Mons. Luis Eduardo García, pastor de los Tunebos

El Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal ha tenido miembros de talla gigante, empezando por la primera promoción de Misioneros, 7 sacerdotes consagrados el 25 de septiembre de 1938 por el Padre Fundador, Miguel Ángel Builes G, el Obispo Misionero de Colombia. De su espíritu bebieron y  se nutrieron directamente los primeros misioneros. Ellos son pilares y modelos para las siguientes generaciones misioneras.

Quiero iniciar una serie de artículos recordando algunos de estos misioneros, desconocidos en la historia de la Patria, y aún de los miembros más recientes del IMEY, verdaderos héroes, que gastaron su vida en medio de los más pobres y necesitados: los indígenas.

Presento en esta primera entrega al primer Prelado Misionero que tuvo el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal,   Monseñor LUIS EDUARDO GARCÍA G, nombrado por el Papa Pío XII como Primer Prefecto Apostólico de una nueva Prefectura Apostólica denominada de LABATECA, en Colombia.

Antes es preciso aclarar algunos términos que no son conocidos por un buen número de los lectores, y son: Prefectura Apostólica y Prefecto; Vicariato Apostólico y Vicario; Diócesis y Obispo; Arquidiócesis y Arzobispo.

La implantación de la fe y el Evangelio en un territorio y sus habitantes, tiene un proceso o etapas como las de un ser humano. La primera etapa o infancia toma el nombre de Prefectura Apostólica y el Pastor que la dirige toma el nombre de Prefecto, cargo que no requiere ser obispo, aunque en su territorio hace las funciones de éste. La segunda etapa o juventud toma el nombre de Vicariato Apostólico, y es cuando dicho territorio es entregado a un Obispo, y adquiere una categoría superior, porque algunos de sus miembros se van haciendo responsables de esa Iglesia naciente y empiezan a surgir vocaciones religiosas y agentes de pastoral propios del territorio. Cuando el territorio ha llegado a su madurez cristiana y tiene su clero propio y agentes de pastoral, toma el nombre de diócesis, ya con un Obispo en posesión. Cuando una diócesis, por su categoría y crecimiento humano acoge a otras diócesis vecinas, toma el nombre  de Arquidiócesis, y su pastor adquiere el título de Arzobispo.

 Prefectura Apostólica de LABATECA.

UBICACIÓN:

Los departamentos de Boyacá, Norte de Santander y Arauca poseen una selva en común de unos 13.000 kilómetros cuadrados con el nombre de EL SARARE; selva abrupta, impenetrable en esa época –mediados del siglo XX- infestada de serpientes venenosas, de lluvias permanentes –llueve  10 meses en el año-  y con todos los climas: desde el frío de los páramos y nieves perpetuas, hasta el ardiente de los Llanos Orientales.

En esa selva impenetrable existen unas comunidades indígenas del grupo TUNEBO, actualmente denominados como “U´WA” que en su lengua quiere decir “gente inteligente y que sabe hablar”.

Los misioneros Jesuitas, en el siglo XVIII, antes del destierro del País, incursionaron desde los Llanos Orientales; después, varias acciones gubernamentales y particulares intentaron penetrar desde poblaciones limítrofes como Güicán, La Concepción y Chitagá, pero fueron intentos que no dieron frutos positivos, fuera de atravesar la selva y constatar que allí existía una comunidad indígena dispersa por toda la manigua.

En 1923 el Padre Henri Rochereau, sacerdote Eudista, de acuerdo con el Obispo Rafael Afanador y Cadena, emprendió una expedición. De esta excursión existe una interesante crónica. La expedición salió de Labateca, por el camino de Bata hasta Santa Librada, del 7 de noviembre al 12 de diciembre; total: 25 días  caminando por la selva.

También, los misioneros Vicentinos, que tuvieron bajo su cuidado la Prefectura Apostólica de Arauca desde 1915, hicieron varios intentos de entrar, por el Llano, a las tribus Tunebas del Sarare.

En 1926 Monseñor José María Potier, por la vía del Llano, pudo llegar hasta Santa Librada, en donde ya funcionaba una Misión de Pamplona.

PREFECTURA APOSTÓLICA DE LABATECA

Prot. 1413­/45 Sagrada Congregación de Propaganda Fide.

“Pío XII, Obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria.

La solicitud de todas las Iglesias que nos urge, nos exige que, cuando exista un gran territorio en la Diócesis, se separe una parte de ella y se constituya una nueva Iglesia y se confíe a otro Pastor solícito. Por lo cual, gustosos acogemos la petición que ha sido presentada a la Sede Apostólica para que, de la Diócesis de la Nueva Pamplona, que es muy extensa, y con gran dificultad puede ser gobernada por un diligente Pastor, se separe su parte oriental que limita con la Prefectura Apostólica de Arauca y se erija una nueva Prefectura, dentro de los límites que se señalan enseguida, y se le encomiende al Seminario de Misiones de Yarumal.

Por tanto… erigimos la nueva Prefectura Apostólica, que ha de llamarse de LABATECA…”

Dado en Roma, junto a San Pedro el día 15 de julio de 1945.”

El nuevo Mapa Eclesiástico era una circunscripción pluriétnica: Labateca, Toledo, Chitagá (N. de Santander); Güicán, Chiscas y Cubará (Boyacá); y en lo eclesiástico: Territorios de Nueva Pamplona y Arauca,  con  una población  indígena homogénea: los Tunebos, actualmente llamados U’WA, que no alcanza a tener 3.000 individuos.

La nueva Prefectura estaba situada en el nororiente colombiano, entre los departamentos de Santander del Norte, Boyacá y Arauca, y limitaba, en parte, con la república de Venezuela, río Arauca de por medio. Zona totalmente selvática, cruzada de occidente a oriente por numerosos ríos de fuertes corrientes.

La Prefectura de LABATECA tuvo una duración de 11 años: de 1945 a 1956. Fueron varias las causas de su extinción; las parroquias que la formaron volvieron a sus diócesis de origen y los grupos indígenas pasaron, en su mayoría, a la Prefectura Apostólica de Arauca, donde pasó Monseñor García como Prefecto de dicha Prefectura.

A los siete años de su posesión, Monseñor escribía lo siguiente:

“A la Prefectura le correspondió unos terrenos baldíos de 13.000 kilómetros de montaña con 9.000 habitantes blancos e indígenas.  El dato es alarmante pero no quita el entusiasmo al misionero ni la esperanza de verla pronto muy próspera.  Esa situación es una gran dificultad para la Evangelización.  El misionero tiene que hacer cuatro o cinco jornadas para llegar a las casas habitadas que distan entre sí dos o más kilómetros, por trochas peligrosas y ríos invadeables.  A veces hay que pernoctar al interperie y con lluvias continuas y plagas de insectos y culebras.  Eso crea un sentimiento de soledad y desamparo al verse por todas partes rodeado de la montaña pujante, pero es así como Dios quiere que se salven las almas.  El colono en el Sarare lleva una vida precaria en demasía, sin dinero, sin comida, sin ayuda para poder abrir una parcela de monte y dejarles a sus hijos un pedazo de tierra.  Estos sí hacen patria pero son olvidados de los gobiernos y perseguidos muchas veces.  La carretera que irá de Pamplona a Tame va a ser un verdadero elemento colonizador

Todo aquí parece conspirar contra la Misión: hubo un temblor de tierra: la casa de Santa Librada habrá que hacerla de nuevo. Me tocó amanecer en la enramada del trapiche toda la semana.  El epicentro fue en la base de la cordillera entre el Cobaría y el Róyata.  Revolcó tres kilómetros de tierra en el sitio donde los bandoleros asesinaron a los colonos conservadores.  Entre el 18 y 21 de febrero de 1952, iré a Cúcuta en busca de auxilio por parte del Gobernador para la reparación”.
(Carta de abril de 1952 de Monseñor García).

Al momento de crear la nueva Prefectura no existía en la zona sino una casa Misión en Santa Librada, donde ya estaban las Misioneras de la Madre Laura con el P. Rochereau y un grupo de indígenas tunebos, traídos de la selva. Esta casa Misión estaba a un día de camino de la población más cercana y donde no era posible situar la sede de una nueva jurisdicción eclesiástica. Por lo tanto, se determinó asignar una población donde pudiera residir el Prelado y organizar la Curia, y con acceso aceptable al territorio de Misión. Para ello, el Obispo de Pamplona y la Nunciatura escogieron entre varias poblaciones del departamento de Santander, tres municipios vecinos, a saber: Chitagá, La Concepción y Labateca, municipios con fácil comunicación con el interior del País y desde donde los cuales ya antes hubo intentos de penetración a la selva.

Pareció más oportuno optar por Labateca, cuyo párroco ya había participado en la Misión diocesana en el sitio de Santa Librada, a un día de camino de la cabecera municipal, por caminos de herradura. En tal caso, la parroquia diocesana de Labateca se integraría a la jurisdicción del Prefecto Apostólico. Por esta razón, la Prefectura se llamó de Labateca como su Capital, con sus corregimientos y veredas.

LABATECA es una palabra aborigen del dialecto chitarero, y significa “Volcanes de Dios” –Labara: montes de tierra y Tecas: Ser Supremo- (Datos del P. Samuel Ramírez), quien donó la finca que tenía en Santa Librada, a la diócesis de Pamplona, para el Proyecto de la Misión indígena, el 24 de diciembre de 1923. El 28 de mayo de 1924 el Obispo diocesano erigió canónicamente la Misión, y la encomendó al P. Rochereau, que conocía el territorio y había tenido un contacto con los Tunebos.

La Prefectura Apostólica fue creada, como objetivo principal, para atender y evangelizar a estos indígenas, metidos en lo más profundo de la selva, raza misteriosa e impenetrable: dicen que son “gente aparte” creencia que los separa de la “gente blanca”. No quieren saber nada de ellos y de sus creencias. Todo lo de los blancos es malo. Todo lo que llega de manos de los colonos, de los misioneros y misioneras, inclusive medicamentos y comida, tiene que ser soplado (purificado) por el CARECA (brujo de la familia); no permiten que el “blanco” prenda candela en sus fogones, ni ellos prenden candela de los fogones de los colonos; no le dan posada a ningún extraño: el blanco colono, el misionero o misionera que los visita, tiene que hacer su propio rancho, distante de ellos, para pernoctar las noches que estén allí.

Estas son unas de las muchas barreras infranqueables que los tunebos colocan ante cualquier cultura que les quiera llegar. El enemigo más temible y depredador de su tierra es el “blanco” o colono, y por eso se han metido en lo más profundo de esa enmarañada selva: Huyen para escapar de  las arbitrariedades de los blancos  colonos, sus más pérfidos enemigos, hasta llegar a constituir para su etnia, “impureza legal” cualquier contacto con ellos. No hacen caminos para sus comunidades y plantíos, para no dejar huellas; andan por las orillas de los ríos y quebradas de piedra en piedra o por sus orillas para no dejar ninguna señal que los puedan descubrir. Solamente salen a los poblados o poblaciones vecinas a vender algunos productos: brea, cera, collares, ollas de barro, y a comprar sal y ruanas, pues no tienen industrias de tejidos.

Voy a narrar una historia contada por el Padre Abraham Builes L, misionero que acompañó a Monseñor García por más de 30 años en el Sarare y en Arauca, para que comprenda el lector la aversión que esa cultura tuneba le tiene a los extraños.

“En cierta ocasión encontré a un tunebo Cobaría, de unos 70 años al pie de un árbol. Su casa de habitación eran unas 10 hojas de bijao en unos palos. Estaba con mero guayuco, y la cobija era la candela de su fogón. Estaba solo. Llegó una tuneba con unos plátanos cocidos y se los puso al lado y se retiró muy ligero. El tunebo se estaba muriendo de niguas: las piernas, las manos y hasta las nalgas estaban invadidas por esos bichos: no se podía sentar. Yo le dije a una mejoradora de hogar que me acompañaba, que nos untáramos creolina para defendernos, ya que el criadero era muy grande. Duramos como tres días en la curación del tunebo, trayéndole mejor comida. Una vez que se pudo parar, mandó llamar al KARECA para que lo soplara y le quitara las enfermedades que nosotros le hubiéramos puesto en su cuerpo…”

La población de Labateca fue como plataforma de lanzamiento de esta nueva Prefectura desde donde el Prelado, junto con los sacerdotes y numerosas religiosas de la Madre Laura y Teresitas, se internaron en ese misterioso, intrincado e impenetrable mundo de la cultura tuneba.

Este fue el campo de trabajo donde el Prelado y sus agentes pastorales gastaron sus vidas. Éste su rebaño, con una cultura misteriosa y éste su campo de acción: una selva impenetrable y malsana.

Monseñor LUIS EDUARDO GARCÍA G.

Prefecto Apostólico de LABATECA.

Era un hombre corpulento de tez morena y corazón grande y magnánimo; afable y franca sonrisa. Nacido en las entrañas del Urabá antioqueño, en un pueblo poco conocido llamado Abriaquí, de familia campesina y oficio de arriero. Después de gastar los primeros años de su juventud en el trabajo del campo y en la arriería, fue llamado por el Señor al sacerdocio. Pidió ingresar al seminario de Jericó, donde cursó su primer año de estudios; pero, cuando supo que acababan de abrir un Seminario de Misiones en Yarumal, habló con el Rector y le dijo que su vocación era ser sacerdote misionero. Fue así como pasó a formar parte del primer grupo de seminaristas del Seminario de Misiones de Yarumal.

El Padre Luis Eduardo García, consagrado en la primera promoción de Misioneros de Yarumal, estaba ejerciendo sus primeros años de sacerdocio misionero como párroco de Simití, población de Bolívar.

La noticia de la creación de la nueva Prefectura y su nombramiento como su Prelado le cogió desprevenido, pues no le pidieron consentimiento, y menos, tratándose de un Instituto religioso al cual pertenecía. Para estos cargos, más que un título honorífico era, simplemente, un servicio.

El Padre García manifiesta de esta manera sus sentimientos al Rector: “Este nombramiento, mi querido Padre, me tiene profundamente humillado; y de no ser porque tengo la absoluta confianza de que son cosas de Dios, yo preferiría  ir al Sarare de simple misionero, sin títulos de ninguna clase, sin motivos de orgullo, sin otro oficio que salvar muchas almas y así, consumir mi vida, dando gloria a Dios. Pero temo que Dios me reprenda; y si él me ha escogido como instrumento suyo, no tengo que añadir nada, sino servirle con toda generosidad. Y si este es mi Programa en cuanto a preparación intelectual, su Reverencia sabe lo que yo puedo. Lo único, Padre, que sí tengo, y eso lo pongo al servicio de Dios, es una buena voluntad que nunca faltará, así me cueste la muerte.”

Este Programa y compromiso lo cumplió cabalmente hasta su muerte en medio de sus indígenas a quienes amó, como una buena madre ama y contempla a su hijo especial. Por ellos no estableció la Sede en Labateca a donde sólo venía para ventilar asuntos de su cargo,  sino que se fue a vivir en Santa Librada para poder estar más de cerca con ellos y enseñarles a trabajar, mejorar los cultivos para una mejor alimentación y darles fuentes de ingresos en la construcción de escuelas para la educación de sus hijos.

¿QUÉ ERA SANTA LIBRADA?

Era una finca bonita que el Padre Samuel Ramírez, Párroco de Labateca había regalado a la diócesis para establecer allí la Misión, y era regularmente administrada por el Capellán y  las hermanas misioneras, en compañía con los indios. Era la esperanza para sostener la Misión, enseñar a los indígenas el cultivo de la tierra y multiplicar los productos agrícolas para enriquecer la dieta alimentaria.

El clima, un poco frío, siendo una región ardiente, lo que hace que sea un poco malsano. Aquí llueve 10 meses al año con aguas torrenciales.

La casa de la Misión era malísima cuando la recibió Monseñor García. Comenta él: “No sabe uno cómo viven las hermanas con tanto cariño en ella; llevan ellas una vida precaria, como suena. Son cuatro; tienen un gran espíritu de acción y mortificación”

Existía un local para la escuela de indígenas y colonos, y una capilla; un pequeño Internado, iniciado por el Padre Enrique Rochereau y las misioneras. Apenas se estaba iniciando la finca; tenía una parcela grande para agricultura, que producía lo necesario para el sostenimiento de la Misión.

Cerca de la finca tenían sus ranchos algunos tunebos y unos pocos colonos.

Lo primero que hizo Monseñor, fue buscar asesoría, tanto para trabajar la finca, como cultivar un ambiente cristiano. Para ello, invitó y trajo desde su tierra natal, unas familias trabajadoras y cristianas que fueran testimonio de trabajo y de fe. Hizo sembrar un buen lote de caña; consiguió e instaló un trapiche para sacar panela; hizo abrir terrenos para sembrar pasto, consiguió ganado, mandó aserrar madera para ampliar la casa de las hermanas, mejorar la escuela y construir un buen  el Internado.

Desde su llegada a Santa Librada quiso hacer una correría para visitar las comunidades indígenas de Bócota y Cobaría, al otro extremo de la Prefectura, a unos 100 kilómetros de distancia, pero en cuatro ocasiones fracasó; varios obstáculos se presentaron, entre ellos, el invierno que hacía imposible la correría; por otra parte, una flebitis empezaba a apoderarse de una de sus piernas que le impedían movilizarse. Sólo tres años después de su posesión, pudo realizarla, del 17 de enero al 31 de 1949. En carta al Fundador y Superior del Instituto del Seminario de Misiones, Monseñor Miguel Builes, le escribía:

“Después de mi regreso de la misión de Bócota, debo contarle algo al respecto: Sabrá que esta correría había sido intentada cuatro veces desde 1946, y otras tantas veces fracasó. A pesar de los fracasos, mi alma estaba inquieta y esperaba cada día la oportunidad de ir a ver a mis tunebos de Cobaría y Bócota, y se presentó este año de 1949; primero, por el envío de un misionero más, y luego por el verano tan hermoso del mes de enero. Hay que tener en cuenta que el verano en esta región, es condición necesaria para el apostolado porque, por aquí, sin exagerar, llueve diez meses al año. En este mes se celebra el Congreso Eucarístico  de Cali, pero tomé la resolución de hacer mi excursión pastoral, y no podía aguardar otro año, porque así no cumpliría mi deber, y desde la manigua sarareña le enviaría todo mi amor a mi Dios sacramentado: mi cansancio, mi fatiga y mis sacrificios serían mi mejor testimonio de adoración.

Manos a la obra: Hicimos los preparativos en una semana: aprontamiento de bestias, alimento, ropa, avíos de dormir, escopetas, machetes, un buen equipo de botica, suero antiofídico contra las serpientes cuatro narices. La víspera de salir pedí a los tripulantes confesarse antes de partir para asegurar el éxito de la correría y que, durante el viaje, todos comulgaran para pedir la conversión de los tunebos Cobarías y Bócotas.”

En Santa Librada mantuvo Monseñor García su centro de operaciones pastorales y de desarrollo agropecuario. Todo marchaba perfectamente bien, pero varios acontecimientos a nivel diocesano vinieron a cambiar el panorama y la existencia de la Prefectura Apostólica de Labateca.

Con la creación de la Arquidiócesis de  Pamplona, empezaron a reclamar los terrenos y parroquias que antes de la creación de la Prefectura le pertenecía a Pamplona y reclamaron la población de Labateca y la finca de Santa Librada, ya que la Misión no tenía papeles de propiedad. Se rumoraba que el Capítulo Metropolitano de Pamplona desde  1955 buscaba desalojar la Misión y que estaban maquinando con la Nunciatura para que fuera suprimida la Prefectura.

También, con la creación de la Arquidiócesis de Cúcuta, ésta, solicitaba como propias, las poblaciones que habían sido anexadas a la Prefectura.

Por otra parte, los misioneros Vicentinos, tras una larga, fecunda y meritoria acción pastoral de 40 años, desde 1915, por razones internas de su comunidad, debieron entregar la Prefectura Apostólica de Arauca, que comprendía todo el territorio del departamento. Se necesitaba, pues, cubrir la ausencia de los Misioneros de Arauca, pero la zona del Sarare y sus habitantes no podían ser abandonados. Una determinación salomónica de la Santa Sede zanjó la dificultad: unió la zona indígena del Sarare a la jurisdicción de Arauca que, además, son territorios limítrofes; aceptó la renuncia de los Misioneros Vicentinos y el nuevo territorio aumentado de Arauca lo encomendó a Monseñor Luis Eduardo García.

Desapareció la Prefectura Apostólica  de Labateca y los Misioneros de Yarumal entraron a la Prefectura Apostólica de Arauca, que ahora integraría la misión del Sarare, al sur del río Cubugón.

Al salir la Misión de Labateca y Santa Librada, quedaba el Internado de indígenas a la deriva –que era la niña de los ojos de Monseñor- Era necesario ubicarlos en otro lugar que perteneciera a la Prefectura de Arauca. Escogió un lugar en la misma Tunebia, en las estribaciones de la cordillera       cerca a la inmensa llanura araucana, en el sitio llamado “El Chuscal” a orillas del río Cobaría. Allí empezó la construcción de un buen centro educativo, y para ese sitio se llevó a sus niños y niñas tunebos, -unos 100 estudiantes- Hizo una edificación amplia, con maderas finas, que podía ser modelo para los centros  educativos oficiales.

El traslado de Monseñor a su nueva Prefectura de Arauca ocurrió en el mes de noviembre de 1956. En su nueva Sede de Arauca no olvidó a sus amados tunebos; con mucha frecuencia iba al Chuscal para visitar el personal del Internado y muchas familias indígenas que habían instalado sus ranchos y cultivos cerca de sus hijos estudiantes. Todos los años, personalmente llegaba para celebrar la fiesta de los Reyes Magos, que eran las fiestas patronales de todos los indígenas y colonos de esta zona. Fiesta con deportes varios, mucha alegría, regalos para todos y una res sacrificada para el almuerzo de indígenas y colonos.

SU CELO APOSTÓLICO.

Monseñor García se entregó plenamente al servicio de su grey. Durante sus 25 años de servicio a la Iglesia como Prelado: 11 en Labateca y 14 en Arauca, poco salía al interior del país, y casi siempre  por motivos de salud. Inclusive, nunca viajó a Roma para dar informes en la visita “Ad Límina” a pesar de las insinuaciones de sus Prelados colegas. Decía que los Informes los podría enviar a través de la Nunciatura Apostólica, y así se ahorraba el tiempo de ausencia de sus fieles y el dinero para emplearlo al servicio de sus indígenas.

DEFENSOR DE LA VIDA Y BIENES DE LOS INDÍGENAS.

Fue promotor de la colonización por familias desplazadas del interior del País, debido a la violencia partidista de la década de los 50 y al mismo tiempo defensor de los indígenas en sus vidas, bienes y derechos. Los defendió ante los colonos usurpadores de sus parcelas y ante las Autoridades nacionales.

En el relato de la primera correría a la región de Bócota y Cobaría, se expresaba de esta manera: “A poco rato de llegados al lugar mencionado, estábamos rodeados de la mayor parte de los tunebos de estas tierras: vinieron en compañía de su kareca a saludarnos con mucho cariño. Ésta sí es una raza trabajadora, sana y fuerte; lástima que la chicha del majule, tan exageradamente fermentada, los esté envenenando. Entiendo que en toda la hoya del río puede haber unos 300 tunebos; aquí a la vista nada más, se contaban 30 casas. Hablan bien el castellano y cuentan las mismas historias de los tunebos de todo el Sarare: los atropellos de los blancos que les han quitado sus tierras. Oí contar al kareca, muy indignado, el modo miserable e inicuo, cómo un blanco mata a un tunebo por quitarle una arroba de sal; y estos crímenes quedan impunes. ¡Qué desgracia!, pero qué hacer cuando en las mismas ciudades se mata y se roba sin que la justicia recaiga sobre nadie. Por ejemplo, hay en Cobaría un caso de un blanco que se metió a las huertas de los tunebos atrapándoles todos sus cultivos y su montaña, en una extensión de 100 hectáreas y el pobre tunebo, que puso la queja, fue castigado y amenazado por la autoridad, porque atropellaba a este pobre blanco colombiano y buen liberal. Se atreve uno a decir que sistemáticamente el Gobierno no atiende estas quejas porque los indios no le interesan, porque no tienen política alguna. Esto lo puedo afirmar a los cuatro vientos.

Llevo tres años defendiendo las tierras de los Tamaranes y el Gobierno, no solamente no ha querido apoyar mi acción justiciera, sino que me ha desautorizado, dando licencia a cierto blancos sin conciencia para explotar terrenos en que tienen sus huertas y sus ranchos los tunebos. ¿Cuándo llegará la justicia y cuándo se preocuparán nuestros legisladores de dictar leyes que defiendan a los naturales, no solamente en sus vidas, sino también en sus bienes?

MONSEÑOR GARCÍA, APÓSTOL DE LA EDUCACIÓN

Llegado a Arauca, puso sus ojos en la juventud. Vio la necesidad de abrir colegios y formación Normalista, ya que solamente las familias acaudaladas podían sacar a sus hijos al interior del País para una educación superior.

Señaló dos intereses primarios:

  1. La cercanía y colaboración con la nueva comunidad que se le encomendaba, con dos características bien definidas: los habitantes de la sabana araucana y los grupos indígenas del Sarare que se extendían hasta Tame. Los sacerdotes y Misioneras que atendían la Tunebia, permanecieron allá.
  2. La educación, asistencia y creación de escuelas y colegios; formación de maestras de la región, con ayuda de profesionales conocidos, para la motivación de los autóctonos. Fortaleció la enseñanza primaria existente y planteó la creación de nuevas escuelas rurales y cerca de los hatos.

Enseguida se procedió a la creación de escuelas Normales de cuatro años, con proyección a la Normal Superior de seis años. La escuela Normal forma educadoras y cultiva a la mujer para su vocación en el hogar. Ya que la familia es el objetivo primordial de la pastoral católica.

Quería maestras y maestros llaneros para niños y jóvenes llaneros.

A tres meses de llegados los misioneros Javerianos, en enero de 1957, el Prefecto Apostólico, en virtud de la autoridad que le daba la Legislación Nacional Escolar, creó dos Normales: el Colegio San Emilio se convirtió en Normal y se inició con ocho niñas, anteriores alumnas del Colegio San Emilio y se llamó Normal María Inmaculada.

El Colegio Sagrado Corazón de Chita se hizo la Normal Superior Sagrado Corazón, con las mismas alumnas que ya la integraban.

Allá se pudieron enviar las niñas del Llano para completar los dos años superiores, mientras la Normal de Arauca iba ascendiendo, hasta completar el pensum Superior.

También las niñas de la Escuela de Rondón con vocación de maestras, pudieron venir a Arauca para obtener el diploma de docentes.

Pidió al  Superior del Seminario de Misiones sacerdotes para suplir las parroquias vacantes por la salida de los padres Vicentinos, y en enero de 1957 le llegaron cuatro sacerdotes jóvenes, para estrenar allí su ministerio.

En cierta ocasión, estando en el Chuscal, y mirando una palmera seca que se encontraba en el patio de la casa, dijo: “Voy a tumbar esta palmera y, para el lugar donde caiga, allí me entierran cuando muera; aquí quiero dejar mis huesos entre mis queridos indios”. También, estando en Arauca solía decir que, cuando muriera, llevaran su cuerpo al Chuscal para ser enterrado allá, entre sus indios.

A finales del año 1969 la salud de Monseñor se fue desmejorando por la flebitis y problemas  del corazón, por lo que los médicos le prohibieron viajar. Con todo, el 26 de diciembre pidió la avioneta para viajar a Tunebia y de allí llegar en carro al Chuscal y celebrar la fiesta patronal de los  Reyes Magos el 6 de enero con los niños del Internado, las familias  tunebas, los colonos y el personal misionero: sacerdotes, hermanos y religiosas. Nunca faltó para celebrar con ellos esta fiesta Patronal. Pidió a los padres y hermanas que sacrificaran un   novillo y un cerdo para la celebración. No pudo presidir la Eucaristía, porque ya estaba demasiado débil; pero, sentado en una silla, asistió a los juegos y bailes que presentaron. Simulaba estar alegre para no entristecer a los presentes, aunque ellos ya lo estaban por la gravedad del que llamaban “PAPÁ SEÑOR”  El 8 de enero, después de recibir la Unción de los enfermos, murió a las 12 y media p.m. Quisieron llevar el cadáver para enterrarlo en Arauca, pero los indígenas se opusieron y, al consultar con el Señor Cardenal, respondió: “Cumplan las órdenes que él dejó”. Así que fue enterrado en el mismo lugar señalado por él.

¿Y EL TRABAJO PASTORAL CON LOS TUNEBOS, QUÉ?

Una pregunta certera e inquietante: Después de los intentos de los padres Henri Rochereau y Samuel Ramírez; y de la presencia de las Hermanas de la Madre Laura, desde 1924 hasta 1947 y luego la presencia de las hermanas Teresitas; después del trabajo denodado de este Apóstol de la raza tuneba, que entregó su vida, sus bienes y hasta sus despojos mortales, ¿Qué queda de estas etnias? ¿Qué es de su fe recibida? ¿Qué integración han tenido a la vida de la nación?

¿Valió la pena el trabajo, la entrega generosa y el sacrificio de centenares de misioneros sacerdotes, hermanos religiosos y religiosas en este campo de misión?

Aquí es donde los cálculos humanos fallan y donde surge el interrogante: ¿Valió la pena? Las escuelas levantadas en Cobaría, Bócota y Samoré; y la obra maestra y cumbre del ideal educativo para los indígenas en el Chuscal, ¿siguen dando fruto después de la muerte de su promotor?

La obra monumental en el Chuscal, todo un Centro Educativo, para la educación de niños y niñas indígenas y de los hijos de colonos,  aparece hoy como un cúmulo de ruinas, después de una catástrofe.

Varios acontecimientos han minado la consecución del trabajo evangelizador de las etnias en mención:

  • La división eclesiástica y repartición de la unidad indígena entre Nueva Pamplona y Arauca. Dejó de ser una unidad, y los recursos financieros y humanos, además de las distancias, son diferentes.
  • La división política y la creación de una Reserva indígena han permitido que ellos, los indios de la Tunebia queden, por así decirlo, encarcelados en su propio territorio. No ocurre así con otras tribus indígenas de la nación que, teniendo sus resguardos, se van vinculando al mundo civilizado, se sirven de los bienes culturales y son útiles a la patria.
  • Un grupo de indigenistas, empeñados en que vivan en su hábitat natural aislados de todo contacto con los “blancos” privados de todos los beneficios de un mundo globalizado: educación, alimentación mejorada, medicinas, cultura, desarrollo y bienes foráneos. Etc.
  • Los mismos líderes indígenas, aquellos que fueron educados en los centros misioneros y pudieron conseguir un título de maestro. Ellos, influenciados por los antropólogos, le han dado la espalda a la Misión, hasta el punto de desterrar a misioneros y misioneras, que entregaron sus vidas en el servicio de esas etnias indígenas, condenadas a desaparecer muy pronto en la ignorancia, por desnutrición, tuberculosis, malaria y por falta de higiene.

Ciertamente los caminos de Dios no son nuestros caminos, como dice un salmo, Por un lado está el mandato del Maestro a sus discípulos: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolos a guardar todo lo que yo les he mandado” (Mt. 28, 19-20)

A los ojos y razonamiento humanos, todo este esfuerzo de la Iglesia Misionera ha sido un fracaso, pero para Dios el tiempo no cuenta y nadie conoce los designios de Dios. También dice  Pablo, refiriéndose a los obreros de la evangelización: ¿Qué es, pues, Apolo? ¿Qué es Pablo?… !Servidores, por medio de los cuales habéis creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio. Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el incremento; de modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer” (1ª Cor. 3,6-7)

¿Cuándo llegará el tiempo de salvación para estas etnias?

Tendría razón el Superior del Seminario de Misiones, Padre Aníbal Muñoz Duque, después Cardenal de Colombia cuando, en la visita que le hizo a Monseñor García en el Sarare, pronunció esta frase: “Es mejor que estos indios se salven por la ley natural”. ¿Estaba profetizando?

Bernardo J. Calle O. mxy

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