Riqueza de ADN en el imey, presencia de javerianos africanos en la Asamblea (2)

En modo asamblea2

Una cosa histórica de esta asamblea decimotercera fue la presencia de Gyaviira y Anthony, un ugandés y un keniano, misioneros de Yarumal; la primera vez que tuvimos capitulares africanos.  Y sí, es un hecho, el ADN misionero del imey se está enriqueciendo siempre más, ya está lejos el tiempo en que éramos sólo colombianos, o latinoamericanos, ya somos también africanos.  A este dato, que marca nuestra biografía, se añade el que este 2019 que llega tengamos en Yarumal un año de espiritualidad abundante y que cinco de los que se inician en la misión sean africanos, el que haya ya misioneros africanos en el Asia, el que tengamos misioneros africanos en Colombia.  Esta diversidad cultural conforma también los equipos de Costa de Marfil y de Angola.  No somos sólo mestizos, somos ya negros.

A mí, personalmente, me alegra ver la acogida que gozaron estos hermanos africanos en la asamblea, queríamos escucharlos, hacerlos protagonistas, preguntarles, contar con ellos.  Sentía que cuando ellos tomaban la palabra se hacía un silencio un tanto más hondo y había expectativa y curiosidad y sorpresa y gratitud por sus aportes.

Y esto que es un gozo es también desafío.  He conocido institutos y congregaciones a los que el reto de ADN rico ha puesto, sin embargo, en aprietos.  Eso de Pablo, el apóstol, de que no somos ya ni griegos ni judíos y que somos uno en Cristo, eso, si no se cuida, puede ser letra muerta pegada a una carta vieja y no palabra de vida.   He presenciado pugnas en una congregación femenina en la que cada grupo hacía política por una madre de su respectiva etnia, he escuchado que en otro instituto se prefiere mandar a los europeos con los europeos, a los latinos con los latinos, a los africanos con los africanos y así obviar el encuentro, he presenciado tendencias a armar tribus de aquí y allá en los conventos.

Lo anterior me hace pensar en cosas muy prácticas.

  • ¡Traducirnos! Sí, no sólo traducir textos, traducirnos nosotros, los de aquí y los de allá.  Esto de traducirnos, viene de traducere (trans: de un lado a otro, ducere, llevar) y significa llevarnos de un lado a otro.  En definitiva significa “pasar a la otra orilla”.  Es el tiempo para que cada miembro del imey pase a la orilla diferente y que no se quede en la propia.  Dice el principio que sólo lo semejante conoce lo semejante y así, ante el otro, hay que hacernos semejantes, y esto no se hace sin kénosis, sin relativizar lo propio.  No puedo entender a mi hermano africano con las categorías antioqueñas, no puedo entender a mi hermano latino con las categorías marfileñas:   imposibles gnoseológicos.
  • Después de traducirnos, traducir. Tenemos un inmenso patrimonio misionero para entregar a estos hermanos que vienen de lejos: los escritos del Fundador, del bienaventurado Jesús Emilio, del hermano Gerardo, y de muchos más.  Tenemos las mil y una historias que se oyen en Emaús y que le oímos a todos los mayores.  Tenemos cartas, documentos, resoluciones, que campantes se mandan por el mundo en español, sin preguntarnos si todos los destinatarios pueden leerlas o no.  Es urgente en el Instituto un centro de memoria, donde no sólo se atesore todo esa tradición imey sino que también se entregue a todos los miembros.  Y un centro de memoria en donde sea práctica habitual el traducir.
  • Dice Joel, el profeta, que llegará un tiempo en que los viejos tengan sueños y los jóvenes visiones. Necesitamos los sueños de nuestros viejos y los necesitamos no sólo en Emaús sino en todo el mundo.  Un joven africano, de culturas que dan tanto peso a la ancianidad, nunca sabrá que es el imey, sin un misionero probado que le comparte no sólo sus historias sino también sus sueños.   Los sueños de los viejos son los hombros a los que se pueden encaramar los jóvenes y ver mejor.  Sin esos sueños las visiones de los jóvenes pueden ser sólo ilusiones. No es lo ideal que los que han dado su vida a la misión envejezcan solos, en la familia el abuelo envejece junto a todos, junto a sus nietos y los que fueron viniendo después.   Invito a algunos de nuestros mayores a envejecer en África y en otros continentes, y ganar así que el carisma y la espiritualidad nuestra se contagie y se aprenda de su vida vivida.  El testimonio de los mayores es vital para inspirar a los que llegan a nuestras casas de formación, no sólo de Medellín y Yarumal, sino también de Luanda, de Cochabamba, de Cuenca, de Abiyán, de Nairobi.  Necesitamos esa presencia agradecida, orante, silenciosa.
  • Necesitamos que todos experimenten el imey grande, nada de parcelitas. Un latinoamericano se da cuenta de eso en la lejana Camboya o en los desiertos de África. Un africano se da cuenta de eso en el Amazonas, en Tailandia, en los altiplanos de Bolivia.  A esto hay que ponerle muchos aeropuertos, muchos encuentros.  Aquí no hay forma de control remoto, aquí lo virtual se queda deseando.  Qué bueno que ya tengamos teólogos kenianos en Medellín, qué bueno que haya también teólogos ecuatorianos, y próximamente colombianos, en Nairobi.
  • Es un punto ganado que algunos de los consejeros están ya ejerciendo su servicio de autoridad desde las regiones, en otros continentes. Un consejero, Felipe, en Tailandia, otro consejero, Javier, en Costa de Marfil.  Contraer las cosas las revienta, dilatarlas, las potencia.  Que estos hermanos ayuden a crecer a todo el Instituto desde el Asia, desde el África.  Ayudar a crecer,  esto es  autoridad, y se hace en la cercanía, con la compañía, con buena perspectiva, metidos en los desafíos.
  • La asamblea corroboró lo que muchos anotaron en el Instrumentum Laboris, y era que la experiencia del año de espiritualidad internacional estaba dando buenos frutos. Un solo grupo en iniciación para la misión, en la casa madre del instituto, cercano a las fuentes, con el testimonio de los mayores, escuchando a los misioneros que llegan de todo el mundo, estrechando lazos…. Todo esto, indudablemente, nos hace familia imey y hay que potenciarlo.
  • Hay que arriesgar. Cuando, hace unos años, el consejo anterior mandaba a Ekwam, keniano para Camboya, había dudas sobre si era lo mejor.  Se decía que quizá los asiáticos no estaban preparados para recibir un sacerdote negro.  Y eso es precisamente la misión, tumbar muros, mostrar otros horizontes, abrir puertas, levantar velos.  Ahora, todos contentos, Ekwan ya con varios años de buen ministerio y las comunidades satisfechas con su presencia.  Hay que inyectarle parresia a la misión y aquí, compartiendo y derribando prejuicios, hay una buena dosis.

Sí, amigos, desafiemos el rico ADN imey traduciéndonos, haciendo memoria y entregándola, encaramándonos en los sueños de los más viejos y visionar otras salidas, dilatando el corazón, arriesgando.

Jairo Alberto, mxy

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