito de la creación, arquetipo del hombre nuevo, meta suprema de nuestros esfuerzos y de nuestra aventura solitaria; Él es el único Salvador. Sin Él los hombres estarían aún en su pecado, marginados de la gracia, sin esperanzas trascendentes.

Por la santa humanidad de Él, creemos en el hombre, en todos los climas, geografías y avatares de su historia; y estamos convencidos de que vale la pena, todavía hoy, dar la vida por el más abyecto de los habitantes de este planeta desolado por la expectativa de una explosión nuclear.

Reconocemos que sólo Dios es salvador, y que su gracia no está amarrada a los sacramentos o a las estructuras de la Iglesia visible; pero sabemos que la salvación es una historia pensada en la eternidad, en la mente divina, realizada en el tiempo por la sangre de Jesús y prolongada por el esfuerzo comunitario de los hombres que se llaman la iglesia, y queremos, por tanto, ser instrumentos de esta historia. Esta es la razón perenne de nuestro misionerismo.

Creemos en la Iglesia Católica, sociedad humana y mistérica, tiempo abierto al más allá y eternidad vislumbrada y comenzada ya en el acontecer cotidiano; sin desfigurar nuestro ser humano, antes bien a cendrándolo en filtros de heroicidad y de grandeza, deseamos que nuestra mortalidad sea sugerencia de nuestra inmortalidad signo escatológico en los que participan de nuestra esperanza y argumento de la santidad de la Iglesia.

Nos comprometemos a vivir el carisma de nuestro fundador, buscado con sencillez evangélica, sin alambicamientos mentales ni conceptos que puedan distorsionarlo en un sentido horizontalita o de simple liberación terrena, lo buscaremos por la fe en el Cristo de los evangelios, eterno agonizante de los caminos humanos, paradigma del hombre nuevo y gemiremos inconsolables como Pablo hasta que Cristo sea, como dice Fray Luis de León, el parto común de todas las cosas. Para lograrlo cultivaremos la oración, hasta los más altos grados de la mística a sabiendas de que ella es la palanca de las esferas sobrenaturales. Esto, al menos, queremos ser.

Y ahora nuestras exigencias.

Sobre estas bases nos atrevemos a descubrir nuestras exigencias a los que hayan recibido el don de la fe que es la respuesta a la palabra de Dios que nos habla en Jesucristo.  Sabemos desde luego, que es limitada nuestra audiencia; otra cosa sería si hiciéramos una campaña política o convidáramos a una aventura de promoción terrena del hombre americano, hablamos únicamente al pequeño resto de Israel. A los que aún crean en la eficacia del Evangelio y quieran asumir con heroísmo el verdadero compromiso bautismal. Les pedimos, por las entrañas de Jesús, que nos apoyen, nuestra hazaña invisible de fe, para que la promoción sobrenatural del hombre se realice en todas las latitudes, para que nuestro labio no se canse de pregonar al Verbo de Dios, ni se cansen nuestras manos de derramar la sangre creadora de la redención.

Los Obispos.

Nos dirigimos primeramente a vosotros, obispos colombianos, padres de la fe, columnas de nuestra iglesia universal, mentalizadores convencidos en el Vaticano II del deber misional de todas las diócesis. Sabemos vuestro deseo de confirmar con la vida, la doctrina con que nos aleccionasteis al grabar vuestras conciencias a la faz del mundo con la obligación de ayudar a las misiones como esencial función del episcopado. Escribisteis así, en Christus Dominus 6: “Los obispos como legítimos sucesores de los apóstoles y miembros del colegio episcopal reconózcanse siempre unidos entre sí y están solícitos por todos las iglesias porque por institución de Dios y exigencia del ministerio apostólico, cada uno debe ser fiador de la iglesia, juntamente con los demás obispos, sientan sobre todo, interés por las regiones del mundo en que todavía no se ha anunciado la Palabra de Dios y aquellas, que por el escaso número de sacerdotes están en peligro los fieles de apartarse de los mandamientos de la vida cristiana e incluso de perder la fe”. Estamos seguros de que hablabais con sinceridad; estamos seguros de que esos documentos serían capaces de llevar ahora mismo, a la fundación de un seminario de misiones, si no existiera. Por eso os suplicamos: creer en nosotros, prohijarnos, aceptarnos como la herramienta de vuestro servicio universal, burilada por los soles de cincuenta años de lágrimas y esperanzas, no nos consideréis como un parásito, os pertenecemos, nacimos del corazón inmenso de uno de vosotros y hemos reverdecido bajo vuestra sombra; como las abejas llevan a regiones lejanas las semillas de los bosques para exóticas fecundaciones, nosotros nos comprometemos a llevar hasta los confines de la tierra los gérmenes de vuestra paternidad universal.

Sacerdotes seculares y religiosos ayudadnos.

Heredáis por el sacerdocio la misma obligación ecuménica del episcopado. El Vaticano II os amonesta a que si es el caso vayáis personalmente a misiones en tierras lejanas. La Presbiterorun Ordinis os dice: “el don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone para cierta misión limitada y restringida sino para una misión amplísima y universal, la salvación hasta los extremos de la tierra”. Mientras podéis organizar vuestra cooperación personal allende el mar y la patria, prestadnos vuestro apoyo. Nos esforzaremos por hacer vuestra suplencia hasta que podáis incorporaros, en persona, como Dios manda, a la impostergable misión universal.

Seminaristas.

Sois seminaristas la primavera de la Iglesia. Buscáis el sacerdocio valerosamente en una pavorosa crisis de fe cuando ya ha perdido sus atractivos humanos para quedar como una sutil esencia de la verdad y del bien más allá del dolor y de la muerte. Ser sacerdotes es abrir el corazón de par en par para un enorme dolor por la salud de los otros por eso nos comprendéis. Entendéis que el deber misional es la obligada conclusión de toda vocación sacerdotal si es legítima. El Vaticano II pide que seáis formados con una disponibilidad universal de servicio a la iglesia que sufre bajo todos los soles. La Otatam Totius os dice: “instrúyanselos también para anunciar y favorecer la acción apostólica de los seglares y para promover las variadas y más eficaces y formas de apostolado y llénense de un espíritu tan católico que se acostumbren a traspasar los límites de la propia diócesis, o nación, o rito y ayudar las necesidades de toda la iglesia preparados para predicar el evangelio en todas partes”. Nuestro seminario os abre sus puertas. Mientras venís, apoyadnos con vuestro afecto y oración.

Laicos bautizados. Bautizados de Colombia.

Las misiones no son un carisma particular de algunas personas en la iglesia ni la exclusiva de sacerdotes y religiosos. Es la cumbre del compromiso bautismal, no se es cristiano si al mismo tiempo no se es católico, es decir universal. Vuestra cooperación misionera según el Vaticano II tiene que ir más allá de la limosna y de la oración. El decreto Ad Gentes os lo dice: “todos los fieles como misioneros de Cristo vivo, incorporados y asemejados a Él por el bautismo, por la Confirmación y por la Eucaristía tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud; por lo cual todos los hijos de la iglesia han de tener viva la conciencia de su responsabilidad para el mundo. Han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización”. Ya no es sólo un honor para el laico ir momentáneamente a una misión puede llegar a ser un deber de conciencia. Nuestro Instituto os abre la posibilidad de ese servicio ecuménico.

Y ahora, y finalmente nuestro compromiso de Instituto de Misiones.

Es evidente que esta petición audaz implica para el Instituto de Yarumal un grave compromiso: el de no defraudar, sería absurdo contrasentido invitar a una gesta de fe sin fe, del desprendimiento hasta de la vida apegado al confort pasajero. De ascesis absoluta apegado a las veleidades sensitivas. De liberación ultra terrena de la culpa, acampado en las toldas de la efímera liberación temporal. El simple sentido de honradez debería impedirnos mendigar una limosna para una causa trascendente en la que no se creyera. Con qué cara podríamos gastarnos en lujo las economías heroicas de una leprosa, que hace de su ofrenda cruenta un homenaje al Cristo salvador.

Se me ha pedido hablar a nombre del Instituto cuya vida se trenzó con la biología de mi alma. Quiero que se me comprenda como la voz autorizada de un compromiso comunitario. Hablo a nombre de una historia amasada con dolor en la penumbra de la fe, como testigo y colaborador de Miguel Ángel Builes a quien debo lo que soy como intérprete de la falangia abigarrada de los bienhechores, como voz de nuestras jurisdicciones, con sus ríos veleidosos y crueles, sus planicies sensuales, sus altivas crestas con sus diversas tribus de aborígenes sin tierra, sin pan, sin medicamentos, ni otra esperanza que el estrecho y negro hoyo de la tierra y el olvido sempiterno. Tengo la seguridad de que si se me ha pedido gritarle a Colombia en todos sus estamentos su deber misional estoy respaldado por el compromiso heroico del Instituto que ha hecho en estas bodas su misión de vida. Si así no fuera, nadie en adelante tendría la obligación de creernos. Bautizados de Colombia, creed en nosotros. Abramos juntos, en el dintel de estas Bodas de Oro un nuevo capítulo de nuestra iglesia misionera. En las raíces de los árboles se rezuman las fuerzas elementales de la selva. En nuestro instituto se rezuman las esencias de Colombia. Su historia, su carácter, su lengua, su religiosidad; por eso es la obra de todos. El Instituto es Colombia toda al servicio de toda la Iglesia.

NOTIMISION

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