Vida y muerte de Mons. Belarmino Correa

San Juan de la Cruz nos apalabraba sobre la “soledad sonora”. Un co-hermano suyo, Luis Alberto Luna Tobar, arzobispo que fue de Cuenca, en el Ecuador, hombre santo, brillante, tituló su tesis doctoral en Espiritualidad Carmelitana, “El silencio de Dios”. Y en el Museo de Antropología de la ciudad de México, en piedra gigante, se encuentra la siguiente inscripción: “Que sabios, estos Indios Tontecas, que sabían escuchar su corazón”.
Esto para definir la vida de Belarmino. Lo hago en tres palabras: Soledad, Silencio, Escucha. Una soledad nada fácil. Un silencio torturante y una escucha sacrificada. Así de simple, contra toda evidencia. Hombre de multitudes en soledad perdido. La palabra se le derramaba a torrentes, pero era fruto de una reflexión honda o de un humor que lo acercaba a Dios, ‘humor desbordante’.
Fui muy cercano a Belarmino. Compartimos la montaña agreste, la vida de campo en trabajo oracional de una raza graduada en el sentido común, en la pasión por la rectitud, la fe en Dios y el respeto profundo al prójimo. Nos adelantábamos a la aurora entre el vagido del ganado y la siembra de las huertas. Sabíamos toda la gramática del campo y esparcíamos las letras para juntar luego nuestra plegaria y nuestra alabanza.
De ahí nos fuimos a Contento. Se nos hacía muy fácil lo que allí vivíamos… aunque todo tan extraño y tan complejo. Belarmino se ordena en el 57 y lo mandan al Vaupés, al Internado María Reina. Será su primer aterrizaje en la Misión. ¿Qué hará? Pienso que, aprender. Difícilmente, el seminario nos prepara para la Misión. Hay que entrar en un proceso de des-alfabetización que exige paciencia, más paciencia, mucha paciencia como decía el Hno ‘Reverencia’ (Rogelio Muñoz).

De ahí, lo superiores lo enviaron a Roma a estudiar Biblia. A su regreso, fue nuestro gran profesor y el alma de un cambio en la formación. Belarmino nos enseñó a pensar, a ser gente. La disciplina se constituyó en escuela de personas adultas y, ¡qué novedad!, escuchaba, hablaba de amistad y el diálogo era también una disciplina. Fueron años de crecimiento, de visión universal, de un compartir generoso, amable, amistoso. Tampoco fácil. Los moldes en que nos formaban ya estaban secos.
En 1967, a sus treinta y siete años, la Santa Sede lo nombra Prefecto Apostólico del gran Vaupés. Irá tras las huellas de Gerardo Valencia Cano quien a sus treinta y dos años de edad, fue el Primer Javeriano, Prefecto del Vaupés. Y allí la tarea de Belarmino será más ardua, difícil, complicada. Comienza con la obsesión que muchos hemos padecido en el IMEY: La planeación…el problema no es la planeación, es necesaria. El problema son los agentes de pastoral, la noción y visión de Evangelización, el diagnóstico de la realidad, el ritmo del trabajo, el respeto a la cultura, la noción de salvación.

De izquierda a derecha P. Gustavo Mejía mxy, Mons. Belarmino Correa Y. mxy y Mons. Antonio Bayter A. mxy

La andadura de la pastoral en el gran Vaupés irá deshaciendo entuertos desde el paternalismo/asistencialismo, el desarrollismo, la pastoral constructiva, las pequeñas comunidades, el protagonismo laical, los ministerios, el riesgo de equivocarse (que nunca asumimos), hasta el testimonio, el profetismo, la construcción del Reino. Un elemento central, será la defensa del Indígena. Serán Ellos sus grandes maestros.
La soledad, el silencio y la escucha entran en juego en el concierto de su vida en su Jurisdicción eclesial y en su vida de pastor. Lo visité varias veces. Visité los centros de Misión, casi todos. La actividad pastoral gozaba de dinamismo, de interrelación, de proyección. Algunos proyectos no funcionaban a la altura de sus beneficiarios. Todo esto hacía mella en la mente y corazón del Prefecto Apostólico. Tenía sus veedores críticos desde cardenales y nuncios, hasta co-hermanos obispos que no lo entendían y javerianos que no le marchaban. Es una constante que ya había definido proféticamente San Paulo Sexto: “Es fácil sufrir por la Iglesia. Más difícil sufrir de la Iglesia”.
Llegan en su momento programas tales como el Almacén de Mitú, Selva, los hatos ganaderos para los indígenas, la formación de los catequistas y líderes comunales, ‘Mituceño’, la atención a los agentes de pastoral, la etnoeducación, la descentralización pastoral, sobre todo en Guainía con el nombramiento de un Vicario Episcopal en la persona del P. José Luis Martinez. Muchos más, seguro, pero éstos obedecían puntualmente a necesidades sentidas en la inmensidad de un territorio sin límites y con poblaciones dispersas en la selva milenaria.

En 1989, la Santa Sede lo nombra primer Obispo de San José del Guaviare. Éste será un territorio más pequeño, pero grande en necesidades y problemas. Aquí se probará su inteligencia, el tino pastoral, la capacidad de comunicación, la fuerza de convocatoria. Pero la inteligencia que se le dio en abundancia, no era garantía de nada. “La flexibilidad, la disposición a escuchar, el pragmatismo y el pensamiento crítico” fueron elementos que se relacionaron con el éxito a nivel personal y, a la larga, con el crecimiento y madurez del proyecto pastoral.
La ventaja era que no se comenzaba de cero. El Guaviare formaba parte del gran Vaupés al cual pastoreaba como una sola unidad desde el principio. Pero tenía su propia identidad moldeada en el alma llanera. Su ritmo musical, lo infinito de su horizonte, la pasión bravía por el manejo de la ganadería, los postergados indígenas que también los había, el calor de humanidad en gentes que daban cariño y exigían reciprocidad, todo esto, con un condimento de inseguridad por cierto protagonismo de la guerrilla, convertían al Guaviare en un terreno con desafíos inéditos.
Un punto relevante en la pastoral en manos de Belarmino, fue sin duda, la atención al clero y su preocupación por la formación de los Agentes de pastoral, incluido el clero nativo. ¿Y cómo formarlos en su propio hábitat cultural? ¿Cómo entender la pluriculturalidad en un contexto tan diverso? ¿Cómo evangelizar a la postre, a una gente que vivía el evangelio en sus raíces, en su respeto a la Madre Tierra, en la convivencia pacífica entre grupos humanos y el medio ambiente? ¿Cómo respetar los ritos ancestrales, su fe originaria, sus valores y, grave, sus antivalores? Aquí es donde el obispo escucha, calla y hace de su soledad el recinto sagrado de su vida, espiritualidad y profetismo.
Belarmino tuvo Maestros que fueron templando su alma y ensanchando los pliegues de su corazón. Uno de Ellos fue el Agua. Los grupos étnicos de la Sierra Nevada de Santa Martha (los arhuacos o ikas, los wiwas, los kogis y los kankuamos), todos emparentados entre sí en los grandes valores de su cultura, aseguran “escuchar el agua”. Y Amado Nervo, poeta español a quien de seguro no hayan leído los habitantes de la Sierra Nevada, decía: “El alma del Agua me ha hablado en la sombra –el alma santa del Agua- y yo la he oído, con recogimiento y con amor.
Lo que me ha dicho está escrito en páginas que pueden compendiarse así: ser dócil, ser cristalino; esta es la ley y los profetas;
y tales páginas han formado un poema”, el poema de la Vida de Belarmino (“Moncho”) en sencillez, cercanía, amor universal, humor sapiencial, fraternidad y amistad a toda prueba. Los grandes ríos de la Amazonia colombiana le revelaban sus secretos, los de la ‘Hermana Agua’.

También fue discípulo del silencio y la soledad de la selva. Allí se templa la personalidad. Gustaba de “silencios a solas con el Amado”. Sabía contagiarse de esos espacios y luego, dar a los demás de lo allí recibido.
Pero el gran alumno sin duda, se convierte en el gran Maestro en el arte de escuchar. Escuchar: A su pueblo, a las culturas amazónicas, a las gentes del Llano, a los Signos de los tiempos, al cambio de época, a la Voz del Espíritu que iba entretejiendo en urdimbre santa, los desafíos de una Evangelización encarnada, inserta en la realidad. Y a su vez, iba macerando en la calidez de su espíritu, opciones radicales por el pobre a partir de lo esencial de la vida, de un testimonio callado y un fuego en profetismo asimilado y transformado en autenticidad y transparencia.

Y luego, tras bambalinas, se encuentra con la muerte. En la madrugada del veinte de marzo lo llevan a la clínica y en la tarde ya ha partido. Es la rapidez de la Pascua. N. Kazanzakis había dicho: “La muerte es la marca dejada por Dios cuando toca a un hombre”. Es el silencio que estalla, la soledad que se vuelve tumulto y la escucha que se hace palabra, ahora, ‘marca de Dios’, con la que el IMEY conocerá la verdad de este hermano, su vida consagrada toda a la Evangelización, su testimonio en sencillez vivido y su muerte que no se puede aniquilar porque fue también un acto de amor, el mismo de Teresita y el mismo del santo Padre Fundador.

jesús e. osorno g. mxy
Cochabamba 25.03.2020

NOTIMISION

2 comentarios en «Vida y muerte de Mons. Belarmino Correa»

  1. Fabiola Ruiz Ramirez

    me encanta el Seminario de Misiones de Yarumal amo su espíritu misionero la mística por su Padre Fundador Monseñor Miguel Angel Builes su historia de salvación su mártir Mons Jesús Emilio Jaramillo con quien tuve la dicha de una misión en Fortul Arauca hace años

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *