La formación, hay un muro, hay un iceberg (5)

En modo Asamblea 5

Honestamente hubiera querido que la asamblea hubiera ido honda en el tema de la formación.  Encontré, puede ser una impresión muy subjetiva, que había satisfacción con lo que estamos haciendo, pocas preguntas y hasta indiferencia.  No sé, me da la impresión de que este tema, quizá uno de los más delicados en la vida del Instituto, encuentra un muro que no nos deja saltar, no digo al futuro, si no al presente.

Es que la cosa es simple.  Cuando pensamos en el misionero para este siglo XXI, y en los retos que tiene que afrontar, y nos preguntamos si nuestros jóvenes están hoy siendo entrenados para afrontar esos retos, pues vemos que la respuesta es simplemente no.  Y eso no es un problema de nuestro imey, eso es un problema en toda la Iglesia.  La formación, tal como hoy está concebida, está mandada a recoger.

Miremos las cosas con calma.

La misión es diálogo con los creyentes de las otras religiones y el misionero hoy, para estar a la altura, tendría que adentrarse en las religiones, contemplar la presencia de Cristo en ellas, conocer sus tradiciones, participar en sus ritos, conocer sus libros sagrados y orar con ellos.  La pregunta, ¿en cuál de nuestras casas de formación se está introduciendo a los nuestros en estas cosas, en dónde estamos estudiando las religiones de los pueblos a los que somos destinados, el budismo, el hinduismo, el islamismo, el ateísmo, las religiones de los pueblos indígenas y africanos?

Las geografías que nos esperan están llenas de riesgos y para ir hasta ellos hay que ser osados.  Los tiempos que nos tocan son de martirio, los cristianos de estos tiempos difíciles, gracias a Dios, no llegan a serlo gracias a misioneros que los adoctrinan, sino gracias a misioneros que dan la vida.  Un muchacho que se prepara para la misión tiene que almacenar valentía, aventura, decisión, capacidad de frustración…  El carisma que tenemos nos empuja a los lugares más pobres, a los desiertos, a la guerra, a las hambrunas, al martirio.  ¿Será que le hemos quitado peso a estas realidades y nos interesan zonas de confort?  Eso lo digo porque veo que nos está quedando grande en nuestras casas de formación salirnos de reglamentos, esquemas, cuadros, que nos mantienen en la seguridad, faltan experiencias de límite, de sobrevivencia, de prueba.  Los seminarios tienden a cuidar sus seminaristas, a poner talanqueras, a mantenerlos en lo políticamente correcto, a quererlos muy disciplinados y poco arriesgados, muy puros y poco apasionados, muy rezanderos y poco místicos, muy bien vestidos y poco olor a oveja, muy centrados y poco periféricos….  No escapamos en el imey a estos males.

Hay un grito que nos está martillando los oídos, así nos hayamos decidido por la sordera, y es la presencia y dignidad de la mujer en el mundo y en la Iglesia.  Ignorar la contribución de la mujer en la formación es asfixiar a los que quieren crecer en nuestras casas de formación.  Una formación dominada solo por nosotros hombres, un mundo estudiado y visto desde lo exclusivo masculino, o incluso desde el machismo, una formación así está creando monstruos.  Hay mujeres preparadas para ayudarnos en la formación humana de nuestros candidatos y las estamos ignorando.  El instituto no tiene ninguna decisión en este sentido, esta asamblea pasó y aunque este asunto se mencionó repetidas veces, quedó todavía al prurito de los formadores de turno.

Las lenguas de las gentes a las que evangelizamos no son un añadido a la misión, son conditio sine qua non.  Mandela decía que lo que se oye en palabras de una lengua extranjera llega al cabeza, lo que en cambio se oye en la propia lengua llega al corazón.  Nuestros misioneros están perdiendo fuerza en esto, las lenguas indígenas han sido ignoradas en buena proporción, la pereza se nos entró para estudiar las lenguas locales africanas, y si no es la pereza pues es el activismo que nos dice que sentarnos a estudiarlas es pérdida de tiempo y que en cambio hay hacer otras mil cosas supuestamente más importantes.  Y nuestros jóvenes misioneros terminan todo el ciclo de formación inicial y es sólo en este momento cuando se empieza a hablar de la lengua que necesitan.  No digo que haya que aprender todas las lenguas en esos años de seminario, pero al menos apoderarse de una, que ya una bien aprendida ofrece estructura mental para aprender muchas más cuando se necesitan.  ¿Por qué hoy cualquier profesional sale bilingüe de las universidades y porque los nuestros, que los sabemos destinados para el mundo entero, por qué tan crudos en lenguas?

Qué ignorancia la que nos aqueja si pensamos en los pueblos a los que vamos.  Llegamos a un país sin saber la historia, la geografía, la cultura, la religión, la política.  Y se supone que la formación nos prepara para ir a insertarnos y ser parte de la vida de esos lugares.  ¿En qué casa de formación se reta a los muchachos a estudiar a fondo lo que concierne al menos a las naciones donde estamos, a las culturas que nos acogen?  Se supone que los muchachos se están preparando para salir, para encontrarse con esos otros mundos… ¿Qué hacemos para abrirles la mente y el corazón?  Se da frecuentemente entre nosotros que un joven misionero vaya a Camboya ignorando el dolor de la guerra de años atrás, vaya al África ignorando las historias que por allá se cuentan, vaya a la amazonia sin idea de los pueblos indígenas que le dan bienvenida.

Las misiones financiadas y donde nos pagan todo no responden a la evangelización.  La Iglesia, gracias a Dios, está perdiendo nombre y en pocos años muy pocos van a querer “pagar” nuestras empresas misioneras.  Además, llegar a un lugar con todo financiado, sin preocupaciones económicas, nos limita para entender la vida y la gente y no facilita la inculturación, y así, muchas de nuestras misiones son burbujas pagadas por otros ( por ejemplo, los benefactores o la economía general) y en esas burbujas los misioneros comen bien rodeados de hambrientos, se visten rodeados de harapientos, tienen su medicina rodeados de desahuciados, tienen comunicaciones rodeados de gente a la que nadie escucha, salen de la burbuja en su carro y dejan polvo a los que caminan…  y el misionero no hace nada para ganarse el pan y la vida, todo le llega, lo espera todo… no fue preparado para esto, nunca aprendió un oficio, nunca desarrollo una habilidad, se llenó de datos en la academia, le impusieron las manos y salió a comerse el mundo… Basta pensar en la historia de nuestros hermanos que perdieron sus destrezas y creatividad con la ordenación. El Papa habla de consagrados de biberón, yo hablo de promesa de obediencia como inicio de un estado de vida en el que nos pagan todas las cuentas.   No veo la formación preparando hombres que se ganen el pan y la vida, favoreciendo la creatividad, abriendo oportunidades a todo lo que ayude a agarrar el toro de la vida por los cachos.

He visto llegar muchos misioneros aquí al África, yo entre ellos, que no tenemos ni medio idea del itinerario catecumenal.   La misionología que estudiamos flota en el mundo de las ideas. Basta considerar que ni conocemos el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos, que sería lo mínimo.   Al haber sido bautizados apenas recién nacidos nos cuesta entender a esos que lo hacen de adultos.  No sabemos qué hacer con los que se deciden a la vida cristiana y piden el bautismo, no ofrecemos un encuentro profundo con Jesús, los adoctrinamos no los contagiamos de la alegría del Señor, los cargamos de mandamientos no les propiciamos humanidad, los metemos en ritos extraños a su visión y modo de entender la realidad.  No atraemos, hacemos proselitismo.  Somos un instituto para la misión ad gentes y aun así lideramos las comunidades en la misión como si fueran parroquias de cristiandad, tendemos a repetir en las misiones lo que vimos en nuestras parroquias cuando éramos niños acólitos o cuando éramos seminaristas.    Tendríamos que ser especialistas en iniciación cristiana y dejamos mucho que desear.  ¡Y felices formando los futuros misioneros!

La evangelización no es la transmisión de doctrinas, ritos, mandamientos y toda la parafernalia religiosa.  La evangelización no promueve una religión, así sea ella la cristiana, la evangelización facilita encuentro con Jesucristo.  El misionero, para ser testigo, tiene que ser un místico, uno que ve, toca, huele, gusta, y oye la presencia de Jesús.  Esto es, sin duda, una cosa de adentro, del corazón, y desde allá se sale, “de la abundancia del corazón hablan los labios”.  La formación está llamada a facilitar místicos, no funcionarios.   Y en esto hay mucho que desear, activismo sin hondura, prisas sin oración, decisiones sin discernimiento, predicación sin lectio divina, rezos sin silencio interior… Creo que nuestra formación, y la formación de toda la Iglesia, tiene que trabajar mucho todavía, o mejor aquietarse mucho, para lograr místicos.  Místicos que no hacemos nosotros sino la gracia de Dios.  Una formación más en la gracia, en el don, y menos en las técnicas y formalismos.  Sin espiritualidad no llegaremos a ningún Pereira.

En realidad, ¿de qué estamos hablando en las facultades de la universidad? ¿qué tanto nos sirve el pensum académico?  ¿por qué los candidatos a la misión que van a estudiar tienen que mirar tanto el reloj mientras hablan los profesores de teología y filosofía? ¿por qué anotar tantas cosas y aprenderlas de memoria y mientras tanto con la pregunta clavada de para qué servirá todo ese bagaje de especulaciones?  ¿Si podemos estar contentos con nuestra formación académica y con nuestros títulos?  Creo que algunas de las facultades de filosofía y teología a las que mandamos los muchachos, lo digo pensando en las que conozco por aquí en Kenia, están haciendo como los pasajeros del Titanic que se hundía… cada uno tratando de salvar la maleta, bregando a que no se mojen sus pertenencias bien empacadas, y el barco todo sucumbiendo en la profundidad del océano… facultades eclesiásticas tratando de salvar la iglesia, la iglesia de Cristiandad que se está hundiendo, y sin la osadía de lanzar los estudiantes a nadar en el mundo, a dialogar, a enfrentar lo diferente, a llegar hasta las fronteras.  La iglesia con minúscula se está hundiendo y no hay que hacer de salvavidas, la Iglesia de Jesús camina sobre las aguas y siempre permanecerá.   La formación no puede ser para salvar la maleta, la Iglesia, mientras el barco se hunde; la formación tiene que ser para nadar y, como se repitió tanto en la asamblea, pasar a la otra orilla.

Siento que decir lo siguiente puede molestar a muchos:  nuestra formación no puede ser para la vida sacerdotal, es demasiado poco, es un engaño a nuestra vocación.  La Ratio Fundamentalis para la formación sacerdotal, no basta para nuestros seminarios, lo nuestro tiene que dilatarse mucho más.  Nuestra formación tiene que ser para la misión, eventualmente algunos misioneros serán también sacerdotes y esto es bueno, pero, aun así, no nos sirve sólo un buen cura, nos sirve un misionero capacitado para lo diferente, para otras culturas, para otras geografías, para otras historias, para el riesgo, para mantenerse en salida, para dialogar, para ser gente entre la gente.  La formación, tal y como la tenemos planteada hoy, está hipotecando la misión, está vendiendo a mal precio el presente, está perdiendo futuro.

No creo que este Titanic de la iglesia salvando la maleta alcance a llegar a ninguna orilla.  Hay un iceberg que no vemos y contra el que nos estamos chocando.  Hay un muro.

Jairo Alberto, mxy

 

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