¿Lectura de la Palabra o escucha de la Palabra? Una discusión en la asamblea (6)

En modo asamblea 6

La asamblea decimotercera dedicó buen tiempo a las constituciones y a la propuesta de renovación de las mismas.  Y es que veíamos las constituciones como el modo concreto de vivir el Evangelio y como camino de seguimiento para nosotros javerianos.

Hubo varías discusiones que recuerdo y que me parece tienen consecuencias en la misión.  Es por estas consecuencias para la misión por lo hago memoria de ellas.  Una de esas era si en el artículo sobre la Palabra de Dios resultaba más apropiado hablar de lectura de la Palabra o escucha de la Palabra.  La propuesta inicial en la reforma de las constituciones decía lectura de la Palabra y otros opinaban que era más apropiado hablar de por escucha.

Aquí hay cosas para pensar.  Las palabras nunca son casuales, las palabras son vehículo de las convicciones, pueden mostrar la realidad y pueden ocultarla, pueden llevarnos a la acción y pueden estancarnos.  Las palabras tienen poder sobre lo que hacemos y si no, preguntémosles a todos los que investigan el lenguaje.  Vamos pues al grano, ¿lectura de la Palabra o escucha de la Palabra?

Lectura es una palabra muy rica y su etimología tiene que ver con recoger; aun así, creo que la hemos reducido a la mínima expresión y que cuando hablamos de lectura de la Palabra estamos pensando en los escritos canónicos de la Biblia y sobre todo de los Evangelios.  Y así, cuando insistimos en la lectura de la Palabra, estamos reduciendo todo am unos cuantos escritos que consideramos inspirados y ahí se nos acaba la perspectiva.  Diciendo esto, afirmo el infinito valor de la Biblia y mi convicción de que la Palabra, no sólo se hace carne, se hace también letra, y que cada palabra de la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, contiene a Cristo como lo contiene cada partícula de la Eucaristía.  De esto no hay duda.

Y aún con estas premisas, considero que no basta la lectura para la misión y que no basta la Biblia y los Evangelios, y que, como consecuencia, sea preciso que nos formemos no sólo para la lectura sino para la escucha de la Palabra donde quiera que resuene.  Un misionero no puede acoger la Palabra sólo de la Biblia y de los Evangelios…   Tal vez, en esas circunstancias de la misión, no podamos un día leer la Palabra, pero siempre la podemos escuchar.

La Palabra se escucha en la creación.  Al crear, la Palabra se expresó en las cosas y especialmente en la gente.  Cada creatura dice la única Palabra y cada una es un Evangelio.  “El cielo proclama la gloria de Dios, el día al día le pasa el mensaje, sin que hablen, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón”.  La Madre Laura, siendo todavía niña, se encontró la gloria de Dios en un hormiguero, y pienso que, sin ese hormiguero, sin esa teofanía, nunca habría sido misionera.  No hay misión sin teofanía.  La misma Laura escribió mucho después “Voces místicas” y ahí, en ese librito, les ayuda a sus hijas a mirar las cosas y a descubrir la presencia de Dios en todo lo que vean en sus misiones.   Hay pues que afinar los oídos y escuchar la predicación de las montañas, de los ríos, de los desiertos, de los árboles, de los rostros.  En esto somos bien afortunados nosotros, en nuestras misiones estamos rodeados de tanta belleza, de tantos paisajes, de tanta diversidad… basta salir de la casa y todo empieza a gritarnos la Buena Noticia, todo dice Cristo, o mejor, Cristo se dice en todo.

La Palabra se escucha en todas las religiones.  Me ha parecido siempre sesgado que digamos, muy pagados de nosotros mismos, que el cristianismo es una religión revelada en la que Dios ha tomado la iniciativa y que nuestros escritos tengan la exclusiva de ser los únicos inspirados por Dios, y que así pensemos que las otras religiones son cosa de la gente que busca a Dios y que son meramente humanas y que, siguiendo este orden de ideas, no tengamos en cuenta sus textos sagrados.  Un misionero no se puede contentar con leer la Palabra en su Biblia, tiene que escucharla en la sabiduría de los creyentes que encuentra donde va y tomarla muy en serio.  Los monjes de Thibirine, recientemente beatificados en Argelia, hacían lectio divina con el Corán; Carlos de Foucauld se conectaba a la Palabra escudriñando el significado de las palabras Tuareg y haciendo diccionario de todas ellas.  Hay que reconocer la inspiración de los textos sagrados y de las tradiciones orales de los pueblos a los que somos destinados.  Hay que entrar a las mezquitas, a las pagodas, a las sinagogas, a los mandir, a las reuniones de ancianos y escuchar la Palabra que allí resuena.  Hay que quitarse los zapatos y adentrarse en los bosques, ríos, piedras y montañas donde la gente que nos recibe experimenta la presencia de Dios.  Hay que tener oídos para los pastores, los rabinos, los imanes, los ancianos y entrar en diálogo serio.  Hay que hundirse en los ritos de los otros y llenarse de estupor cuando hombres y mujeres de otras tradiciones que nos acogen celebran sus fiestas y sus tristezas.    Hay que adentrarse en los símbolos y en las reliquias y todo aquello que a los otros les habla de misterio y salvación.

La Palabra se escucha en lo que pasa.  La Palabra es efectiva y se cumple en los acontecimientos. No hay hecho sin salvación escondida.  En todo, incluso en la tragedia, hay Buena Noticia.  Dios sucede en lo que pasa, no en lo que quisiéramos que pase.  Dios es real, Dios es historia.  La historia de Dios es patética en los pobres, la carne de Dios se toca en las víctimas.  Un misionero que escucha la Palabra tiene que llenarse no sólo de Biblia sino también y sobre todo de Pueblo, allí está el “sensus fidei”, leer los evangelios y no escuchar la gente es como meterse a leer a Hawking sobre la historia del tiempo y sobre los agujeros negros sin la mínima noción de física y astronomía.  La comunidad es la hermenéutica.  Cuando oía a los colegas obispos y a la oligarquía de su país, Romero no entendía nada del Evangelio, lo vino a captar cuando oyó las historias de la gente de los barrios y de los campos.  El hermano Gerardo, no llevó el Evangelio a Buenaventura, lo escuchó de los obreros del puerto y se volvió su altavoz.

Y la Palabra se escucha cuando uno calla.  Esto tendría que ser el comienzo de lo que estoy diciendo.  Un misionero tiene que habituarse al silencio y a escuchar la paz de su corazón.   ¿Qué anuncio tiene valor si no viene del silencio?  La beata Marie Poussepin decía que el silencio es la elocuencia de Dios. Si hay algo que llama la atención en el diario del Fundador es su silencio de las noches y las mañanas, su tiempo arrodillado, su meditación asidua.   La bulla nos quita la Buena Noticia y la confunde con otras mil cosas que repetimos.  Cuánto ruido, cuánto tiempo en las redes, cuánto cansancio de cosas… necesitamos silencio.

Sí, mis hermanos. Hay que escuchar la Palabra allí donde resuene, no basta leerla, no somos la gente del libro, no somos religión de libro.  Y es por esto que pienso que esa discusión en la asamblea tuvo mucho valor y que aquí, en este escuchar y no sólo leer, tengamos una buena barca que nos pase a la otra orilla.

Jairo Franco mxy

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