Una Iglesia en salida misionera

Tal vez desconocemos el privilegio de haber nacido entre montañas: Desde que abro los ojos a la luz, aprendo a mirar hacia arriba. Me pregunto qué hay más allá de la cima, deseo el mundo escondido detrás de la cordillera. Entonces es para mí lo mismo caminar que subir, avanzar es sinónimo de superar obstáculos.

Todo esto configura nuestro especial modo de ser: somos andariegos, rebeldes, inconformes, capaces de iniciativa, buscadores de aventuras:

Lo que sucede con los grupos humanos, a quienes marca su geografía, sucede también con las comunidades cristianas. Las hay miopes, pusilánimes, paralíticas, descoloridas, incapaces de compartir la fe, ineptas para contagiarla. Otras por el contrario, son entusiastas, arriesgadas, dinámicas, ágiles, fraternales, de amplios, horizontes, recursivas, simpáticas. Estas comunidades, llámense familia, diócesis, nación, se sienten portadoras del Evangelio, responsables de su anuncio a toda la tierra.

En la lglesia primitiva no se distinguía entre cristiano y misionero. Todos los bautizados permanecían unidos en un común empeño de llevar a otros pueblos el Evangelio. Al fin y al cabo la lglesia comenzó con un mandato andariego: Vayan por todo el mundo.

Entonces si Pedro predica en Antioquía y luego se dirige a Roma. Si Pablo visita a Éfeso, Atenas y Corinto. Si Felipe, movido por el Espíritu, se encamina de Jerusalén a Gaza, toda la comunidad de creyentes lo respalda con su oración, su afecto y sus colectas.

Años más tarde, San Agustín y sus monjes evangelizan La Bretaña, San Bonifacio convierte a los germanos, San Cirilo y San Metodio llegan a los países esclavos, les enseñan gramática y los atraen al Evangelio de Jesús. Un día, unos frailes arriesgados se embarcan con Cristóbal Colón en el Puerto de Palos de Moguer, rumbo a las indias Occidentales. Por ellos hablamos castellano y pertenecemos a la lglesia Católica.

Ahora el compromiso es de Colombia hacia otros pueblos que necesitan urgentemente nuestra ayuda. Porque Cristo nos enseñó a dar desde nuestra pobreza, a pensar en términos universales.

El cristiano es hombre entre montañas. Nuestra vocación misionera nos apremia a asomarnos más allá de la cima, a desear el mundo escondido detrás de la cordillera, a anunciar la Buena Nueva del Señor por todo el mundo.

La alegría del Evangelio, una alegría misionera”. EG

El Evangelio no puede consistir únicamente en ideales expresados con sustantivos: Fe, amor, compromiso, fraternidad, sencillez, confianza.

Y menos aún los podemos reducir a simples adjetivos. Podría quedarse en algo accidental, o nos llevaría a cierto narcisismo peligroso y antievangélico, al decir que somos humildes, pobres, mansos, castos y misericordiosos.

El Evangelio puede más bien expresarse vigorosamente con verbos. Estos sí denotan una vida, un actuar, una fuerza transformante.

El seguimiento de Cristo sería entonces: amar, creer, esperar, confiar, compartir, perseverar.

Pero nos quedaría faltando un monosílabo de un valor insustituible en el programa del Señor. Aquel que es el centro de mensaje de hoy: IR. Cristo ordena a sus apóstoles que vayan por todas las regiones del mundo, prediquen el Evangelio, hagan discípulos y les comuniquen sus planes de Salvación.

En este pequeño verbo se resume toda la acción misionera de la iglesia, desde el siglo primero hasta nuestros días.

Nuestra América, nuestro país, recibió la Buena Noticia de salvación hace ya más de 500 años por obra y gracia de muchos misioneros de Europa que arribaron a nuestras costas, tenemos ahora fe, cultura, iglesia establecida.

Ellos cumplían el mandato de Cristo: ir a otras comarcas. Nosotros tal vez nos quedamos entendiendo el Evangelio en sustantivos o en meros adjetivos y aún no hemos tenido la osadía de ir.

Colombia, a causa de su situación privilegiada, sus recursos, su fe, sus comunidades cristianas, su juventud, y a pesar de sus múltiples problemas, está llamada a ir a otras latitudes del mundo para compartir la fe de otros pueblos más necesitados. En este sentido apenas hemos hecho tímidos ensayos.

Pero ha llegado la hora de mirar hacia el mundo, de abrir el corazón y empezar a “dar’ desde “nuestra pobreza” como escribieron los obispos reunidos en Puebla hace ya muchos años.

Nuestra iglesia se siente interpelada. Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, nos sentimos llamados a ir más allá de nuestras fronteras para el anuncio del Evangelio.

El Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, quiere ante todo, que la Iglesia vuelva a descubrir la importancia del “dinamismo de salida”, su naturaleza esencial de “Iglesia en camino”. El fundamento es profundamente cristológico: “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). Una Iglesia que renunciara a seguir a su Señor sería una Iglesia enferma:

 “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49).

Un segundo aspecto que caracteriza la EG es la centralidad del tema de la alegría. El papa Francisco tiene una predilección especial por la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, que trata de la “dulce y confortadora alegría de evangelizar” (EN 80). La alegría constituye para el Santo Padre un verdadero programa, el único motor capaz de sostener el “dinamismo de salida”.

 

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