¡La pasión por Jesucristo no está en el derecho! (4)

En modo asamblea 4

Las constituciones y, sobre todo la propuesta de ponerlas al día, ocuparon buena parte del tiempo y de las preocupaciones de esta asamblea decimotercera que acaba de pasar.  Nos movía la convicción de que ellas no son solamente ley y normas, ellas son y tendrían que ser concreción del Evangelio, un modo propio para nosotros javieres de vivir en Jesús.  Pienso que este modo de entender lo que son las constituciones las hace saltar de cualidad, pasan de ser meros huesos legales con función triste de armazón y se vuelven carne tibia y seductora.

Y en nuestras discusiones sobre las constituciones, poniendo atención al artículo que describe el perfil de un superior general del imey, alguno propuso añadir “pasión por Jesucristo” como una de las principales características del que ha de liderar el instituto.  Inmediatamente uno de los asambleístas objetó la propuesta y dijo sin ningún pudor que eso sobraba en unas constituciones y que eso, pasión por Jesucristo, no estaba en el derecho.  ¡Increíble!

Pienso ahora en la dificultad que han tenido los místicos para redactar constituciones y reglamentos para sus fundaciones.  Francisco de Asís quería tener el Evangelio sin comentarios como norma de vida y fue forzado a escribir normas, y sufría al ver que la vida que le inspiraba el Espíritu –la carne- se le reducía a mero esqueleto -la ley.

La asamblea, en un impulso del Espíritu, terminó corroborando la inspiración del que propuso “pasión por Jesucristo” y descartó la idea de limitarse a lenguaje canónico.  Dicen que un concilio se demora cien años para ser recibido por la Iglesia y este mero suceso de nuestra asamblea es un fenómeno que deja ver claro que después de más de cincuenta años del Vaticano II todavía no lo hayamos abrazado, y así, en contra de todo lo que quisieron los padres conciliares, seguimos dudando si el derecho es pastoral o si va en otro orden.  El derecho inspirado en el Vaticano II tendría que ser pastoral, y aquí todavía estamos cortos, el derecho de 1983 y muchas de las constituciones de institutos y congregaciones todavía tienen apariencia macabra de esqueleto y no han logrado ser “conciliares”.  En esto punto, somos más romanos que cristianos, heredamos el derecho del imperio y tendemos a olvidarnos de la libertad de Jesús, nos gustan más los museos que las musas.  Nos gusta más la perfección quieta que el soplo salvaje del Espíritu.    Los huesos secos nunca expresarán el Evangelio, el Espíritu tiene que darles carne.  La carne, dijo Tertuliano, es la bisagra de la salvación.

Claro que podemos consagrar en nuestras constituciones el principio de que para ocuparse de los hermanos y liderar – “apacienta mis ovejas”– sea indispensable apasionarse por Jesús –“Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”.  Claro que nuestras constituciones, si quieren  ser expresión del Evangelio para nosotros, tienen que hablar como habla el Evangelio.  Claro que podemos pedir a Roma lo imposible para nuestras constituciones, porque lo imposible es un milagro que poco sucede en los que tienen que defender la institución, lo imposible es cotidiano entre los que viven la vida a tope y ellos saben que contra toda apariencia ya está sucediendo.

Sí, pasión por Jesucristo, como elemento clave en el liderazgo imey.  No bastan buenos organizadores, se necesita gente apasionada, empujada por el Espíritu.  Para pasar a la otra orilla, menos organización en la barca y más Espíritu Santo en las velas.

Jairo Alberto, mxy

 

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