Eché el derecho al rio (1)

 En modo asamblea 1

Me impresionó mucho la visita de nuestro hermano obispo Belarmino.  Lo conocía sólo de oídas y no tenía su rostro y su voz.  Con él, la asamblea décimo tercera se bañó en humanidad y libertad.  Y eso nos convino a todos.  Sí, Belarmino se ve hombre entero, se le nota que ha vivido, que le puso pasión a la misión, y ahora, joven en su vejez, se le cae la sabiduría de los labios.  Qué bueno un javeriano así, qué bueno que la Iglesia tenga un líder así.

Y Belarmino nos dijo varías veces una cosa que nunca diría un hombre de Iglesia si no hubiera osado la conquista de la libertad.    Belarmino dijo que, si algo bueno pudo hacer en el Vaupés y su misión, fue porque echó el derecho canónico al río.

Según dijo, esta convicción se le metió entre ceja y ceja cuando un cardenal que le visitaba, Pedro Rubiano, le preguntó, en una visita por sus misiones, que cómo hacía, en esas condiciones tan difíciles, para contar con tanto éxito pastoral.  Fue entonces cuando nuestro obispo comprendió que todo había sido posible porque – “eché el derecho al río”.

Sé, por lo que veo, que Belarmino no es ningún nihilista y para nada anarquista, estoy seguro que nunca despreció las normas y los acuerdos, que respetó los cánones, de eso estoy cierto al 100%.   Creo que sólo uno así, que ama y conoce bien la ley, sabe por dónde la puede quebrar bien, por dónde se la puede saltar cuando se trate de dar vida.  Digamos que Belarmino aprendió en la misión que la plenitud del derecho era la “salus animarum” y que, si se trataba de salvación, un buen número de cánones se podían obedecer sólo cuando no se les cumplía.  A esta “coincidentia oppositorum” llegan sólo los sabios y eso es regalo del Espíritu Santo.

Aquí hay un llamado para nosotros.  Conozco muy poco el imey, lo vine a conocer un poco en esta asamblea que acaba de pasar, lo conozco bien aquí en Kenia, y por eso mi reflexión tiene esa inevitable perspectiva “asamburada” y “aturkanada”.  Cada uno podrá aplicarla a su lugar, “panamenizando” “neoyorquizando” o “camboyanizando” lo que aquí trate.  Qué poca libertad tenemos en la Iglesia para hacer lo de este Belarmino “vaupeizado”, qué amarrados estamos a las normas, al modo como se ha hecho, a lo que dictan los canonistas.  Cuántas decisiones habría que tomar para ofrecer Buena Noticia y no sólo doctrinas, normas, ritos y rezos, para ofrecer vida abundante y no sólo religión.

Pienso en todas esas catecúmenas que no pueden recibir el bautismo porque las normas dicen que si son segundas y terceras esposas no tienen la puerta de la gracia abierta. Es común en la práctica de estas iglesias que una mujer que lleva ya tiempo preparándose para recibir el bautismo, se ve de pronto, forzada por los ancianos, a casarse con un hombre que ya tiene varias esposas.  Esa mujer, por una cosa que ella no decidió, y en la que todavía no tiene autonomía, se ve dejada de lado a la hora del sacramento, que no puede ser para una esposa de un hombre que ya tiene otras mujeres.  No veo a Jesús decidiendo así, algo anda mal en el discernimiento.

Pienso en esos polígamos fieles y amantes de sus esposas e hijos que tienen que ver nuestros ritos de lejos y que no se pueden sumergir en las aguas que dan vida porque a cambio tendrían que dejar a sus mujeres y prole que dependen de ellos para vivir.  Para estos ancianos el bautismo significa la prohibición de dar vida a sus mujeres e hijos y naturalmente, sabios como son, se dan cuenta de que no pueden recibirlo.  La moral tradicional africana tiene como precepto esencial dar vida, y vida no en el éter, vida física y toda clase de vida.  No me cuesta pensar que aquí tendríamos que discernir salidas a esta situación y no ponerlos en la difícil situación de decidir a qué mujer van a abandonar.

Pienso en las mujeres, atrancadas a la hora de encontrar sanación del corazón, y abocadas a celebrar el sacramento del perdón con hombres extraños, casi siempre extranjeros, a los que no le pueden contar todas sus cuitas y pecados porque la cultura, con mucha razón, las ha convencido de que a uno así no hay que acercarse tanto.  Vislumbro que un día la Iglesia, pensando en situaciones así, dará el sacramento del perdón también a las mujeres, y que ellas lo puedan administrar en nombre de Jesús y así lograr siempre más sanación.  Me atrevo a pensar que un día no traeremos ritos extraños de reconciliación y que observando las culturas descubriremos y daremos todo el valor a los modos como estos pueblos celebran el perdón y no tendremos problemas en darles a estas prácticas el estatuto merecido de sacramentos.

Pienso en todas las comunidades ya cristianas que tienen que importar de lejos, de la cuenca del Mediterráneo, trigo y uvas, comida y bebida europea con el privilegio exclusivo de llegar a ser la carne y sangre de Cristo.  Hoy que tanto hablamos de soberanía alimentaria seguimos pensando que Jesús tiene dificultades para hacerse maíz y té (sólo por poner un ejemplo) y dársenos como alimento en lo que cada pueblo come y bebe.  No me imagino a Jesús, tal y como me lo hacen ver los evangelios, diciendo que si no es en los frutos de la vid y del trigo, que si no es en esa comida y bebida mediterránea, se rehúsa a hacerse vida que alimenta nuestra vida.

Pienso en todas esas comunidades cristianas que no tienen eucaristía sólo porque no hay un hombre célibe que tenga el “poder” de ser “alter Christus”, pienso y no entiendo porque, si la Eucaristía es esencial a la Iglesia, dejamos las iglesias sin Eucaristía.  Es ridículo que digamos que la Eucaristía es esencial a la Iglesia, que la Iglesia hace la Eucaristía y que la Eucaristía hace la Iglesia, si seguimos sosteniendo todos esos requisitos para poderla celebrar en los lugares más remotos.  Nos tenemos que ingeniar el modo para que a ninguna comunidad cristiana le falte la eucaristía; démonos el permiso de, al menos, pensar la celebración eucarística presidida, “in persona Christi”, por los líderes de las comunidades, sean hombres o sean mujeres.

Pienso en las mujeres que constituyen la Iglesia, que dan su vida por ella, y a las que no se les reconoce servicio y palabra.  Creo que después de todo lo reflexionado, lo que sabemos de las actitudes de Jesús hacía la mujer y de los condicionamientos de su momento, lo que nos ha dicho la antropología y la experiencia de otras muchas iglesias cristianas, el papel determinante que juegan hoy las mujeres en la política y en la sociedad civil… después de todo esto, no podemos seguir sosteniendo que una mujer no pueda liderarnos en el nombre de Jesús.  La Iglesia hoy tiene que ser la de hoy, no la de ayer.

Pienso muchas cosas y concluyo que mientras las cosas sigan así, la misión no podrá dar lo mejor de sí, las comunidades cristianas nuevas tendrán baches y atranques para ser lo que son, las culturas se tendrán que obviar y mimetizar, la vida abundante que prometemos se reducirá a cálculos y prohibiciones.

Echar el derecho canónico al rio, qué digo, por aquí en el pedacito de misión que me tocó, no hay ríos, los ríos se murieron, tal vez, después de estudiarlos bien, dejar los cánones en los anaqueles de nuestras zonas de confort y ganar sabiduría en la misión. Dios se vale de la vida para hablarnos, no de los cánones. Sólo quien conoce bien la ley y la ama, la puede bien quebrar.   Tal vez haya que ir soñando un derecho para cada pueblo, así como hay derecho para los orientales y hay otro para los latinos, que haya un día derecho para los Samburu, para los Turkana, y, si se atreven a soñar conmigo, para todos los pueblos, y más si son minorías, donde la misión nos ponga.  Soñar que cada cultura puede dejarse pasar por la luz del Evangelio y refractar su rayo con color propio.  Quizá no podamos cambiar las cosas de una, ciertamente no somos nosotros los protagonistas, pero si podemos ir haciendo ecografías y detectar lo que se gesta en las tradiciones fecundadas por la Palabra y hacer de parteros y facilitar nacimiento de lo nuevo.  Unas buenas ecografías que nos permitan explorar cómo será la iniciación a la vida cristiana y en qué condiciones; cómo ejercer el ministerio en los diferentes contextos; cómo reconocer la mujer, su dignidad y su vocación; cómo celebrar la reconciliación; cómo sellar el amor en una concepción nueva de la familia; como facilitar liderazgo a las nuevas comunidades; cómo reconocer la vocación de eucaristía no sólo del pan y del vino mediterráneos, sino de todo lo que, en cualquier rincón de la tierra, la gente come y bebe y le da vida.

Indudablemente, necesitamos mucho del Espíritu Santo, el protagonista de la misión, que sopla donde quiere, viene de donde quiere y va donde quiere, para facilitar unión de opuestos, para conocer tan bien la ley que la quebremos bien. Necesitamos ser tan salvajes y pacientes como Dios, creo que esa sea la espiritualidad para la misión.  ¡Gracias hermano obispo Belarmino por esa libertad, por esa humanidad!

Jairo Alberto, mxy

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